DILEMA DE UN VAGABUNDO RESUELTO POR MIS AMIGOS DEL SENEGAL

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Esta mañana de viernes barruntaba qué hacer este “finde” caminando hacia el despacho por la avenida del mar de Castellón, en cuyo tramo intermedio me he topado con un vagabundo en el que ya me había fijado días antes. No es un vagabundo habitual sino uno que cumple, perfilados, todos los requisitos típicos del desaliño o el mostrarse abstraído en su mundo tras una barba densa y desarbolada, detrás de la que cabe intuir el principio de una desaparición anunciada. Andaba en dirección contraria a la mía, pero lo justo para pasar delante de mí en el justo instante en el que se decía así mismo algo parecido a esto: “hay que ser alguien o no ser alguien”. Al recordarlo ahora más detenidamente, le encuentro algo atractivo que no sé definir, pues sin duda es todo un personaje. Días atrás ya me había fijado en él, pero, abstraído en mis propios pensamientos, no me había fijado de que se trata de un perfil filosófico. De pronto, hoy, he escuchado su voz irrumpir en la avenida y esa frase, que no ha escuchado nadie más, navega por mi mente, paseo con ella. Tras un solo instante en el que hemos coincidido, resulta que me ha dejado un mensaje. Hablando para sí mismo se me ha metido hasta el tuétano. Siempre me han atraído los vagabundos. A veces fantaseo con la posibilidad de llegar a convertirme en uno de ellos, no tanto porque nadie de la clase media metido en una deriva mundana tiene plenas garantías de no acabar en la calle, sino porque en el vagabundo recreado en mi interior, quizás no coincidente con el vagabundo mundano, intuyo una profundidad de la percepción de la existencia y una libertad absolutas. La montaña se ve desde la lejanía y la libertad está fuera de la convivencia. Hoy, el vagabundo de cabellos largos y claros, ojos azules y barba poblada, completamente ausente del mundo, me ha dejado una frase que no puedo obviar. Hay que ser alguien o no ser alguien, y quizás entonces te conviertes en un vagabundo, alguien al que nadie importa. Nos preocupamos de mucha gente, algunos muy alejados incluso de nuestra nación, pero si no eres alguien nadie se fija en ti. Si eres un pobre hambriento de centro África, muchos médicos sin fronteras y recursos económicos en abundancia saldrán de la nada para llegar a personas que para nosotros son alguien porque de pronto nos importan. Creo que eres alguien cuando importas a los demás. Es obvio que, para mi vagabundo, el ser o no ser shakesperiano reside en el dilema de ser alguien o no serlo. De pronto, un Hamlet moderno ha aparecido frente a mí sin los ropajes del príncipe de Dinamarca –creo que llevaba un pantalón marrón claro y una camisa de cuadros­­­– y me ha espetado esa frase ya conocida por el lector. He seguido andando, pero no he dejado de pensar en él. Quizás mi vagabundo haya sido alguien en el pasado para de pronto eclipsarse entre la masa y dejar de importar, no ser visto. Este es el drama: hay un momento en el que, aunque existamos, dejamos no de ser, sino de importar, y en esa tragedia un vagabundo puede esconder la historia de alguien cuyo relato se ha tragado un agujero negro o alguien que ha dejado de ser amado por la persona que más le importaba.

Horas más tarde, he comido con Cinta Millán en la plaza de Tetuán, y me he reído mucho. Me hacía falta, y ella siempre consigue que me ría. Cuando uno anda por la vida siempre lleva algo más importante que silencia, un pálpito de lo que le importa o le afecta, pero somos alguien para otros o no lo somos, lo hemos sido o dejamos de serlo de pronto, ese es el dilema. Para ser un vagabundo no hace falta parecerlo. A veces, lo podemos ser estando vestidos de Dior. Yo llevaba pantalón de lino y camisa rosa, mal planchada, lucía gafas Ray Ban que mi hija Blanca ya ha amenazado quitarme, y portaba en mis muñecas algunas de las pulseras que mis ángeles de Senegal a veces me regalan y otras les compro yo a ellos. Cuando eres amigo de un senegalés te coge la mano y se la pone en su frente, y he decir que me honra extraordinariamente que lo hagan conmigo. Hace muchos años comencé a defenderlos en el turno de oficio penal frente a acusaciones de compañías internacionales de moda que suelen pedir cárcel e indemnizaciones por pillarles vendiendo ropa falsa que huele a la legua que lo es y cuya venta, por lo demás, hemos naturalizado nosotros mismos para luego tener el cinismo de fomentar una denuncia insostenible éticamente. Esta gente es pura y es buena. Tienen un corazón enorme y una mirada negra y brillante llena de alma y simpatía, de hospitalidad e inocencia. Todo en ellos es puro, hasta lo malo, que también anida en ellos, y esa es la manera más hermosa de presentarse ante el mundo. Pensamos que nos piden cosas, pero son nuestros maestros, una creación inatacable de quien sea, bien de la divinidad o de la naturaleza. Me da igual. La perversión radica en nosotros, que hemos perdido la pureza y hemos emponzoñado el cristal puro que un día, muy atrás en el tiempo, recibimos y no hemos sabido mantener.

Amo a mis amigos senegaleses. Bamba hoy no estaba, pero recuerdo que le vimos la otra semana y que me regaló una pulsera crema. Fue mi primer amigo aquí cuando, perplejo por su musculatura fuerte, rápido en recoger las tumbonas de la playa del Voramar, me hice su amigo para serlo desde entonces. Por eso me lleva la mano a su frente en señal de esa amistad surgida entre los dos. Los demás, Tala y Salim han llegado porque soy sensible a ellos y porque forman parte de un grupo humano que me importa. A veces, los veo caminar solos sin los trastos, entonces andan como ciudadanos normales, con sus gorritos y su andar musculado y ágil y sus conversaciones de niños grandes, contemplo sus figuras sumergiéndose en la penumbra del atardecer y entonces puedo pronunciar su nombre porque lo tienen y porque son alguien para mí. Hoy mi mano ha tocado la frente de Tala, le he visto el brillo de sus ojos y me he sumergido en él, me he bebido de un trago su alegría, su humilde generosidad, la grandeza de no mostrar la más mínima vehemencia ante una contrariedad. Son grandes, inmensos en su majestad, son mucho más que alguien, de modo que el dilema del vagabundo se ha resuelto en mi mente después de todo un día manteniéndolo en la cabeza. Hete aquí, que hay que ser alguien, y hete aquí que no se trata de ser alguien importante, ni de tener una riqueza determinada o una posición social. Alguien solo lo es la persona que, cuando las miras, te hace sentirte grande a ti, no aquellos que solo te miran para soslayarte.

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