NUNCA HAY NADA TRAS LO QUE NO HA SIDO

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He posteado en peores plazas que en facebook o en Twitter. A fin de cuentas toda realidad virtual no deja de parecerme menos dañina que la vivísima realidad de cada día, donde toda prevención es poca. Con el paso del tiempo, aquellos que defenestré en la guillotina del bloqueo forman parte de la memoria execrable y siempre quedan los amigos virtuales de presente. He toreado en plazas más peligrosas que en las márgenes de la sociedad donde pocos se adentran, pues no es desde lo marginal sino desde el privilegiado centro de nuestra sociedad donde te llegan las cornadas más graves. He lidiado en plazas más dañinas que la soledad, pues en todas partes he visto caravanas de tristeza, gente melancólica que baja por el mundo más desorientada que cuando nos sentimos solos en derredor del desierto de la convivencia, lugar donde los gusanos cultivan los siete pecados capitales y luego los envuelven en papel de fantasía.

Hay un momento de la vida que te centrifuga del centro neurálgico donde se guisa la más elaborada de las hipocresías. No tengo exacta memoria de cuándo se produjo eso en mí, esa escapada del centro de la vida social, pero desde hace muchas décadas vengo sintiendo el rechazo que se produce hacia algunos de los comportamientos (míos también) que chocan frontalmente con las vestiduras falsas de la hipocresía. La falsedad se viste de seda y desde ahí domina el acontecer de la historia. Hubo un tiempo muy remoto desde luego en que nuestros ancestros perdieron la autenticidad, y con ellos y a partir de ellos, todos la perdimos. Es obvio que el lenguaje nació en nosotros para decir la verdad, pues en el principio fue el verbo y este no empezó por la mentira sino por su antecedente sincero. La naturaleza comienza siempre por lo prístino. Sin embargo, hay algo en nuestra imperfecta elaboración natural que rompe con los principios más elementales del universo. Tenemos en nuestra esencia algo que otros seres del reino animal no tienen. Me refiero a la capacidad de elaborar la mentira sin finalidad justificable alguna. Hay mentiras naturales que obedecen a una causa. El disfraz cromático del camaleón para cazar presas, por ejemplo. Nosotros, somos desleales a la verdad porque sí y por egoísmo. También algunos chimpancés. Pero eso sólo predica nuestra debilidad como especie más que nuestra fortaleza.

Las redes sociales han reflejado esta realidad a nivel exponencial, con la ventaja quizás de que en ellas las palabras no se las lleva el viento, y con el aditamento de que la falsedad no puede huir cuando se la toma de frente. No hay peor requiebro huidizo, frente a quien denuncia la execrable falsedad, que la protección de rebaño, es decir, la cobardía de la masa, esa pléyade de estorninos unidos en bandada cuando dejan solos a los valientes. Nunca nos arrepentimos. La posverdad no empezó en twitter. A lo largo de la historia, la mentira es el refugio que nos permite sobrevivir. En los niños hay una tendencia natural a negar la evidencia. Se trata de la mentira inocente, la única que merece perdón porque se rebela contra la tiranía del adulto, es una mentira frente a una impostura mayor y tiene cien años de perdón. La mentira del adulto, por su parte, es la huida del culpable hacia el horizonte que lo traga todo y todo lo esconde. Ahora, lo llaman posverdad pero empezó siendo la primera ofensa al lenguaje cuando algún abuelo sapiens del remoto pasado discriminó la palabra de lo que luego se hace, y optó por dejar el caramelo de la palabra mientras emprendía la acción que la contradice. Un arma arrojadiza contra el orden natural de las cosas.

Me gustan las palabras inocentes porque de ellas será el reino de los cielos. Amor, verdad, justicia, lealtad, pureza… y me gustan las palabras cuando callan y no dicen la mentira porque entonces el mal está como ausente y mi voz no le toca. “Confieso que he mentido” es algo que nunca diría Neruda, pues quien vive de veras nunca muere, que todo todito resucita cuando es puro. La posverdad es una puta mierda de diseño traída por los poderosos para sustentar los andamios donde depositan la miseria que les hace soportar la muerte. El poder sólo será débil mientras la muerte exista. Eso lo tengo claro. Pero si un día, dios no lo quiera, vencemos a la muerte –lo llaman la muerte de la muerte-, los poderosos harán del vivir un infierno. Ahora, te la puede traer al pairo si has mantenido un mínimo de dignidad y decencia. El hombre bueno y apasionado que ha vivido con intensidad tramita la muerte poniéndole un sello y echando huevos para adelante, esa es la victoria frente a los hijos de puta, que se mueren todos llorando llorandito acordándose de mamá. Quizás es lo único sincero que hacen. Pero el día que no haya muerte, ¡ay!, ¡ay de ese día, que no llegué por dios!, la vida será una condena frente al Poder y este incluso será más despótico e intolerante si cabe, porque la vida no será vivida, sino una agonía, un orgasmo largo y vivido sin terminación. La vida sin muerte sería una muerte en vida. Un pretexto para dominar para siempre, lleno de tiranos sin posibilidad de marcha atrás. He posteado en tantas plazas, que yo mismo me doy cuenta de que tal cosa no te convierte en algo especial. No hay verdad después de un hombre sin lealtad, no hay nada tras la nada, tras un matrimonio sin amor, tras una profesión sin vocación, tras una promesa sin cumplimiento, no hay nada tras el eslogan más que la apariencia. Nunca hay nada tras lo que no ha sido nada. Ni historia, ni presente, ni futuro.

 

 

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