DENTRO Y FUERA

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No me gusta el humo de los coches. Lo detesto.

Me ha tocado nacer y vivir en esta ciudad parida malamente del vientre de una rata y algo tengo que hacer al respecto.

Yo no soy como los demás.

Tres inspiraciones cada quince segundos es más que suficiente para no padecer cáncer de pulmón antes de los cincuenta años.

Si todo va bien viviré hasta los ochenta y siete.

Si mi padre se hubiera cuidado en vez de dejarse llevar por su entrepierna, ahora, ahora yo viviría tranquilo. Pero no, el muy cabrón tuvo que fumar, beber, hundir su hombría en cuerpos femeninos de esquina una y mil veces manoseados.

No quiero morir.

Mamá era distinta. Igual que yo: Pura, limpia, metódica; cuatro dobleces en las camisas, abrir la puerta de casa con la mano izquierda.

-¡Hola mamá!

Hace mucho que ella no contesta.

Un día se sintió mal y se metió en la cama.

A los pocos días se puso de un color verde muy pálido y empezó a hincharse como un globo.

Yo la llevaba todas las mañanas el desayuno, como cuando era niño, pero ella había perdido los ojos por algún sitio y la boca se le había abierto desmesuradamente mostrando una lengua azulada igual de gorda que la de una vaca.

-No tienes muy buen aspecto mamá.

Y me tumbaba con ella un ratito para que no se sintiera sola.

Con el verano la habitación de mamá se llenó de moscas y su cuerpo comenzó a derretirse hasta convertirse en un líquido marrón y pestilente que los dípteros absorbían con deleite.

En aquellas tarde yo me sentaba en el sofá y dejaba pasar las horas leyendo las sabias enseñanzas de Mishima y su honorable código.

Verdaderamente era hora de actuar.

Tuve que tapiar la puerta de la alcoba de mamá con ladrillos. Se había hecho amiga de las moscas y su cara se había vuelto fea, ya ni siquiera quería estrecharme entre sus brazos ni darme un beso.

Ahora amaba a las moscas.

Hay que actuar. Hay que actuar.

Hoy he escrito en mi diario:

“Amigo de páginas blancas. Ya lo tengo todo dispuesto. Creo que mamá ha muerto. Ya no queda aquí que valga la pena. Mira, he comprado este revólver a un rumano tuerto en la calle de La Palma y también esta caja de cien balas. Brillan mucho, ¡eh!

Al fin. El caballero de la armadura oxidada hoy brillará más que nunca. Hoy mi vida dejará de ser una mierda .Hasta el hijo de puta de papá estaría orgulloso”.

Si algo de bueno tiene vivir en el centro de Madrid es el hecho de que no hay que ir muy lejos para encontrar mierda por todos los sitios.

He guardado el revólver bien cargado en la caja que mamá siempre tenía reservada para los gusanos de seda y he salido a la calle.

Hace calor pero eso ya no importa. A Mishima nunca le hubiera importado.

Entro en el Mac Donald’s de la calle Montera. Antes aquel local era un sitio precioso.

Ahora no hay más que gentuza llena de sebo que sin oficio ni beneficio, vive a costa mía.

La cola de gente que espera casi sale hasta la acera gris de rinoceronte. Paciencia, ten paciencia. La hora está cerca.

Todas las mesas están llenas de las mismas moscas que se están comiendo a mi madre.

– ¿Qué desea señor? –me pregunta un ser de medio metro, de pelo oscuro, ojos redondos y una ridícula gorra roja en su cabeza de alfiler-

Es la hora.

-Quiero, quiero…

Meto la mano en la caja y con rapidez saco mi arma.

Ni siquiera miro cuando aprieto el gatillo.

El capullo ha manchado con su cerebro de mosquito mi camisa de cuadros. Lo que faltaba.

Me doy la vuelta y una mujer rubia grita y me mira con ojos de terror.

Todo el mundo corre.

Hoy es mi gran día y tengo balas para todos.

-¡Mira mamá, mira! ¿Lo ves? Yo tenía razón. ¡EL MUNDO ES MÍO!

 

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