EL SÍMBOLO Y LOS MITOS (II)

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“El hombre está programado para ser católico, protestante, italiano, británico, y así sucesivamente. Durante siglos ha sido programado: para creer, para tener fe, para seguir ciertos rituales, ciertos dogmas; programado para ser nacionalista e ir a la guerra.”
JIDDU KRISHNAMURTI

Primera parte aquí

Son muchos los símbolos que dentro del cristianismo nos transmiten el mensaje que el hijo de Dios hecho hombre dejó a la humanidad y que, sin lugar a dudas, han inspirado a muchas personas a ser mejores, creando o infundiendo valores de los que tan necesitados estamos en el mundo actual, donde la decadencia de lo humano es cada vez es más profunda. Símbolos como la cruz que representa a la vez la muerte de Jesucristo y su resurrección, que unida al pan y al vino como su cuerpo y sangre, nos lleva a la redención de los pecados de los hombres y la esperanza en una vida eterna; el pez, otorgando a los ministros de la iglesia desde los primeros discípulos de Cristo la condición de  «pescadores de hombres» (San Marcos 1: 16-18) o la estrella de Belén  como representación del nacimiento y la encarnación de Jesús y sumisión de los poderosos representados en los Magos que fueron guiados por ella hasta pesebre para adorar al Niño Dios.

Símbología que forma parte de un ritual que recuerda a los cristianos los elementos precisos para seguir los ideales de la Fe cristiana y que provien aproximadamente entre los siglos II y III d.C., como forma de identificarse los seguidores del Mesías entre sí en su clandestinidad tras la persecución de Diocleciano.

No obstante, tales símbolos nacidos de los Textos Sagrados, nos lleva a algunos a cuestionarnos dicha Fe, sin ánimo, en todo caso, de atentar contra las creencias de nadie, sino todo lo contrario, respetando a todo aquel que sigue el camino de una doctrina que predica como principal mandamiento “amar a Dios y al prójimo como ti mismo”, siempre que ese Dios y la fé en Él no sirva para dividir a la humanidad o constituya un método para vender el perdón de nuestros fallos humanos, como de hecho ha sucedido a lo largo de la historia de las religiones monoteístas con importantes rendimientos económicos, o de confrontación, no de unas contra otras, sino también en su propio seno con el fin de imponer determinados dogmas.

Cuestionamiento que, en el caso de la Fe Cristiana por ser la que más conozco y en la que he procurado formarme a lo largo de mi vida, al principio según las directrices marcadas por los autodenominados ministros de Dios, y después de acuerdo con mi propio criterio, investigando con libertad, me ha llevado a la dudosa credibilidad de los libros sagrados, aunque no de sus mensajes como un camino iniciático hacia la perfección del ser humano y, en consecuencia, de la humanidad.

Tal es el caso de los  textos incluidos en el Nuevo Testamento como nuevo pacto entre Dios y los hombres tras la muerte de su Hijo hecho hombre para redimir nuestros pecados, en tanto que las personas que los escribieron fueron jueces y partes, además de ser escritos por escribanos y no por los propios evangelistas,  mucho tiempo después en los que sucedieron los hechos que relatan, si tenemos en cuenta que la mayoría de la población era analfabeta, basándose en narraciones transmitidas de forma oral por los seguidores de cada uno de los evangelistas, motivo por el cual no puede otorgárseles un valor autobiográfico, sino con el objeto de ser discutidos en el seno de las comunidades cristianas del momento, con manipulaciones y extrapolaciones con el fin de ser  aceptados dentro del Concilio de Nicea reunido en el año 393 donde se decidió el canon o lista oficial de los libros que se integrarían en  la Biblia en continuación al Antiguo Testamento), según la lista que había sido propuesta en el Sínodo de Laodicea (363) y por el Papa Dámaso I en el año 382¸ dejando fuera los evangelios apócrifos.

Evangelios apócrifos. Evangelio de Tomás

Curiosamente, fue un emperador romano, el pagano Constantino el Grande, quien introdujo la representación de la cruz, pero sin el cuerpo de Jesús, una vez se convirtió al cristianismo tras un sueño antes de la batalla contra Majencio en el que vio una cruz y oyó una voz que decía: «Con este signo vencerás», momento en el que, debido a que el  Imperio romano empezaba a debilitarse el emperador supo aprovechar la fuerza de la denominada entonces secta de los cristianos quienes se dejaban matar antes que adorar a los dioses paganos del imperio, ganándose de esta forma a sus integrantes cada vez mayores en número, pasando de ser perseguido el cristianismo a religión oficial, tras sacralizarse bajo su mandato el signo de la cruz después de ganar aquella batalla, aceptado previamente como símbolo cristiano por el citado  Concilio de Nicea.

TURKEY – CIRCA 325: The first Council of Nicee (325) under the pope Sylvestre Ist and the emperor Constantin. Rome, apostolic library of Vatican. (Photo by Roger Viollet Collection/Getty Images)

 

¿Son, por lo tanto, un producto mítico las narraciones que se hacen en la Biblia dentro del Nuevo Testamento como forma de cautivar a las almas tanto en los orígenes del cristianismo como en la actualidad?.

Considerando la mitología como el conjunto de mitos relativamente cohesionados o paralelamente adheridos, integrados por relatos,  discursos, narraciones o expresiones culturales de origen sagrado relativos a una época o a una serie de creencias de carácter imaginario, podríamos entender que la vida y obra de  Jesús de Nazaret narrada en el Nuevo Testamento no es más que un producto mítico, sobre todo a raíz que la ciencia se ha ido imponiendo en el mundo a partir de la Ilustración, permitiendo que ciertas creencias religiosas y supersticiones a las que han dado lugar, se hayan ido desechando en pro del método científico, permitiendo una análisis objetivo que redunda en una mejor comprensión de aquello que antes no se podía explicar, relegándolo al tono mitológico.

Así pues, el concepto de mito viene referido a aquellos hechos que no son posibles de ser verificados de manera objetiva. De este modo, se considera que se puede hablar de mitología judía, mitología cristiana o mitología islámica, para referirnos a los elementos míticos que existen en estas creencias, sobre todo en la parte relativa a los milagros; sin cuestionar la veracidad de los principios de la fe o de las versiones de su historia; pues la creencia de una religión como algo verdadero compete a la fe y creencias de cada persona, y no del estudio de los mitos.

De esta manera podría hablarse de Jesucristo como un mito inventado por los primeros aristócratas romanos, al  no haberse hallado ninguna fuente no secular de la época que hable de forma indubitada de su existencia, ni ningún registro público u oficial de su nacimiento o del juicio del que fue objeto ante Poncio Pilato previo a su crucifixión.

En todo caso, dependerá del autor al que queramos recurrir para fundamentar determinadas creencias o la fe que cada uno profesa, variando así la forma de entender las enseñanzas de quien ha sido sin duda alguna, la persona más influyente de la historia de la humanidad, por ser visto como una humanización de la Deidad, es decir, como la encarnación de Dios en la tierra, y por otros como revolucionario carismático que influyó en la sociedad de la época con valores que cuestionaban el poder religioso y civil de aquel momento.

Sea como fuere, resulta prudente separar la historia del mito con el rigor que merece el personaje, pues es evidente que los hechos que se narran en los Evangelios sobre Jesús tienen mucho de sobrenatural o de mágicos, y ahora que han pasado los siglos es muy fácil someterlos a crítica bajo la lupa científica del presente y, por ello, no tiene porqué influir negativamente en la creencia y experiencia que cada cual tiene en una determinada religión, de la misma manera que quienes no las practicamos se nos traten de imponer como dogmas de fe o tratados como herejes, ya que una de las cualidades de los Textos Sagrados, entre ellos la Biblia, integrada tanto por el Antiguo como por el Nuevo Testamento, es que puede ser interpretada de muchas formas sin por ello mermar el valor de lo que en ella se escribe o se cuenta, al igual que la fe de quien la lee, que merecen el mismo respeto que quienes niegan la Deidad en su condición de ateos, yo por lo menos no soy quien, ni me atrevo a juzgar a nadie, pues todos somos el resultado de un conglomerado de circunstancias que nos hacen leer y vivir el libro de la vida de forma diferente.

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