DONDE DIJE PEDRO

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No hay nada más peligroso que la aseveración sin fisuras de alguien cuya palabra ha sido sistemáticamente truncada. Seguramente hubo personajes antes, que imbuidos de una certeza digna de mejores empresas, empeñó una palabra que, al fin y a la postre, acabó en la casa de empeños, devaluada, traicionada, acompañada entre gestos de “ya te lo decía yo” en su triste destino de palabra traicionada. Y si hay algo peor que el odio, que el insulto, que la afrenta, es la conmiseración, esa que produce la certeza anticipada de la mentira, esas palabras susurradas con movimiento de cabeza y gesto de “se veía venir”, que duelen más que una puñalada en el costado, o que una bala en el estómago.

Pero aunque, como empecé a decir, seguramente hubo personajes antes, y después, también después, el primero que se nos viene a las mientes cuando hablamos de palabras firmes que se lleva el viento, es sin duda es el bueno de Pedro y sus tres negaciones, y eso que se lo avisaron. Es verdad que luego, contemplando sus actos, lloró por los rincones, y hasta llegó a ser santo, y dicen que portero del portal más grande de la creación, pero a lo hecho pecho, mintió y él lo sabía cuando lo estaba haciendo.

Tampoco pretendo hacer una relación de mentirosos compulsivos de la historia, no es esa mi intención, si no la de denunciar un modus operandi habitual entre ellos, y que debería de ponernos sobre aviso cuando lo detectamos. De hecho existe una frase emblemática para el tal comportamiento: “donde dije digo, digo Diego”, lo que supone toda una declaración de intenciones; es suficiente con ser medidamente equívoco para intentar salir indemne de la mentira, para encontrar quién te la compre y la justifique por ti.

Pero si esta frase popular es emblemática, no debemos olvidar la acuñada por los personajes de un genio de la comunicación, un hombre que supo hacernos reír con sus dibujos y su capacidad de síntesis ante el espectáculo político, una frase que retrataba la capacidad de deformar el lenguaje en un intento, perfectamente medido, de mentir sin consecuencias, de retorcer el lenguaje hasta centrifugar el significado de las palabras. El hombre, Antonio Fraguas “Forges”, los personajes, dos tecnócratas típicos del tardofranquismo y de la pre-transición, la frase: “Puedo jurarle que, a pesar de las limitaciones casuístico-legales existentes, yo siempre le he llamado al pan “zusf” y al vino, “frolo””

Aunque, bien mirado, el caso más emblemático, más popular, que contiene una mayor semejanza con el comportamiento que me inspira estas letras, no es político, es deportivo. Cualquier aficionado a los deportes, que siga algo de la actualidad deportiva, ha asistida a una secuencia de hechos casi indefectible; un equipo acumula varios malos resultados, una trayectoria no acorde con las expectativas, la junta directiva del club se reúne, tras la reunión emite un comunicado mostrando su confianza plena en el entrenador y ratificando su incuestionable continuidad en el puesto, entre un día y dos semanas más tarde, el técnico es destituido y reemplazado por otro.

No hay nada más letal para la trayectoria de un entrenador que qué lo confirmen en el cargo. Significa que debe de ir haciendo las maletas.

Y como en este mundo, en esta vida, al parecer todo es circular, circular de círculo, no de pasar, que también, y parafraseando a un juego sabio, de Pedro a Pedro, y tiro porque no me queda más remedio.

Dijo que jamás pactaría con los herederos de ETA, dijo que las penas se cumplirían íntegramente, dijo que el país se merecía que no le mintieran, dijo que no se podía legislar a medida, dijo que no se podía consentir la corrupción, dijo… y ahora dice que nunca se celebrará un referéndum de autodeterminación en Cataluña (¿matizó en esta legislatura?). Yo ahí lo dejo, que luego todo se sabe. Voy a ver si me como un poco de “zusf” con margarina antes de ver lo que me han dejado los Reyes.

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