La ventana

 

 

Descubrir que al abrir una ventana el mundo ha cambiado es propio de los sueños o tal vez de la pesadillas, todo depende de aquel que se acerque a ella y gire su pestillo.

Pero aquella mañana no fue ni una cosa ni la otra, sencillamente sucedió y merece la pena que sea contado, o soñado, o vivido, quién lo sabe.

Dormía aún Ginés en el pequeño saco de arpillera relleno de paja que le hacía las veces de colchón.

Aquella noche había tenido suerte y antes de que el frío se le empezara a clavar en los huesos encontró, entre los edificios derruidos, uno que todavía se mantenía en pie, lo mismo que un árbol quemado en mitad de un incendio extinto.

Era una pequeña casa de dos plantas toda ella de ladrillo. Tres peldaños daban acceso a una puerta de madera pintada de verde y completamente desconchada, con una aldaba de bronce en forma de cabeza femenina.

Con toda su vida a cuestas Ginés, subió los tres escalones y empujó levemente la puerta que se abrió tan fácilmente como un libro de hojas aún sin escribir. Ginés tuvo la impresión de que ni siquiera había alcanzado a tocarla.

Con paso lento atravesó del dintel de la puerta. Un fuerte olor a cerrado llenaba el espacio. Apenas había luz y Ginés rebuscó en los bolsillos de su gabán lleno de niebla buscando un mechero de plata que creía tener desde hacía algún tiempo y que le había regalado un señor muy fino, vestido con un abrigo de piel negro que salía del Palacio de la Opera “ten amigo, para que ilumines tu vida, algún día te hará falta“.

Y Ginés que únicamente buscaba aquel día unas monedas para proveerse de un poco de licor ilegal extendió su mano y con un “gracias señor” agradecido cogió aquel presente, guardándoselo rápidamente en el bolsillo del gabán y saliendo con paso renqueante calle arriba.

Al fin, encontró el encendedor.

Le costó encenderlo pues él nunca había tenido uno, lo más parecido alguna caja de cerillas. Frotó varias veces el pequeño rodillo que activaba la chispa hasta que al fin, una pequeña llama mitad anaranjada, mitad azul brotó, lo mismo que el genio de una lámpara maravillosa, iluminando levemente el lugar que hasta hace unos instantes se cubría de negro.

Se trataba de una única habitación muy grande y con unas escaleras de caracol al fondo.

Estaba llena de enormes muebles cubiertos de polvo; un gran aparador de madera oscura apoyado sobre la pared de la izquierda y sobre él un hermoso espejo dorado de buen tamaño,  a la derecha un piano de pared aún con la tapa abierta y una banqueta, como si alguien lo hubiera estado tocando hacia poco. Ginés se acercó a él y con un dedo tocó tres de sus teclas, dos blancas y una negra, llenando el aire de recuerdos sonoros de una infancia perdida, de un niño de pantalón corto sentado frente a un piano y tocando también con un dedo esas mismas teclas.

En el centro de la estancia una mesa redonda con seis patas rematadas en garras de león y  ocho sillas muy robustas, completaban todo el mobiliario.

Las paredes estaban forradas de una tela rosada en la que se dibujaban diferentes tipos de flores exóticas y colgados en ellas, vivían cuadros de diferentes tamaños y motivos; marinas, montañas nevadas.

Sin duda aquella había sido la casa de alguien que había sido feliz. Toda ella, a pesar de los años que llevaba cerrada y llena de olvido, rezumaba una paz que muy pocas veces Ginés había sentido.

Con el mechero encendido, avanzó hasta la escalera y comenzó a subirla lentamente, recreándose en lo hermoso que tuvo que ser aquel lugar.

Contó los escalones, era algo que siempre le gustaba hacer. Treinta y cuatro. Tras el último, el segundo piso. Un pasillo largo, cubierto por una alfombra rojiza, con una puerta al fondo.

El suelo de madera que dormía bajo la alfombra crujía con cada uno de sus pasos que ahora cada vez eran más rápidos, algo temerosos ante la incertidumbre de lo que habría tras de aquella puerta.

 La pequeña llama apenas espantaba la total oscuridad en la que el pasillo se envolvía, creando una muy tenue burbuja de luz.

Al fin llegó a la puerta y con decisión giró el pomo y la abrió.

Tras ella se escondía un amplio dormitorio, presidido por una cama metálica carente de colchón y a la que acompañaban dos mesillas estilo imperio algo arañadas y un armario ropero destartalado que con sus puertas abiertas de par en par, mostraba ruborizado su desnudez.

Era la única estancia en la que había ventana, aunque no demasiado grande y cerrada con una persiana de tiras de madera. Y sobre la cama un gran cuadro, el retrato de alguien.

Ginés acercó el mechero al lienzo y contempló con sorpresa como en él estaba representado con gran maestría aquel mismo hombre que hacía tiempo le había regalado el mechero que con el que ahora se defendía de la oscuridad.

Se quedó mirando un rato al cuadro….”Gracias de nuevo señor” fue lo primero que salió del corazón de Ginés.

Era extraño, pero aquel hombre, las dos veces que Ginés, le había visto, aquella noche, saliendo de la Opera, con ese andar ondulante y en el óleo que la pompa de luz de su propio mechero iluminaba, había tenido la extraña sensación de que le había visto muchas veces, tantas como cuando dos espejos se colocan el uno frente al otro, creando un pasillo infinito y circular llenos de miles de puertas que no llevan a ninguna parte, nada más que a la locura o al Paraíso.

Verdaderamente Ginés no sabía la causa de ese cosquilleo que le empezaba en la boca del estómago y le subía hasta la barbilla, quedándose allí, jugado con los dientes de su mandíbula inferior.

Llevaba Ginés viviendo en la calle veinte años de los treinta y cinco que tenía y, entre los arrabales y las amplísimas avenidas llenas del farolas de las barrios ricos del Centro, había visto un número casi ilimitado de rostros, de personas que cruzaban a su lado, ignorándole como si fuera una parte más del mobiliario urbano.

Otros mirándole de reojo y soltándole una moneda de cobre, disimulando, como si los cinco céntimos hubieran caído del cielo.

Ginés borraba todos aquellos rostros casi de inmediato. No quería recordar nada de ellos; no por odio, sino porque le recordaban lo miserable que era su vida, la vida en general, incluida la de aquellos pobres maniquíes remilgados que movidos por hilos invisibles sólo vistos por él, iban de un lado para otro con aire pomposo.

Cabezas huecas. Ni siquiera saben tocar el piano.

Sin embargo, la amable cara del hombre del abrigo negro, la misma que estaba pintada en el dormitorio en el que ahora se encontraba, esa, esa no la había olvidado.

El pelo blanco, cara alargada, los ojos azules y redondos, muy parecidos a los de un pájaro, la boca grande y de labios huecos…Y aquel regalo generoso, adornado de palabras amables. Cómo iba a olvidar Ginés aquello.

El gas de mechero debió de agotarse porque de repente, la llamita empezó a encoger haciéndose tan pequeña y de un azul tan intenso que mismamente parecía el ojo de cristal del gato tuerto de la señora Serra, una viuda gorda y ricachona, soltadora de monedas de cinco céntimos en las calles lujosas de la ciudad.

Y de repente todo quedó negro.

La oscuridad recordó a Ginés que era de noche y que el cansancio empezaba a tirar de él hacia abajo, de modo que sacó de su “casa a cuestas”, un saco pequeño de arpillera relleno de paja y lo colocó sobre el somiere de muelles de la cama metálica a modo de colchón, tumbándose sobre él y quitándose únicamente las botas de cordones y puntera sonriente que le acompañaban desde que hiciera el servicio militar.

Estuvo un rato echado boca arriba, escuchando el relajante silencio de aquella casa, de aquella habitación que le había acogido como al hijo pródigo quedándose dormido, sin que se diera cuenta, como siempre le sucede.

Para Ginés el sueño no existe. El nunca duerme porque no lo necesita. “si no tengo sueños, ni nada en lo que creer, para qué voy a dormir”.

Pero cada noche cae rendido en los brazos de un río de pianos que le transportan a un mundo en el que él navega sobre uno de ellos, un majestuoso piano de cola, de color caoba que la habla con corcheas y semifusas.

Ginés solamente ríe cuando duerme, él no lo sabe, pero el retrato de la pared sí.

Se ha hecho de día y Ginés duerme aún  en el pequeño saco de arpillera relleno de paja que le hace las veces de colchón.

A través de la persiana de la ventana, la luz se filtra incidiendo sobre la cama, produciendo un hermoso efecto de luces, casi místico, de un mundo que no es éste.

El polvo en suspensión que vuela libre y silencioso por la habitación brilla, lo mismo que un mini universo lleno de pequeñas estrellas. Cada una es un deseo no cumplido de Ginés.

Sus ojos se han abierto. El no durmiente se queda un rato tendido sobre la cama, mirando al techo del que ahora es posible entrever una pequeña lámpara de cristales redondos.

Ginés, agarrándose con una mano al cabecero de la cama se incorpora lentamente, lo mismo que el remolón levantar de una espiga de trigo tumbada por el viento, y se queda sentado sobre la cama, con la mirada puesta en la ventana, la única de todo el edificio.

Se levanta y se acerca a ella,  descorriendo suavemente unos descoloridos visillos de terciopelo rojo.

Una para cada lado, que producen sobre la barra cilíndrica que los sustenta un siseo de serpiente.

Después tira hacia abajo de la cinta de la persiana que comienza a ascender lo mismo que un puente levadizo de un castillo de piedras negras. Poco a poco, la claridad va inundando la habitación  hasta que acaba llenándose completamente de una luz blanca y deslumbrante que brota de más allá de los cristales de la ventana. Ginés respira hondo, una, dos veces, y después, con un ligero movimiento de muñeco levanta la falleba que cierra las dos hojas de la ventana, abriendo una de ellas y asomándose con los ojos muy abiertos y curiosos al mundo que esa misma noche le había llevado de la mano hasta aquel lugar.

Pero afuera no hay calles, ni árboles, ni títeres pomposos paseando, ni tan siquiera el brillar el sol. Sólo hay una casa brillante como una luciérnaga, exactamente igual a la Ginés se halla, también con una ventana, abierta, como ahora la suya, y con alguien mirando sorprendido, lo mismo que él, que yo, que el señor del abrigo negro que le regaló el mechero que ahora entra por la puerta de la habitación de la casa de enfrente situándose detrás, a escasos pasos del hombre que le está mirando.

Ginés siente tras de sí la presencia de alguien, su calmada respiración, el olor a perfume caro. No tiene prisa por saber de quién se trata pues ya lo sabe, hace mucho tiempo que lo sabe.

-Hola Ginés. He venido a buscarte.

-Ya lo sé señor. Tenga se le ha terminado el gas. Es un buen mechero sin duda

Y Ginés extiende su brazo con la intención de devolvérselo al caballero.

-No, mejor quedátelo tú, te servirá para seguir encontrando caminos. Ven, quiero mostrarte algo.

Los dos salen de la habitación y la puerta se cierra sola, impulsada por el deseo de una música de piano que ha comenzado a sonar en la planta de abajo.

En la casa de en frente Ginés y el señor de la Opera, continúan mirándose, reflejándose de ojos en un interminable libro de reflejos y casas de dos plantas con una sola ventana.

Una moneda de cinco céntimos ha caído sobre la acera, pero Ginés no la ha recogido, ya no le hace falta, el nunca tuvo hilos y ahora menos que nunca.

Carlos Muñoz

. Madrid, 4 de agosto de 1968. Madrileño de 4ª generación. Compagina su labor literaria, con la escultura y la pintura. Deportista y amante de la naturaleza, aprovecha cualquier excusa para huir de su Madrid  e ir a cualquier sitio “con un poco de verde”.

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