ENERGÚMENOS AL VOLANTE

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Hace apenas  un par de meses, en un artículo publicado en este mismo medio mal titulado “el mundo y yo” pues debería haber sido “yo y el mundo”, por aquello de que el burro va el primero, en este caso por creernos el centro del universo, hacía referencia a una conducta muy habitual de esa manifestación de nuestro egocentrismo, como es nuestra conducta temeraria cuando nos ponemos al volante de nuestros vehículos que, sin embargo, en vez de hacernos reflexionar, nos llevan a vociferar contra todo aquel que, según nuestro criterio, poniéndose el  mundo por montera y bajo sus pies, al igual que  solemos hacer o hemos hecho  nosotros, momentos antes, lo que al final se traduce en conductas  temerarias que atentan contra nuestra  integridad física y la de los demás.

En aquel artículo, me comprometí a reflexionar más profundamente sobre tales actuaciones, intentando averiguar dónde puede estar el origen o la causa de tanto derroche de mala leche al volante, lo cual me lleva a tratar de forma diferente aunque puedan existir ciertas semejanzas al hombre que a la mujer.

Nadie puede negar como el hombre tiene cierta tendencia a convertirse en el líder o en el macho alfa de la manada, permitidme la expresión, intentando demostrar quién la tiene más larga y, es que no le faltaba razón a Freud en su  teoría acerca de que  la sexualidad es la fuerza impulsora para el desarrollo de la personalidad así como la causa primordial de las afecciones neuróticas, de las perturbaciones del carácter y de las inhibiciones funcionales debido a la lucha defensiva que el individuo también emprende en contra de ellas. Y digo yo, qué más da el tamaño de nuestro pene cuando lo que está en juego es nuestra propia vida, y peor aún, la de los que comparten con nosotros la calzada o carretera.

Por evidencia, en las mujeres, aunque también podríamos hablar del tamaño de sus genitales, sin embargo esta no es la causa motora, poniendo en cuestión más una necesidad de empoderamiento con la que pretende romper con la sumisión machista en la que sucumbían a los más despóticos caprichos de su señor, por tradición y educación y, quizá también, por la necesidad de confrontación con otras féminas para lograr ser el centro de atención,  mostrando actitudes  y aptitudes para conseguir no sólo la atención del macho alfa, sino también del entorno en el que se mueve, prevaleciendo más,  a diferencia del automatismo del hombre, su astucia o modo de obrar caviloso del que busca una utilidad en lo que hace y  que pretende logar  mañosamente con su actuación, evitando ser nulificafa.

En cualquier caso, tanto en un sexo como en el otro hay ciertos elementos comunes de los que conviene resaltar el narcisismo patológico y la estupidez humana que impiden poner en un orden de prelación  los bienes, como es el bien más preciado, la vida; además de principios y valores que deben ser protegidos y  nutrir nuestra personalidad para que nuestro desarrollo personal y social sea el adecuado, evitando el caos, como es el respeto a la integridad física y moral del individuo, confluyendo con el respeto a los de nuestros semejantes.

Así que, pensemos un poquito sobre qué necesidad tenemos de pisar el acelerador más de lo debido y peor aún, dar lecciones a nadie, cuando nosotros mismos no las hemos aprendido, o lo que es peor, no queremos aprender corrigiendo nuestros errores, defectos y actuaciones, y que lo único que evidencian es nuestra involución como individuos y como seres sociales, llevándonos a una posición peor que ocupaban los neardentales, porque al menos en  estos prevalecía la lucha por la supervivencia.

Es difícil ante ciertos energúmenos controlar nuestro ímpetu, pero no nos queda otra que armarnos de paciencia si no queremos  ver peligrar nuestra existencia, evitando conductas que atengan contra la seguridad vial,  o un infarto de miocardio consecuencia de nuestra exaltación emocional,  sino también para evitar agriar nuestro  carácter, o es que vamos a permitir que el que es idiota condicione nuestro propio bienestar.

Así que ante conductas imprudentes al volante fortalezcamos nuestro carácter actuando con más prudencia, si cabe, incluso más que la debida, haciendo de la cortesía al volante un ejemplo de civismo, contribuyendo en definitiva a hacer un mundo mejor en el que habitar  y ser feliz, y si el problema estriba en que te consideras una o un experto en la conducción demuéstralo con la compasión positiva hacia quien no tiene las mismas aptitudes o reflejos que tú, porque de lo contrario no mostraras nada más que tu verdadera cara de energúmeno, violento y macarra.

1 COMENTARIO

  1. Has dado en la diana; los antropólogos, psiquiatras y psicólogos te darían la razón:

    – El “Macho Alfa” , en los hombres.
    – El “empoderamiento” , en las mujeres (quizás reminiscencias también de amazona).
    Pueden convertirnos en energúmenos al volante.

    Un excelente artículo para la reflexión.

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