CARTAS SIN FRANQUEO (CLII)- EL TALANTE

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Paseaba ayer por Sevilla, por primera vez en mi vida solo, callejeando sin rumbo, únicamente guiando mis pasos el aire que soplaba en cada bocacalle, y orientaba la vela de mis decisiones al albur de su fuerza, admirando una ciudad que se gusta a sí misma, y sin duda gusta a los que la visitan, pero en un además innecesario, complaciente, admirando edificios, olisqueando bares, mezclándome entre gente diversa, entre gente de mil orígenes, cuyo destino coincidió conmigo ayer a la mañana para compartir el placer del paseo, y entre sevillanos, como no, que son parte de ese paisaje humano que se pertenece mutuamente con la ciudad.

Paseaba ayer por Sevilla, decía, cuando mis pasos acertaron a encaminarme a la plaza del ayuntamiento, donde militantes de la CGT, sembradas las pancartas en el suelo, y mesas de firmas en ristre, buscaban esas firmas para una sanidad pública sin listas de espera (yo, creo que casi cualquiera, firmaríamos esa petición, y muchas otras, si la forma de resolverlo fuera tan universal como el planteamiento). Una muchacha armada de bata blanca, y caja de Strepsils en la mano, increpaba, con mesura y talento, con gracia y desparpajo, a los viandantes con una letanía sobre las listas de espera, sobre la necesidad de acabar con ellas, sobre la universalidad de la inconveniencia: “y es por vosotros, que no es por nosotros, que el problema es de todos”, decía a todos, y a nadie, los que pasaban a su lado en un tono de voz mesurado, pero perfectamente audible.

Paseaba ayer por Sevilla, ratifico, por la plaza del ayuntamiento de Sevilla, reitero, oyendo, aunque no escuchando, a la niña de los strepsils en la mano, cuando acertó a pasar por allí una pareja, ella alta, con porte, elegante dentro de un estilo perfectamente deportivo, pelo largo, moreno, entrecano, milimétricamente colocado como por casualidad, y, al pasar a unos metros de la niña se separó de su pareja y se dirigió hacia ella, solo unos pasos, sin romper la distancia, y con un tono de voz semejante le dijo: “chiquilla, empieza por ti, tomate una de esas, que te queda mucho por hablar como quieras convencer a alguien”. Su tono de voz no subió del que empleaba la niña militante, su entonación fue de divertida preocupación, no se paró a ver, aparentemente, si alguien más escuchaba, no abandonó su paseo para decirlo, pero su discurso no fue menos elocuente por eso.

La niña la miró, respondió con una sonrisa de oreja a oreja, y un “gracias, pero aún no me toca”, se miraron ambas por un instante, se sonrieron durante dos instantes, y, como diría Cervantes, fuéronse, y no hubo nada.

Pues sí, sí, como bien decía al principio, paseaba yo ayer por Sevilla, en una mañana deliciosa, de clima, de luz, de ambiente, y me encontré por casualidad con el talante, con la inteligencia de debatir sin discutir, de exponer las ideas propias, confrontarlas con las ajenas, con inteligencia, con mesura, sin necesidad de imponérselas al adversario, sin la zafia necesidad de convertir al oponente en enemigo, con la tolerancia que todos deberíamos buscar, incluso aquellos que manifiestan buscarla como objetivo deseable, en nosotros mismos, y no primero en los demás.

Me produce una pena infinita esa frase que oigo pronunciar cada vez con más frecuencia, y que demuestra, palmariamente, lo lejos que estamos de la sociedad que, teóricamente, decimos anhelar, pero que desmentimos, desmontamos, imposibilitamos, con frases como esta: “yo soy tolerante con todos, menos con los intolerantes”, y se quedan tan anchos. Bueno, no sé como de intolerantes serán los aludidos en esta frase, pero si sé que quién la pronuncia, es un intolerante cargado de autojustificación.

A ver, probemos a respetar la frase, pero cambiando los sujetos

  1. Yo soy tolerante con todos los habitantes de este país, menos con los inmigrantes, que nos quitan el trabajo.
  2. Yo creo en la igualdad de todos los hombres, menos los negros, que son de otra raza.

No, con este planteamiento nadie, bueno, muy pocos, desgraciadamente siempre queda alguno, me compraría las frases en cuestión. ¿Por qué? Que cada uno encuentre su respuesta.

La tolerancia, la libertad, la igualdad, son valores absolutos, son valores que quedan aniquilados con un solo pero, con una sola excepción. No hay libertad si hay un solo hombre que no se considera libre. No hay igualdad si un solo hombre se siente diferente, superior, inferior, da lo mismo.

No, no hay tolerancia si un solo hombre queda excluido de ella, porque es el que declara esa exclusión el verdadero intolerante, la piedra en el camino, la arista mal trabajada, la preponderancia de la frase sobre el fondo, y de la pulsión sobre los valores.

Yo, hoy, me quedo con Sevilla, me quedo con esas dos mujeres que me proporcionaron un instante de divertimento, y una paz interior que se ha transformado en una sonrisa de complicidad que aún tengo asomada al alma.

Así que he tomado la firme decisión de pasear más por las sevillas de todo el mundo, y dejar de escuchar las mediocres berreas que protagonizan los que se llaman, a saber por qué, nuestros representantes.

Talante y tolerancia, tanto monta, monta tanto, son los ingredientes que nos faltan, que olvidamos. Talante y tolerancia, sin límites, casi con rabia.

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1 COMENTARIO

  1. Gran artículo.

    Mi tolerancia es como mi libertad; algo particular: procuro no molestar y que no me molesten.

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