¡LLAMA A LA ABUELA!

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Volviendo en coche con mi hija, me sorprendí a mí mismo cuando le dije: ¡llama a la abuela!

Mi abuela, ¿psicóloga? - La Mente es Maravillosa
Imagen: lamenteesmaravillosa.com

Esto es justo lo que me dice de vez en cuando mi  padre a mí, ya que por despiste o por otros motivos, no me suelo acordar de algunas cosas. Parece mentira, pero no la congratulo todo lo que se merece.

Mi abuela es una nonagenaria que se vale por sí misma para todo. Una persona detallista que se acuerda de todos sus nietos y bisnietos, y que disfruta leyendo vidas de santos. Cuando la llamo no solemos hablar mucho. No es de largas conversaciones como la otra abuela que ya no está con nosotros.

Suele ser algo así:
– Hola Abuela.
– Ahhhhhh Darío ¡Qué alegría! ¡Quién contaba contigo a estas horas!
– ¿Cómo estás?
– Bien, como siempre ¿y vosotros?
– Nosotros también estamos bien.
– ¿Y Ana y los niños, cómo están? Hace tiempo que no los veo.
– Sí, están en la cocina preparando la cena.
– Pues nosotros también vamos a cenar. Que también hace falta.
– Abuela, gracias por el dinero.
– Gracias a ti. No es gran cosa, pero es un cariño.
– ¿Hay alguna novedad?
– Pues no, nosotros aquí como siempre.
– Bueno abuela. Me alegra el hablar contigo.
– A mí también. Gracias por llamar.
– Adiós abuela.
– Adiós Darío.

No nos lleva ni un minuto. Cojo el móvil, busco el número y me digo a mí mismo: ¡ufff, no sé para que la llamo si siempre me dice lo mismo! Me cuesta, lo acabo dejando para otro momento… Justo por este motivo, me sorprendió tanto que le dijera a mi hija que llamara a mi madre, su abuela. Me sentí mayor, un poco cascarrabias, como si llevara pantalones de pana gruesa y boina.

La mujer se lleva una alegría al escucharnos y al saber que nos ha llegado aquello que nos mandó. Antes llenaba nuestro coche de fruta, verdura, chorizos y algún jamón. Ahora como está mayor no puede trabajar la huerta ni atender a los animales. Vive una vida tranquila y sencilla en casa de mi tía. Ahora, con los nietos cuarentones, ha tenido que volver a echar una mano con los bisnietos.

Estos días me he puesto a pensar en esas pequeñísimas conversaciones que normalmente tengo con ella: más largas, raramente suceden. Me he dado cuenta que el tiempo no pasa despacio, sino muy deprisa. Lo pienso mientras mi hija, que está a mi derecha, le está mandando un mensaje de texto a su abuela. Ahora esta forma de comunicación es más impersonal y lo puedes hacer a cualquier hora del día. Me dice, que no le contesta o que tarda horas en hacerlo, y me sale una carcajada. La abuela no está pendiente del móvil, le digo. No te preocupes por eso, ten paciencia que contestará.

Imagen: isliada.org

Si analizo nuestras conversaciones por teléfono vienen a mi mente algunas ideas. La primera, es que sigue con la idea de que el teléfono es caro y, por lo tanto, va al grano, no se para con asuntos sin importancia. Siempre muestra alegría y sorpresa, esto puede ser porque no la llamo lo que debería o simplemente se alegra cada vez que nos acordamos de ella. Se preocupa por lo más importante que tengo, la familia que hemos hecho mi esposa y yo. Te ayuda con lo poco que tiene, que lo va repartiendo según le llega. No lo acumula, ya para qué, le gusta ver cómo lo disfrutamos. Hace treinta años más o menos, nos juntábamos en las fiestas tantas personas a una mesa, que parece mentira que pudiéramos comer todos en su casa.

Vuelvo al coche conmi hija, y tengo la sensación de que al mismo tiempo que le decía: «llama a la abuela», me estaba desdoblando, como si el «yo» que hablaba con su hija fuera otro distinto que el «yo» que escucha a su propio padre. Las circunstancias parecen muy distintas pero no deja de ser exactamente lo mismo. Los abuelos quieren saber de sus nietos, les gusta tener contacto con ellos y les entristece el no poder intercambiar con ellos su día a día.

Imagen: amordebatmami.com

Ese desdoblamiento es como cuando la tierra se abre quedando el tronco justo en medio del abismo que se acaba de abrir. Bueno, quizá exagero un poco pero sí, lo acabé viendo desde el otro lado, del que reprocha, del que insiste en que otro haga lo que él considera que debe de hacer. ¡Curioso cómo se ven las cosas desde la otra cara de la moneda!

La vida no deja de ser un constante darse cuenta de aquello que nos pasa, de lo que nos hace sentir, reír y llorar. La vida no deja de ser ese viaje en coche que nos lleva desde que nacemos hasta que nos morimos. Ese fluir por el tiempo. Por desgracia mi abuela lo está terminando mientras que mi hija apenas lo ha empezado.

Me siento afortunado, ahora me siento más afortunado que cuando comencé a escribir este artículo, porque me he dado cuenta de que aún me queda uno de los cuatros abuelos. Podré seguir disfrutando de algunas llamadas más y de compartir algunas comidas con ella. Y así hasta que mis padres sean la última generación, después lo sea yo y por último, cuando yo sea abuelo o quizá bisabuelo, llegaré al garaje, aparcaré el coche, giraré la llave para apagar el motor y todo se habrá acabado.

Para más información:

Las abuelas son psicólogas

El Viaje Definitivo – Juan Ramón Jiménez

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El Blog de Darío Capas

 

 

 

 

 

 

 

 

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