LA MÁQUINA DEL FANGO

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“Entre un gobierno que lo hace mal y un pueblo que lo consiente, hay una cierta complicidad vergonzosa”

Victor Hugo

 

Como ya he manifestado en reiteradas ocasiones, rompiendo con mis inicios en este medio de tratar temas políticos, elegí otro camino considerando el absurdo de posicionarse por necesidad o demanda en un lado o en otro de este  desatino político, de esta realidad del mundo actual que nos muestra, día tras día, que son muy pocos los políticos que desempeñan bien su representación y, menos aún, los que  se dirijen por la ética en sus actuaciones; todo ello, al margen de lo difícil que resulta digerir la patética puesta en escena de sus discursos con referencia a conceptos manipulados a su antojo, como la legitimidad para gobernar, la democracia, el progresismo, los intereses de la nación o los intereses generales, y un largo etcétera de ideología manipulada, todos ellos agitados en una coctelera de populismos, lo mismo me da al estilo venezolano o al más  puro estilo  neoliberal de países ricos con una marcada economía de mercado, desdibujada por las grandes fortunas,  multinacionales y grandes corporaciones, así como por la globalización de la economía, sin olvidarnos de las garras de ese dragón rojo, y en nuestro caso, del servilismo de sindicatos y otros agentes económicos o sociales, inmersos o llevados por el propio debate político tanto de izquierdas como de derechas.

Pero, si difícil me resulta hablar de política, sin criticar tanta complacencia de una ciudadania adormecida,  y sin poner de manifiesto un sentimiento anti político marcado por la decepción, más difícil me resulta permanecer callado ante tanta tomadura de pelo, ante tanta promesa incumplida, ante ese discurso aburrido basado en el “tú más”, que sus palmeros reproducen en redes sociales, o peor aún, en medios de comunicación que hacen gala de una línea editorial que no es más que la voz de sus amos patrocinadores que manipulan la política y la economía al ritmo de  sus propios intereses, lo cual no estaría mal si eso repercutiese en un estado de bienestar basado en el equilibrio entre propiedad, trabajo y capital. Medios, cuyos directores hacen caja a base de vociferar las miserias de unos olvidándose de las de los otros, agitando sus posaderas como los perros hacen con su rabo ante la comida que les da su amo, cuando se les pone ante sus narices talones de más de cinco cifras.

No sé si lo que siento, ante los más recientes acontecimientos de la política de este país, eternamente confrontado por la mentira y el engaño, por las ideologías de la ignorancia  que huye despavorida de la razón y de la inteligencia, es pena o vergüenza, tanto propia como ajena, propia por seguir cumpliendo con el derecho al voto como un deber de responsabilidad, aún sabiendo que lo prometido no durará más que los cien días de gobierno, eso en el mejor de los casos de ganar la lista que he votado,  o por el contrario, partirme de risa ante ese circo mediático que remueve el fango haciéndose  eco de las decisiones de nuestros políticos, como con la bochornosa puesta en escena del presidente del gobierno en sus jornadas reflexión  encerrado en la Moncloa amenazando abandonar  su cargo, que por dignidad debería haber puesto a disposición del Congreso de los Diputados mediante  cuestión confianza, así se hubiese puesto de manifiesto el apoyo de esos socios que no han dudado de tachar de pantomima su actuación, excepto su fiel buscavidas lideresa de Sumar, y no porque su mujer sea responsable de algún ilícito, sino porque esa es la forma de actuar en democrácia con valentía y sometiéndose al control parlamentario y no como lo ha hecho para aprovecharse de la que se ha montado dentro y fuera de nuestras fronteras, como también lo ha hecho una oposición con giro a la extrema derecha, basándose en noticias sin contrastar de esos medios  de prensa serviles, con intereses electoralistas en ambos casos, y con una hilarante puesta en escena de un presidente que se muestra como víctima de un acoso mediático del que él también forma parte y promueve cuando le interesa, y peor aún, erigiéndose en  salvador de una democracia que el mismo corrompe.

el presidente cavizbajo

Un Napoleón a la Española enamorado de su “Josefina” que, en todo caso, por higiene política no debería haber contratado con la Administración, que se nos muestra con esa apariencia de dignidad dirigida a luchar y perseguir  a los que mienten, ni que él no lo hiciese de forma habitual, como el único salvador de la patria que no duda en hacer suya, no por pertencer a ella, sino por apropiación,  pregonando un control político de jueces y magistrados, más allá que el de la tan necesitada reforma en profundidad de un Consejo General del Poder Judicial, ya de por sí, profundamente politizado, o  contra los medios de comunicación mediante argucias políticas, al margen de los actos de prensa tipificados como  ilícitos penales; lo que nos aproxima  a una prostitución cada vez mayor de nuestro estado de derecho, no sólo por atentar contra la independencia  de los poderes del Estado, principalmente del Judicial, sino también por pretender amordazar a esos periodistas que no le son serviles, en contra de esa libertad de prensa tan necesaria para evidenciar, eso sí, de manera responsable y contrastada, los abusos y corrupción de quienes hemos elegido como ejecutores de la voluntad del pueblo.

Pero, en la esquina contraria de este  ring del boxeo político, lejos de una actuación ejemplarizante, un contricante también  indigno que de forma continuada no hace más que vociferar los desatinos de su adversario, como si en ese consistiese sólo su proyecto político, en este caso sin prueba suficiente, lo que le convierte, al igual que al resto de la oposición en patéticos actores de un drama de contiendas  de mediocres irresponsables.

Así es, entre los bulos de unos y otros se mueve la política. Políticos confrontados que convierten el parlamento en una máquina de fango que ahoga la democracia, y unos ciudadanos resignados y adormecidos, por un lado y, por el otro, los que buscan la confrontación imitando a sus líderes, incapaces de pensar por ellos mismos. Siempre con un  mismo final que me lleve a las mismas conclusiones, aunque sean distintos los actores. Y es que, nada cambia, a tal caso, sólo a peor. Por eso, no me gusta escribir de política, porque me hastía, me revuelve, y el pesimismo se apoderá de mi.

Quizá algunos compartan el mismo sentimiento, a ellos mucho ánimo, tal vez algún día todo cambie, por aquello de que no hay mal que dure cien años, aunque lo dudo. En todo caso, pido perdón por mi pesimismo.

 

 

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1 COMENTARIO

  1. Comparto todo lo dicho.
    Por supuesto, el ánimo hay que tenerlo alto y también la fuerza reivindicativa del mayor de los derechos; la libertad.

    Un GRAN artículo.

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