LA HONESTIDAD. ÁNGELES Y DEMONIOS.

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Creo que nadie puede negar que a diario se nos pasa por la cabeza la posibilidad de pagar con la misma moneda a quienes de una manera u otra nos hacen la vida imposible poniendo en práctica la conocida  ley del talión del Antiguo Testamento del  “ojo por ojo y diente por diente” basada en el principio de  justifica retributiva personal en proporción al crimen cometido, o lo mismo, según nuestro refranero:  “quien a hierro mata a hierro muere”.  

Estamos sumidos en una vorágine de despropósitos sociales, como son los abusos de poder, los engaños, la manipulación informativa, las estafas, la violencia física y verbal, la falta de educación, entre otras muchos,  que hacen que vivamos sumergidos en una gran frustración por la falta de una justicia social equitativa que nos resarza; lo que nos lleva, finalmente, a tomarnos la justicia de nuestra mano, elevando a los más indulgentes a una superioridad moral aunque antinatural, por aquello que nunca he estado dispuesto a practicar de que, si nos dan un tortazo debemos poner la otra mejilla, ni siquiera con el fin de evitar la confrontación, mediente un continuo perdón de las ofensas sufridas, porque, a pesar de la promesa de ser compensados en la otra vida, según la doctrina cristiana, prefiero recibir el premio en la presente, por mi propia salud mental y consiguiente felicidad; pero además, porque la  superioridad moral basada en el perdón, tiene fecha de caducidad marcada por nuestra paciencia o capacidad de resignación y sufrimiento, en algunos intentado emular a ciertos mártires elevados a los altares. Nada menos natural o acorde con la naturaleza humana.

El daño inferido a otra persona exige reparación, no siendo suficiente con el perdón de quien lo padece, no sólo por el desequilibrio emocional que, finalmente , le provoca, sino porque además, no generaría un auténtico arrepentimiento y propósito de la enmienda en la otra parte, traduciéndose finalmente en un daño social debido a nuestra proyección hacia el mundo exterior. Reparación que debe encauzarse a través de la justifica social, con independencia de nuestra indulgencia que, si no se apoya en nuestra capacidad de compasión, nos llevará necesariamente al citado desequilibrio emocional.

La compasión exige tomar consciencia, no de nuestro sufrimiento, que también, sino del sufrimiento de quién no actúa honestamente, ello sin perjuicio de la actuación de la justicia, o del perdón, por qué no, si existe una actitud de reparación personal por quien lo ha producido.

Es por ello que la honestidad es el principal impulsor del bienestar social, entendida como un conjunto atributos personales, tales como la decencia, el pudor, la dignidad, la sinceridad, la justicia, la rectitud y la honradez en la forma de ser y de actuar; esto es, no podemos exigir una actuación correcta por parte de los demás, sino nosotros mismos no actuamos correctamente.

En definitiva, somos muy dados a dar lecciones, cuando carecemos de una actitud personal y social correcta, moviéndonos en los extremos de la indulgencia y la condena respecto a la conducta de los otros, dependiendo de donde venga el viento, de nuestro ego y, de los interés en juego.  Como siempre, la esquizofrenia de nuestra existencia que nos lleva irremediablemente a la insatisfacción existencial, porque no somos ángeles ni demonios, o quizá sí.

La firmeza en la condena o el perdón frente a la actitud deshonesta de los demás debe llevar a cuestionarnos en un primer momento nuestra propia honestidad, porque quizá nos tengamos que perdonar primero a nosotros mismos sino queremos caer en una presuntuosa o falsa superioridad moral, cuando en realidad somos igual o parecidos a quienes nos agravian.

 

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