CARTAS SIN FRANQUEO (XXIII)-INDIGNADOS

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Todos estamos indignados. Podría ser el título de una novela sobre la sociedad actual, seguramente una novela realista y descarnada, con tantas páginas que El Quijote semejaría un borrador para un cuento corto.

Claro que entiendo tu indignación, y la de mi vecino que la lleva reflejada en la cara, y la de aquellos que conozco, o la de esas personas con las que tengo algún tipo de relación a pesar de no conocerlos personalmente. Todos hablamos últimamente de indignación, todos actuamos últimamente con indignación, y me parece lógico, normal, previsible, porque todos estamos indignados con todos, todos tenemos argumentos para nuestra indignación con las actitudes ajenas, y eso es así, es inevitable, porque lo que no existe, lo que en nuestro tiempo nos han hurtado con maquiavélicos juegos orales, son la veracidad y la confianza.

Nos hemos instalado en el cinismo, en la absoluta desconfianza hacia todo aquello que se mueve o que es capaz de articular una palabra, y, en ese clima de negación de cualquier posibilidad de confiar, todo aquello que sucede nos provoca la indignación de no tener una certeza, de crearnos la inseguridad de ignorar si lo que alegan son unas palabras con fondo o simplemente una verdad sin fundamento.

Por supuesto que tu indignación es comprensible, como comprensibles son los argumentos en los que está basada, pero una cosa es que sean comprensibles, y otra muy distinta que esa comprensión, esa justificación, los haga ciertos. Al menos más ciertos que los ajenos.

Hemos creado un mundo en el que el secreto de los estados, el secreto de las corporaciones, el secreto de las intenciones, predomina sobre la transparencia de las relaciones. Todos tenemos secretos, las personas físicas, las personas jurídicas, los estados, los partidos, las asociaciones, que consideramos que no pueden exponerse libremente, que para eso son secretos, pero que emponzoñan las relaciones y provocan la desconfianza mutua.

La literatura, el cine, la prensa, exhiben con abundancia conjuras, conspiraciones, luchas ocultas por el poder, por el dinero, por la preponderancia, y en ellas la verdad es, cuando se habla de ella, un concepto que se invoca para imponer una mentira, otra mentira.

Claro que estamos indignados, contra todo y contra todos. Es una lacra inevitable de vivir en un mundo donde los valores se han trastocado y ni siquiera sabemos a qué carta quedarnos, porque ni siquiera podemos estar seguros de que el as sea la carta más alta.

Recibimos una permanente agresión sobre las ideas, los conceptos, los valores, en los que hemos sido formados. Se invoca la libertad con actitudes que la cercenan. Se pide la confianza con un abanico de mentiras. Se reclama la responsabilidad desde una irresponsabilidad manifiesta. Se proclaman los derechos mientras se rebajan. Se llama al miedo para no tener que dar razones, para no tener que reconocer la incapacidad. Se prescribe lo inútil por evidente, solo para tapar la ineficacia con la apariencia.

Así que entiendo tú indignación cuando ves en las noticias esas fiestas irresponsables, como entiendo la indignación, preñada de desconfianza, de hartazgo, de rebeldía, de aquellos que asisten a ellas porque no creen en las verdades imposibles que intentan colocarnos.

Entiendo tú indignación cuando oyes que hay que llevar mascarillas en la playa, desde el hartazgo de oír que el contagio en el exterior es casi imposible, y te obliguen a ir por la calle solo, con la boca irritada por el vaho de tu propia respiración, con las gafas empañadas, entorpecidos tus sentidos por un elemento tan incómodo como sospechosamente inútil en su forma de ser usado.

Entiendo tú indignación, y la mía, y la de la mayoría, cuando, embozado e incómodo, pasas junto a una terraza llena de gente que bebe, come y respira libremente y lo sientes como una afrenta a tu situación porque te han vendido, y te han impuesto, que hay que ir pertrechado de esa guisa a pesar de que todos los informes, y la evidencia, dicen que esa forma de combatir el contagio es totalmente inútil. Como entiendo la indignación de los hosteleros, reos de una necesidad estética de tapar una ineficacia gubernamental, que los arruina y culpabiliza para evitar hablar de las infraestructuras sanitarias, legales, que son su responsabilidad y no acometen. De esos hosteleros que ven como cierran sus locales y ese cierre fomenta el descontrol de los botellones, de las fiestas privadas, de la irresponsabilidad fomentada por unas estructuras de poder irresponsables.

Entiendo la indignación, ya furiosa, cuando piensas que en un espacio libre, ventilado, abierto como no puede haber otro, como son la montaña, el campo o la playa, alguien te va a obligar a usar la equipación adecuada complementada con mascarilla a juego, sin que ningún estudio riguroso avale la necesidad de tal medida, más encaminada a fomentar el miedo, la desconfianza, a tener una excusa más para invocar la irresponsabilidad del populacho irresponsable y desobediente, que a obtener ningún tipo de mejora.

Por supuesto que entiendo tu indignación, y la mía, y la de todos, cuando, debido a la torpeza social que nos han impuesto, no sabemos cómo saludarnos, a pesar de que los científicos ya han dicho, por activa y por pasiva, que el contacto no provoca contagio, que darse la mano, los besos y los abrazos de rigor no contagia, y, obligados a ignorarlo, cuando nos encontramos con alguien, iniciamos un incómodo, antinatural, ritual de posibilidades de saludo. Y también, por supuesto y con respeto, debemos de entender la indignación de aquellos que, sumidos en el miedo pánico que interesadamente nos han inoculado, se horrorizan cuando ven actuar con la normalidad normal, no con esa nueva y anormal a la que han pretendido inducirnos, a la gente que los rodea.

Por supuesto que entiendo tu indignación contra cualquiera que, harto ya de estar harto, harto de miedos y verdades cuestionables, decide rebelarse contra un sistema incapaz de enfrentar con eficacia, con veracidad, con transparencia, una crisis en la que nos va la vida.

Y la indignación que empieza a poner en cuestión, en peligro, la administración de las vacunas por la sistemática desinformada información con la que nos bombardean, y que ha logrado llevar una desconfianza creciente hasta la gente, que empieza a eludir una vacunación diseñada para ignorar los sentimientos del paciente, sus pulsiones, su confianza, posiblemente hasta su salud.

En definitiva, todos estamos indignados con todos, todos desconfiamos de todos, todos consideramos a los demás responsable de nuestros miedos, acreedores a nuestros reproches, culpables de nuestras incomodidades, porque eso es lo que nos han inoculado desde hace un año largo para lograr que nuestra propia desunión, nuestra indignación, nuestra desconfianza, nuestro socorrido miedo, haga imposible que pidamos responsabilidades a unos irresponsables que instalados en su machito miran fundamentalmente por perpetuarse en él. O, al menos, miran más por conservarlo que por lograr unos resultados que en muchos casos deberían depender de su dedicación, de su ingenio, de su criterio, de su valía ética y, en definitiva, de su supuesta capacidad para dirigirnos y de una supuesta contrastada veracidad para informarnos.

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