DIOS, TOCINO Y VELOCIDAD

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Todavía hay quien piensa que el criterio de un señor invisible vale más que el de sus conciudadanos. Cuando conviene, claro.

 

¿Saben aquel que diu…:?

―Papá, papá, ¿los embriones congelados son niños?

―Sí, hijo, todos los seres humanos están hechos a semejanza de Dios, y sus vidas no se pueden destruir sin menoscabar su gloria.

Vale, como chiste es malo. Pero es que la reciente decisión del Tribunal Supremo de Alabama es justamente eso: un chiste malo. Ni el gran Eugenio, que en paz descanse, lo salvaría. Falta chispa, un sobreentendido, no sé, algo de sarcasmo; incluso un punto de procacidad, que siempre funciona. Además, toca un tema delicado, alguien se puede ofender. Nada, nada: lo retiro del catálogo.

La verdadera broma consiste en incluir citas de la Biblia para justificar un veredicto; y esto de gracioso tiene muy poco. Si tenemos en cuenta que el presidente de dicho tribunal opina que el “Dios verdadero de las Escrituras, el Creador, es la fuente de la ley, de la libertad y de la vida”, pues ya se entiende que el hombre no está dotado para el humor. Debe estar de mala leche todo el día, viendo cómo el mundo ha dejado de ser temeroso de Dios. Me lo imagino en el porche, acariciando su revólver mientras toma su vaso de zarzaparrilla.

El “creced y multiplicaos” de la Biblia no se cumple en una de cada seis parejas que, empeñadas en hacer cumplir el mandato divino, y habiéndose dado a la coyunda repetidas veces, ven frustrados sus planes de poblar la Tierra. De poblarla más, quiero decir. Ahora se encuentran los pobres con que en la subsección 6, capítulo 4, artículo 32.3 del manual de instrucciones de Dios, está escrito que quedan prohibidos los medios biomedicalizados. Y que ese manual se le aplica a todo el  mundo, sea creyente o no.

La primera y evidente consecuencia para los infértiles de Alabama es que sus planes de perpetuación de los genes quedan abortados (se ve que lo de “genético” se refería al Génesis, no a las técnicas modernas de fecundación), pero la segunda ¡ay! no es menos grave para que los que son, además, creyentes: dado que el coito no coadyuva al fin divino para el que fue establecido, debe ser erradicado del lecho conyugal, al pasar a ser considerado stricto sensu, como un acto de lujuria. Se van a poner de una mala follá (nunca mejor dicho) que de ahí al divorcio solo les va a quedar un paso.

No sé si de esta noticia se habrá enterado José Díaz, un joven onubense al que también han decidido gastarle una broma. Con daños neurológicos producidos por un accidente doméstico, ha perdido la vista y prácticamente toda su movilidad; los parches de fentanilo no le alivian ya los insoportables (e incurables) dolores. Acogiéndose al derecho legal de solicitar la eutanasia, hace ya dos años que inició los trámites. Le comunicaron que en toda la provincia de Huelva ningún médico aceptaba desempeñar el papel de consultor para el proceso, tal y como marca la norma, porque todos son objetores de conciencia. Seguramente estos médicos sí han leído la sentencia del juez Parker: “la vida humana no se puede destruir negligentemente sin incurrir en la ira de un Dios santo, que percibe cualquier daño contra su imagen y semejanza como una afrenta contra Él”. Ah. Cualquier daño adicional, supongo; porque José Díaz ya lleva un daño que lo ha destruido como persona, y parece que afrentarse no se ha afrentado nadie. A lo mejor no han leído que la palabra médico viene del verbo latino medeor, que significa cuidar. No escurrir el bulto.

Nada dice la sentencia, por supuesto, de la destrucción negligente de la vida de los 163 reos que esperan la pena de muerte en las cárceles de Alabama. Su ejecución no supondrá, se supone, ninguna afrenta contra el Supremo (el Hacedor; no el Tribunal), puesto que a esos convictos se les aplica Éxodo, capítulo 21, versículo 24. Igualmente, al tribunal debe parecerle estupendo el derecho a portar armas, que produce cincuenta mil muertos al año en Estados Unidos (más de la mitad de ellos, suicidios: una solución a la que José Díaz no se puede acoger, por mucho que le aboquen a ella los médicos). Y es que esto del enfado divino no se entiende muy bien: nos pasamos el día destruyendo la vida humana de manera negligente, y yo no veo que incurramos en su ira: una lluvia de fuego, un algo. Estaría bien, por ejemplo, que a Putin, o a Netanyahu, o a los gerifaltes de Hamás se los comieran los gusanos. En plan vistoso, que sentara precedentes. Más bien sucede lo contrario: la ira cae siempre sobre gente que, en general, no ha hecho nada.

El Occidente moderno se ha construido sobre unas ideas morales que, basándose en lo mejor de ellas, dejaron atrás las creencias religiosas. La aceptación de que la ley proviene del Derecho creado por los hombres, no por la voluntad divina; y el respeto a los actos que, bajo su responsabilidad, realizan otras personas amparadas en derechos y libertades promulgadas por la ley, por mucho que rechacemos dichos actos, son algunos de esos principios. El Estado, que no es sino el garante de todos esos derechos, está en la obligación de hacerlos cumplir, incluso por encima de las voluntades de quienes, por razones estrictamente personales (pues convendremos que la creencia religiosa es un hecho íntimamente individual), se oponen a ello. No vale llenarse la boca con la palabra libertad, convirtiéndola en un sinónimo de fiesta de la cerveza, y luego ir por ahí atizando a la gente con el Deuteronomio, que no tiene por qué haberse leído. Hombre, ya puestos, yo me quedaría con Marcos 10:20-22. Pero por lo que sea, ese versículo no nos interesa; será que ese día no fuimos a misa.

Quedan algunos apuntes finales para el optimismo: al día siguiente de la denuncia de su situación, la Junta de Andalucía prometió una solución para José Díaz. Ojalá que la broma macabra no continúe cebándose con él, y el Estado cumpla con su obligación. En segundo lugar, un juez de distrito de Estados Unidos, Myron Thompson, falló en 2019 contra la prohibitiva ley antiaborto de Alabama: “Viola el derecho de un individuo a la privacidad, a tomar decisiones centrales para la dignidad personal y la autonomía. Disminuye la capacidad de las mujeres para actuar en la sociedad y para tomar decisiones en materia de salud reproductiva. Desafía la Constitución de Estados Unidos”. Ojalá (aunque parece que no va por ahí la cosa) la justicia norteamericana recupere el buen sentido, porque aún quedan jueces sensatos. Y finalmente, el gran teólogo Hans Küng dijo en uno de sus escritos que “un Dios que impidiera al hombre poner fin a su vida cuando sólo le ofrece cargar el tiempo restante con pesos insoportables, no sería un Dios amigo del hombre”. Ojalá el hecho religioso deje de ser un impedimento para la libertad de otras personas que no lo son. Y viceversa, por supuesto.

Porque, aunque lo tuviera, el tocino ya no tiene nada que ver con la velocidad.

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