CARTAS SIN FRANQUEO (CXXXIII)- LA RABIA

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Tienes razón, lo reconozco, mi carta del otro día, la de “Confieso”, no tiene un pase. Ni un pase, ni de nada vale pedir disculpas o estar arrepentido. Esta mierda de tiempo lineal en el que estamos atrapados hace que los arrepentimientos sean, en la mayor parte de los casos, más un tema de autodefensa, que algo que pretenda tener en cuenta a los presuntos agraviados.

No es muy distinto mi caso. La carta es una auténtica basura, un ejercicio de todos aquellos comportamientos que critica, que critico, y permite suponer una posición respecto a ciertas cuestiones que no es la que yo creo tener, y lo digo con toda la precaución que mis fundadas sospechas sobre mi mismo mantengo, me hacen tener. Mi posicionamiento libertario, ácrata, que nunca anarquista, según mi propia apreciación de unos términos que, habitualmente, se usan cómo sinónimos, y cuya diferenciación pormenorizada exigiría otro artículo, me hace ser radicalmente contario al intervencionismo de la izquierda, a su afán coercitivo, a su furor legislativo, y a su política fiscal, y no menos radicalmente contrario a la dejación social de la derecha, a su abandono del individuo, a su desidia equitativa, y a su política fiscal, y todo ello teniendo en cuenta mi frontal oposición a cualquier tipo de “potestas” que no emane directamente de una “autoritas” generada desde la ética y el compromiso. Mi convicción de que las corrientes ideológicas actuales no son más que las distintas caretas de un sistema profundamente antidemocrático, que oferta varias formas de lograr lo mismo, el poder, el control sobre la cuota más amplia posible de la sociedad, del famoso pueblo, me hace ser profundamente crítico con todo lo que sean partidos, ideologías y mayorías que nunca son tales salvo componendas inasumibles, y manipulaciones estadísticas que nunca pretenden ocultarse.

Una vez leída la carta con cierto sosiego, transcurridas unas horas de los hechos que causaron mi disfunción intelectual, mi primera resolución fue llamar al editor de esta maravillosa publicación, la que me permite enviar estas cartas sin necesidad de franqueo, ni conocimiento del destinatario, y pedirle que la borrara, pero esa opción fue desaconsejada por el bien de la publicación, lo que hizo mi incomodidad mucho más patente, hasta el punto de no hacer ninguna difusión de la tal carta, aunque eso no eliminara mi absoluto rechazo a lo escrito.

Tal vez, no, tal vez no, con toda seguridad, la más feroz crítica, emanada de una persona cercana por la que siento un inmenso respeto, que creo que es mutuo, fue la que me puso en camino de asumir algo que coloquialmente es sostenible, pero no lo es conceptualmente: “tu carta está escrita desde tu ideología”

Claro, lo primero fue negarlo, yo no profeso ninguna ideología, lo que es, al mismo tiempo, absolutamente cierto, y radicalmente falso. Yo no profeso ninguna ideología de izquierdas, o de derechas, en cuanto que corpus rígidos de convicciones presuntamente inamovibles, que deben de ser acatadas sin cuestionamiento, ya que son dictadas por un líder carismático de dudosa capacidad intelectual, y de una muy cuestionable ética personal, y me vale para cualquiera de las que me puedan mencionar, cada uno, cada una, en su grado personal.

Pero, como las críticas deben de tener su recorrido natural, de inasumibles e injustas, a incómodas y persistentes, y de ahí a percepciones a considerar, cuando la crítica de esta persona llegó a su tercer estadio, me permitió reconocer que, por supuesto, inevitablemente, yo tenía una ideología, una no global, no compartible, no “exportable”, que no busca convencer a nadie, sino, simplemente expresar una escala de valores emanada de mis propias experiencias y reflexiones, una que no busca la preponderancia, que no busca el reconocimiento, ni la adaptación de la sociedad a sus convicciones, salvo que se conviertan, por desarrollo personal, en sus propias convicciones. Mi ideología se llama librepensamiento y su única verdad es que todo debe de ser puesto en cuestión, empezando por esa única verdad.

Yo no tengo míos a los que adherirme, lo que, en la situación actual, me lleva inevitablemente a ser considerado indefectiblemente de los otros, respecto al interlocutor de cada momento. Vivo una sociedad, vivo en una sociedad, con la que comparto muy pocas cosas, apenas otra cosa que la expresión de mi pensamiento, mi ocio y mi negocio, pero casi ninguna de sus interpretaciones de los valores y sus caminos para acercarse a ellos.

Creo en la Libertad, en la individual, no en esa extraña libertad colectiva nacida de los recortes a la libertad. Creo en la Igualdad, total, absoluta, sin matices, lo que me lleva a considerar las búsquedas parciales de igualdad como caminos que acaban en desigualdades inasumibles. Y creo en la Justicia, no en la legalidad, no en esa maraña de preceptos ideológicos, recaudatorios y técnicos que dicen buscar lo contrario de lo que logran. Toda ley, su necesidad, su aplicación, es una frustración de la correcta formación de un ciudadano. Y, como acabo de evidenciar, creo en la formación, en la educación, como única herramienta para la consecución de los valores, y su traslado a los ciudadanos para una convivencia fraternal.

Dicen que la rabia es ciega, y no es verdad, la rabia ciega al que la sufre. La rabia, la frustración que la provoca, sumen al sujeto en una incapacidad para expresar coherentemente el rechazo que ha provocado el episodio, tuerce la razón, quiebra la expresión y ataca directamente a quien la sufre. Y ese ataque es más doloroso, cuando, cedida la efervescencia del momento, de los momentos, el que la ha sufrido es capaz de analizar los actos transcurridos en ellos.

Yo no creo en la democracia liberal, ni siquiera creo que sea una democracia real, y por tanto tampoco creo en sus instituciones. En eso soy muy gallego, y me importa poco lo que pase en Madrid mientras “no me toquen a vaquiña”. Pero, ya que tengo que vivir en ello, exijo de los que dicen creer en ella y representarla, un compromiso ético impecable, y un respeto exquisito a las instituciones que dicen representar, y que pertenecen a la totalidad, insisto, a la totalidad, de los ciudadanos. Y esta exigencia fue la que en un momento determinado hizo que la rabia me invadiera, y cometiera la infinita torpeza de escribir con ese estado de ánimo, un bodrio infumable, inasumible, un bodrio del que nunca me avergonzaré lo suficiente.

Y ese respeto exquisito, en realidad su falta, fue lo que provocó esa rabia. La desfachatez, la prepotencia, la exhibición de impunidad que acompañaron a las risas del candidato burlándose de otra persona que representaba a más ciudadanos que él mismo, ha sido uno de los episodios más bochornosos de todos aquellos a los que he podido asistir.

Por supuesto que no supongo que el señor Feijoo, en cuanto persona, sea intachable, ni siquiera puedo poner en duda que en ciertos momentos resulte excesivamente afectado, formal, o incluso antipático, pero en su papel de representante de varios millones de personas merece un respeto al que se le faltó en ese episodio, porque, a quién se faltaba era a esos millones de personas que habían votado esa opción política. Es mi pensamiento, claro.

Ese comportamiento, absolutamente bochornoso, claramente populista, del hoy presidente, hizo que yo incurriera en lo mismo que critico, y dijera cosas, y las dijera de forma, que faltan al respeto a un señor que, por el mismo camino de razón, representa, también, a varios millones de personas, y por tanto, les faltara a ellos al respeto. Vergonzoso.

He dicho en multitud de ocasiones que la ética comparativa es una basura argumentativa inaceptable. Lo mismo de inaceptable sería que yo ahora pretendiera excusar mis actos en actos ajenos. No, no lo pretendo, no voy a caer en el maniqueísmo de pedir lo que no doy. Por ello tampoco voy a pedir perdón, porque no me lo concedo yo mismo. Todos debemos de asumir nuestros actos.

La rabia ha llegado a nuestra sociedad, y todos sabemos cómo ha sido. Sería conveniente que todos, tal vez salvo los políticos que están a lo suyo, fuéramos estudiando cómo erradicarla de nuestra convivencia. Cada uno desde su posición, cada uno desde su idea, sin renunciar a ella. Eso que se llama tolerancia, y en cuyo nombre se predica la más absurda intolerancia: “yo soy tolerante, excepto con los intolerantes”, intolerantes a los que usted etiqueta como tales, demostrando su intolerancia. Yo soy tolerante, con todos, con todo. Bueno, con todo no, no soy tolerante con la rabia, ni con la falta de respeto. O sea, que me queda mucho por trabajar mi tolerancia.

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