EL PISITO

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La crisis inmobiliaria (y existencial) de nuestros jóvenes no nos va a salir gratis.

En el salón del piso de mi hijo mayor (decorado con muebles impersonales, de líneas rectas y modernas que hoy configura la elegancia aspiracional de la clase media), destaca, como un verdadero elefante en la habitación, una vitrina de madera oscura y formas sinuosamente recargadas. Es un verdadero mamotreto decorado con pequeñas gárgolas bustos de guerreros en medallones, y en cuyas vitrinas curvadas se alojan diferentes objetos de valor sentimental y escasamente estético. Los cajones guardan, se supone, cuberterías antiguas y manteles de hilo. Este barroco monstruo de caoba, en su día valioso, ocupa un espacio descomunal y desafía con su anacronismo al ambiente pretendidamente moderno y sobrio de la sala. Sin embargo, no hay manera alguna de que salga de ahí para ser despachado en alguna casa de almoneda.

Y no es posible porque el mueble no es suyo; tampoco el piso, claro. Mi hijo y su pareja viven de alquiler en un distrito del sur de Madrid en un auténtico chollo que consiguieron gracias a contactos y amistades; a cambio de un precio realmente asequible, deben asumir dos condiciones de la propietaria: convivir con el cachivache los trescientos sesenta y cinco días del año, y con ella misma durante dos semanas, puesto que lo utiliza como escala para sus viajes familiares a lo largo de la Península. Pueden considerarse afortunados: con lo que pagan, no tendrían acceso ni a 50 metros cuadrados en una zona media de la capital del reino o de sus alrededores. Y, a diferencia de la famosa película de los 50, mi primogénito no ha tenido necesidad de casarse con una anciana para heredar su renta antigua.

Poco importa lo que les pase, claro. Ellos son pocos y cobardes: forman parte del colectivo de jóvenes entre 20 y 39 años que representan tan solo el 23% de la población española. Nosotros, los baby boomers, somos un apabullante 44%. De modo que sus votos no son tan relevantes como los nuestros. ¿A quién le van a preocupar estos chavales, tradicionalmente poco implicados en los procesos electorales, cuando el destino de los partidos políticos lo marcamos nosotros ( e incluso nuestros mayores)?

Por eso el problema de la vivienda no le importa, realmente, a nadie. Y menos, a quien tiene verdaderamente la capacidad de resolverlo. No hablo del Gobierno Central, cuyas competencias legislativas son limitadas (y cuando lo hacen se enfocan en el objetivo equivocado, que es el control de los precios). En este país federal, son las Comunidades Autónomas, y desde luego, los Ayuntamientos, quienes podrían verdaderamente enderezar la situación. Pero ¿por qué habrían de hacerlo? Los españoles poseemos alrededor de 8,2 billones de euros en riqueza. En términos per cápita estamos sorprendentemente cerca de nuestros vecinos europeos. Sin embargo, este fenómeno, como remarca Analistas Financieros Internacionales en su informe sobre las Finanzas de los Hogares 2022, no se debe a nuestra capacidad de generarla, sino al simple y mecánico fenómeno de la revalorización de nuestras viviendas en propiedad. Los baby boomers tenemos, aproximadamente, la mitad de toda esa riqueza. Nuestro único interés, es lógicamente, protegerla, y en el fondo, beneficiarnos de un crecimiento de los precios que proteja nuestras jubilaciones, frente a un posible ajuste (que no quiebra) del sistema de pensiones. Los habitantes de la España de las piscinas somos, pues, unos perfectos egoístas. Ya no vivimos en pueblecitos como nuestros abuelos, sino en aldeas con pista de pádel, pasto y pileta. Pero nuestra mentalidad es la misma que la de un pequeño propietario de tierras, temeroso de perder lo poco que es suyo, y por lo tanto, poco amigo de revoluciones. José Luis Arrese, falangista valeroso y ministro de la Vivienda con Franco, ya lo tenía muy claro a finales de los cuarenta: “queremos un país de propietarios, no de proletarios”. Lo mismo hizo Margaret Thatcher, en los años ochenta, cuando concedió a millones de trabajadores el acceso a la propiedad de sus viviendas, hasta entonces en régimen de alquiler social. España, y en menor medida, Reino Unido, pasaron de países donde el alquiler era mayoritario, a ser un país de propietarios. Viva la hipoteca. Y el miedo.

Dirán ustedes que esto no durará para siempre, puesto que nos vamos a morir todos. Y, esperemos, nosotros antes que nuestros hijos. Es de esperar que el hecho biológico, junto con el mercado, se ocuparán de deshacer el entuerto. En efecto, en los próximos veinte o treinta años vamos a asistir al más grande trasvase de riqueza de la historia nacional, cuando nuestros chicos, ya talluditos, hereden nuestras propiedades sin blasón. Pero esto no resolverá el problema, sino que lo agravará: las desigualdades ya existentes se acentuarán, al concentrarse las mayores herencias en un número reducido de beneficiarios. No se olviden de que el 10% de la población posee más de la mitad de la riqueza de este país (la renta, sin embargo, no presenta tanta desigualdad: lo que resulta hasta cierto punto lógico, en una economía basada sobre todo en el uso de la mano de obra y no en capital productivo).

La concentración de la riqueza a escala mundial, especialmente acentuada tras la crisis del 2008, es la razón de la progresiva “jibarización” de los impuestos de sucesiones y donaciones en los países de la OCDE, que apenas representan un 0,6% de la recaudación total. En España, unos escuálidos 2.800 millones de euros. Se ha impuesto una lógica perversa en todos los ciudadanos en contra de este impuesto, mientras que se acepta, sin rechistar, que el IVA alcance un escandaloso 21% que todos pagamos, independientemente de nuestra renta. Como castellanos viejos de las comedias de Lope y Calderón, hemos aceptado el discurso de que “¿por qué se va a tocar el dinero que dejo a mis hijos, si yo ya pagué mis impuestos?”, cuando la realidad es la contraria: nuestros hijos recibirán un dinero ex gratia simplemente por el hecho de serlo. Pero no se preocupen: en Netflix, y hasta en las sagas de Marvel, nos venden el discurso de la meritocracia. Aunque el ascensor social esté más cascado que la puñeta.

Se habló en su día de una herencia universal para todo el mundo, al cumplir los veinte años; personalmente, no creo mucho en esta solución, por su dudosa operatividad y por su difícil financiación (pero no por su injusticia). Las cosas no deberían ser tan complicadas: con tan solo un 2% de tipo efectivo de Sucesiones y Donaciones, las finanzas públicas serían diferentes, y las administraciones podrían hacer muchas cosas (¿se imaginan la cantidad de promociones públicas de vivienda que se podrían hacer?). Pero no creo que vayamos a ir en esa dirección, sino en la contraria: en nuestro mundo mesocrático, dolorido y aturdido tras la crisis, y donde la publicidad masiva (y engañosa) de alarmas de empresas de seguridad representa mejor que ninguna otra cosa nuestro miedo al futuro, han desaparecido los conceptos de solidaridad, no tan solo de clase, sino intergeneracional.

Nuestros hijos buscan independizarse y algunos, como el mío, lo consiguen viviendo con un monstruo en el salón; el resto malvive en habitaciones compartidas mientras las viviendas vacías (no la de uso vacacional) son ya más de tres millones. Cáscaras huecas en manos de inversores particulares o fondos de inversión, que esperan pacientemente su revalorización. Estamos llevando a nuestros jóvenes al nihilismo, así que luego no nos quejemos cuando no vengan a visitarnos a la residencia de ancianos. No se extrañen si, enviudados, recibimos alguna propuesta tardía de matrimonio.

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