TERCERA DE LAS CARTAS A DON QUIJOTE

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Mi señor Don Alonso: largos años han transcurrido desde que os dirigí mis últimas letras dándoos cuenta de la invasión que estábamos sufriendo. La situación no ha mejorado, antes bien, se ha hecho insostenible.

Sin caballeros que, como vos, sean capaces de ver la maldad que ocultan tras su apariencia benéfica, que sean capaces de captar la falacia que sus hordas defensoras ocultan con palabras de bondad y de progreso, los ejércitos de gigantes se van apoderando de nuestros campos, de nuestros momentos, de nuestra vista que ya no es capaz de imaginar un paisaje sin que sus aviesos brazos, sus monstruosos ojos, que se iluminan con maldad en las noches, asomen a ellos.

Parecía que rendida Castilla a que sus anchuras fueran limitadas por la visión de tales huestes, que sometidas las montañas y valles de tantas tierras de belleza incomparable a la humillación de verse erizadas por sus siluetas, nada quedaba que pudieran mancillar tales engendros, pero estábamos equivocados. Estábamos lamentablemente equivocados.

Sí, mi señor Don Alonso, es tal el horror que lo descubierto me produce, tales los espantos que mi imaginación hilvana a partir de lo visto que, sumido en la desesperanza, os envío estas letras que no tiene otro alcance que mi lamento, ni otra esperanza que invocar a vuestro espíritu justiciero, sabiendo de antemano, que ni vos, ni vuestro fiel Sancho, estáis a estas alturas en disposición de hacer carga alguna contra estos malandrines.

Pero me extiendo, divago, me voy por los cerros de Úbeda, seguramente, a estas alturas, ya tomados por los ogros gigantes, sin explicaros la causa de mis cuitas.

Hallándome ayer en las costas de Galicia, en un bonito pueblo habitado desde los remotos tiempos de los bárbaros, que se encuentra junto a la desembocadura del caudaloso río Miño, y al extender mi vista hacia el brumoso horizonte que cierran aguas y cielo, esta se encontró atrapada, horrorizada, limitada, por la silueta inconfundible de tres polifemos de ojo rojo, brillante, que agitaban sus tres brazos al aire, amenazando la inmensidad casi infinita del océano.

¿Os imagináis, por ventura, a los barcos, que ahora no tenía mayor inconveniente que las tormentas, ni mayor obstáculo que el temido Mar de los Sargazos, inmovilizados, al pairo, porque estas criaturas del Averno le roben el aire imprescindible para sus velas, como ahora roban el espacio de las aves y los insectos?

No mi señor Don Quijote, tal vez no sea los gigantes el mayor mal que tenemos, tal vez, como bien apuntaría Sancho, no son más que molinos que afean y ofenden a la vista, que convierten tierras de labor en tierras de explotación, en eriales sin vida.

Los gigantes, sean ogros o molinos, mi señor, que a estas alturas hasta esa discusión me parece vana, no son más que las pruebas evidentes de la proliferación de los truhanes y malandrines que sentados en estancias suntuosas, manejan los hilos que les permiten decidir que familias pueden sustraerse de los rigores del clima, cocinar o moverse, en virtud de sus dineros, y fomentan la pobreza y las desigualdades amparados por gobernantes tan miserables como ellos.

Imagen: Sergio Cabanillas Sirelion

No voy a entrar a explicaros las complejidades de este mundo nuestro, que os resultaría tan extraño y lleno de fantasmas y ladrones que  no daríais hecho a galopar en Rocinante, en la persecución de entuertos que “desfacer”, ni de injusticias que remediar, ya que tal grado hemos alcanzado, que el mismo mundo parece un entuerto, que la justicia defiende la injusticia, y que sean Brocabruno, Aldán o Ferracutus quienes lo gobiernan.

Tampoco os enumeraré los ingenios de los que se valen para someter a los hombres libres y derrotar a los caballeros que ingenuamente pretendan hacerles frente, aunque ninguno de estos males se daría si no fueran los mismos hombres los que en su debilidad, en su incapacidad para desenmascararlos, les entregan su vida a cambio de unas promesas que casi nunca se ven cumplidas.

En fin, mi señor Don Alonso, que se os echa en falta, a vos y a unos cuantos caballeros que dotados de una visión menos educada, fueran capaces de identificar a los truhanes y malandrines y tras desigual batalla ponerlos a buen recaudo, a ellos, a los gigantes y a otros seres malignos y mágicos que colaboran con ellos.

Pondré, como veces anteriores, esta carta al albur de que el viento y el azar la hagan llegar a vuestras manos, y con la esperanza de que caiga en la manos que caiga, estas sean las de un caballero dispuesto a entrar en liza en defensa de una doncella que engloba a todas las doncellas, que en el mundo hayan habitado, la libertad.

Quedad con Dios y que Él nos proteja de todos nuestros males. En A Guarda a día veintidós del mes de agosto del año del de Señor de dos mil y veintiuno.

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