DOLOR Y VIDA

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«Madre, me acuerdo mucho de ti».

Miguel Hernández

 

Una cucharada y otra más, solo quedan tres o cuatro, ya comienza a trasparentar el mantel de cuadros a través del cristal color caramelo.

— Mamá, ¿no hay más?

— ¿Lentejas? ¡Pero bueno!, si te has comido un plato hasta arriba. Ya no quedan, hija.

La miro y el recuerdo de las lentejas queda interrumpido por la estrofa de la canción de Bola de nieve, que no sé por qué no sale de mi cabeza: «si solo queda en mi dolor y vida. ¡Ay amor, no me dejes vivir!».

Vuelvo a mirarla. Por fin se ha dormido.

Otra vez aquí, en el dichoso hospital, cada vez pasa menos tiempo entre un ingreso y otro. Intento acomodarme en la silla de escay y quedarme un rato balanceándome en la memoria, ahora que mi madre duerme y la señora de la cama de al lado parece que también.

Vuelvo a vernos, yo tan pequeña y ella tan joven. Recogemos piñas, asamos castañas en una chimenea que mancha más que calienta y recorremos el mismo camino una y otra vez, yo montada en una bicicleta con cuatro ruedas y ella, guardándome la espalda, como siempre. No se podía vivir más y mejor en menos tiempo, con tan poca cosa. Solas, igual que ahora pero distinto. Ahora soy yo la madre, la que cuida.

«Bueno mami, otro bache del que seguro saldremos» le digo al techo.

Siento como el cansancio me arrulla y caigo en duermevela, al compás de los aparatos de oxígeno, las toses de mi madre y la fuerte respiración de la anciana.

Me he quedado dormida un rato y me ha despertado el silencio. En la penumbra puedo ver la silueta de mamá oscilar arriba y abajo, descansa. La señora de la cama de al lado no ha cambiado de posición en toda la noche, es entonces cuando me doy cuenta de que ya no se escucha su respiración agitada, y entonces pienso: «se ha quedado tranquila, la pobre».

A las seis de la mañana una enfermera entra en la habitación y sin mediar palabra, corre la cortina que separa las dos camas, antes de volver a salir. En ese instante comprendo cuánta razón llevaba, la señora ha encontrado la calma.

Me inquieta saber que existe una persona sin vida a nuestro lado. Pasa el tiempo y nadie regresa, yo soy incapaz de moverme de la silla, otra vez Bola de nieve y otra vez lentejas con chorizo, como si hubiera caído por una espiral para no pensar, para no sentir.

A las ocho de la mañana me indican que debo salir de la habitación, lo hago mirando al suelo, como un avestruz. Decido bajar a la cafetería a tomar un café y traerle otro a mi madre. ¿Qué puedo hacer sino darle normalidad a la situación para que ella no se entere?

Cuando subo de la cafetería, con un vaso ardiendo en una mano y un paquete con churros en la otra, veo salir a los auxiliares de la habitación, se llevan el cuerpo envuelto como un regalo en una bandeja de plata.

Mi madre, ya despierta y animada, me dice cuando me ve:

—¡Qué bien, un café calentito! Creo que se acaban de llevar a esa mujer, le irán a hacer alguna prueba.

—Sí, mamá —contesto tranquila al ver que no se ha enterado de nada.

—Hija, abre la cortina, entre que la habitación es pequeña y esto en medio, no se puede respirar.

Y le hago caso, la retiro como si fuera un telón, una fina separación entre la vida y la muerte.

 

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Carolina Saavedra
«Sueño para escribir y escribo para seguir soñando» dice Carolina Saavedra, escritora madrileña. Así lo cuenta y lo escribe, para que se cumpla. Con Cuentos de Ulises mudo, sirenas varadas y otros mares, cierra lo que ella define como «trilogía del amor y la devastación». Esa triada la completan su segunda novela Cuando Nevers invadió Hiroshima, editada en 2022 y Palabras para no borrarte, un pequeño diccionario poético publicado a finales de 2020. Antes de ese trío, en diciembre de 2019, nació su primer libro, Eva de paso. Ella se define como una cuentista que a veces escribe de más y las historias cortas le crecen sin que pueda evitarlo, convirtiéndose en novelas. Pero en su opinión: «lo importante se encuentra en el detalle mínimo, ese de donde brotan todas las palabras».

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