CARTAS SIN FRANQUEO (XXIX)-LA CONVENIENCIA

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Hay palabras cuya presencia, o ausencia, llega a ser una suerte de barómetro de los tiempos que corren, palabras que, por su uso, o significado, permiten adivinar ciertas tendencias en la sociedad que las utiliza, o que las ignora.

La conveniencia es un concepto que tiene poca utilidad en un mundo de absolutos, de verdades incuestionables, de adhesiones inquebrantables, de posiciones inamovibles, porque expresa una actitud de análisis que permite llegar a una solución tibia, de aceptación, que puede no ser la idónea, que no llega a ser la correcta, que puede no parecer la más razonable, pero es la más conveniente.

Recuerdo tiempos, aquellos tiempos tan remotos en los que posiblemente aún no existía la historia, en los que en una charla familiar alguien hablaba de la conveniencia en una relación de pareja con vistas a un futuro en común. En tal caso, no se hablaba de sentimientos, de afinidad, o de belleza, se analizaba la conveniencia de tal o cual candidato en función de los valores de estabilidad, de capacidad o de promoción. La conveniencia del candidato lo pintaba como una oportunidad de futuro que iba a permitir una vida más aceptable, más normal, más estable. No se mencionaban el amor, o la felicidad, o la plenitud, se anteponía a todo ello la viabilidad de una familia.

Ese tipo de análisis templado de las decisiones, de conformidad con lo imperfecto, de acomodo a lo llevadero, es, hoy por hoy, inconcebible en el mundo en el que nos movemos. Inconcebible en la voracidad del mundo económico, inaceptable en el sectarismo del mundo político, imposible en el mundo afectivo, intolerable en el mundo laboral.

Por eso, cuando el otro día me comentabas la decisión a tomar entre varias opciones, y te dije cual me parecía la más conveniente, e intentaba explicarte el por qué, no acababas de entenderme.

No es la mejor, me interpelabas, y yo estaba de acuerdo. No es la más correcta, insistías, y yo estaba de acuerdo. No es la más razonable, me apuntabas, y yo estaba de acuerdo. Pero es, de todas las posibles, la que abre una mayor expectativa de viabilidad de cara al futuro, la más estable, la más conveniente.

La conveniencia no es, en esta sociedad, en este mundo y tiempo en los que vivimos, un valor apreciable, un valor que se considere. La conveniencia lleva aparejada una reflexión que está llena de renuncias consentidas, de fracasos menores, de expectativas frustradas, en aras de un resultado, tal vez corto, pero aceptable y que protege del fracaso.

La conveniencia es algo así como la inversión en bonos del estado del desarrollo de una vida, la renuncia a las emociones fuertes, a los vaivenes afectivos, a las veleidades económicas o sociales.

Por este motivo, aquellos que viven en la conveniencia, en expresión actual hablaríamos de zona de confort, renuncian, o creen renunciar, a la pasión, a la feracidad, a la exuberancia, y a tantas posibilidades extremas que la vida pueda poner a su alcance, y que conllevan el riego de sus contrapartidas, tan extremas como ellas mismas.

No, la conveniencia no es un concepto que yo pueda utilizar, un argumento que yo pueda exhibir, una actitud que yo pueda esperar, en el mundo actual, en estos tiempos de frentismos y populismos, de abundancia de información no asimilada, de exaltación de la razón única e incuestionable.

Sería muy conveniente, ya no solo para nosotros, sino para aquellos que vienen a continuación, que nos paráramos a reflexionar sobre los mundos futuros, sus utopías, sus distopías, que nos están dibujando, pero eso supondría escuchar razones ajenas, cuestionar convicciones propias, aceptar fracasos previsibles.

No, definitivamente, hoy por hoy la conveniencia no es un valor en alza, ni siquiera cuando hablamos de nuestro futuro, de su futuro, del futuro. Estamos demasiado sometidos a exigencias, a perfecciones, a verdades.

¿Es la conveniencia, por tanto, una posibilidad a tener en cuenta? A mí, con la mesura de no caer en un acomodo permanente, siempre me parece conveniente contar con ella, aunque sea para descartarla.

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