CARTAS SIN FRANQUEO (XXXVIII)- EL ARTE CALLEJERO

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Me hablabas en tu carta del arte, y hacías hincapié en el arte callejero y la injusticia de perseguir a aquellos que intentan compartir con la sociedad su talento, en paredes, cierres, trenes y cualquier superficie accesible para ellos. De hecho compartías una imagen de Charlot con una brocha en la mano con la que había escrito en una pared “El arte no es un crimen”, mientras un policía lo miraba con aire circunspecto. Como ya te dije previamente, partes de premisas que habría que revisar, el arte, el talento y el derecho.

Porque lo primero que tendríamos que definir es que es arte, y esta cuestión sí que es peliaguda; el concepto de arte depende un tanto del espectador, o, al menos, ha dependido, hasta los tiempos en los que el arte ha pasado a ser manipulado por los críticos oficiales que sancionan, y se lucran por ello, lo que tiene que ser considerado como tal y lo que no merece ese nombre, y con los que, he de reconocerlo, tengo poca empatía y por los que siento nulo aprecio. Hablo de su visión, no de sus personas.

Para mí, e intentando que la definición no se olvide de ninguna de las disciplinas, el arte es la capacidad de plasmar una visión peculiar, única y diferente, de una realidad común. Es una definición corta, de andar por casa, pero es que cuanto más amplio es lo definido, más corta debe de ser la definición, así admite sin problema todos los matices que se vengan a incorporar. En este caso concreto: matices estéticos, matices históricos, matices técnicos, matices comerciales o matices intelectuales.

Al final, si nos ponemos tiquismiquis, el arte no pasa de ser aquello que provoca una comunión, que no identidad, de emociones entre el artista y el espectador, siempre y cuando ambos no sean el mismo, cosa que sucede habitualmente, ya que a veces el primer espectador, y en muchas, en le mayoría de las ocasiones, único, de una obra de arte es el artista mismo. Claro, queda por evaluar el sentido crítico que todo pretendido artista tiene con su propia obra, y en este sentido, si el artista se considera a sí mismo como tal, mal empezamos. Te cuento una anécdota para ilustrar mi cuestionamiento. Había, allá por los años treinta-cuarenta del siglo pasado, en Orense, un personaje al que todos conocían por «El Clásico». Este personaje acudía a todos los foros y tertulias literarias que en la ciudad tenían lugar. Su nombre, mote, le venía de su propia valoración de sus escritos: «Leo a los clásicos y me placen, y luego leo lo que yo escribo y me place en la misma medida, eso debe querer decir que escribo como los clásicos».

Algún clásico, que se apuntaría a tu definición, conozco yo en estos tiempos que corren. El arte es algo selectivo, la reivindicación del estatus de artista es casi universal. El problema es la frontera, la frontera que separa la habilidad artesana de la genialidad artística. Frontera de la que algunos abusan, que otros ignoran y muy pocos logran traspasar.

Así que el problema no es lo que consideramos arte cada uno, porque entonces todo sería arte a los ojos del artista y de su entorno más propicio, el problema es que el arte, ese que tu invocabas en tu planteamiento, ese que pretende y logra trascender un círculo íntimo de personas y tiempo, ese que pretenden invocar para sí tantos y que casi ninguno alcanza, está muy caro, en logros, y al alcance de unos pocos, muy pocos, privilegiados capaces de emocionar a sus semejantes, y que esa emoción trascienda a su propio tiempo. Y fíjate que hablo de emociones, no de gustos, porque tan legítima, a nivel de arte, es la emoción placentera, como el desgarro que se puede sentir ante una obra.

Claro que, y vuelvo a tu planteamiento inicial sobre el arte callejero, no acabo de identificar mi cabreo con el feísmo provocado por cientos de pintadas insulsas, con una emoción que lo justifique como arte. No acabo de ver la compatibilidad de la indignación de los que se encuentran lo suyo decorado a pesar de su voluntad y de su dinero, el que les cuesta limpiarlo, con las emociones homologables de un espectador del arte. No veo, ya que hablamos de dinero, la emoción artística que pueda provocar, salvo la de cabreo sordo y resignado, en un ciudadano la partida presupuestaria destinada a privar, a reparar, del arte callejero a esos mismos ciudadanos. No veo, y creo que salvo miradas interesadas desde un punto de vista ideológico o filosófico, nadie ve, que ese aspecto de miseria incontenida, de ruina física, de degradación del paisaje, que provocan los lugares, los objetos, que acumulan obras “artísticas” que no promueven otra emoción que resignación, o hastío, en el espectador involuntario que intenta ignorarlas, sea compatible con una valoración desinteresada de arte.

A lo peor, y no lo descarto, es una incapacidad patológica de mi persona para emocionarse con un guirigay de frases sin ingenio, trazos sin motivo o imitaciones tristes, fraudulentas, incapacitantes, de algún artista real que se ha dado en ese entorno. El hastío de contemplar, porque zonas hay en las que contemplarlo es inevitable, salvo ceguera o habilidad para caminar con los ojos cerrados, hasta el aburrimiento, ad nauseam, la repetición de formas y colores que no consiguen la consideración de creación, el beneficio de la emoción, ni otra satisfacción que vaciar compulsivamente botes de pintura sobre, contra, las voluntades ajenas.

Artistas espurios hay muchos, desde los del hambre, que invocaba Kafka, hasta aquellos que viven de privar al prójimo de lo que tiene, en su beneficio, pasando por toda suerte de espabilados del latrocinio, corruptos incluidos, pero esos, seguramente, y salvo en la intimidad, son los únicos en el global de la humanidad que no reivindican su condición de artistas. Aunque algunos merezcan tal honor.

No, por mucho que la industria del arte oficial sea un ámbito castrante de la creación, que ha sustituido la emoción por el dinero, que mide la calidad del arte por la cifra que pueda pagarse por una obra, condicionada y alimentada por esa misma industria, eso no justifica el feísmo del, tan pretendido como el oficial, arte callejero.

El talento para pasar de ser artesano a artista, de ser una persona hábil en su capacidad creativa, a ser única, es innato, pero, y es importante tenerlo en cuenta, ni todo el que adquiere una técnica depurada, ni el que no se preocupa de adquirirla, llegará a la consideración de artista, a la valoración de excepcionalidad en el desarrollo de su creación.

Y todo lo anterior sin tocar el tema del derecho. Considerar que alguien puede ejecutar sus acciones sobre cualquier lugar que elija, en ejercicio de un derecho a la libertad individual de expresión, es tan cuestionable como que para ejercer tal derecho está privando a otros de su derecho individual a la propiedad, o a la libertad de rechazar que sea invadida su intimidad. El problema es que todo derecho, dice el sentido demócrata de convivencia, individual limita con, y debe de adecuarse a, los derechos ajenos. Por ponerlo más fácil, “no es no”, no debe de ser, de hecho no es, solo una reivindicación sexual, debe de ser la reivindicación general de los derechos individuales de todos, y el ideario del arte callejero no reconoce esta premisa.

Así que, efectivamente, tu imagen tiene razón, el arte no es un crimen, pero si lo es invocar el calificativo de arte para lo que no lo es como excusa para enmascarar una lamentable falta de talento, y para reivindicar en su nombre la conculcación de todos los derechos ajenos. Porque a mí eso, que es el 99,99% de lo que veo en las calles, en los vagones, autobuses, cierres de comercios y otros lugares y objetos varios, no me parece arte, no me parece que esté ejecutado con talento, y agrede mi derecho a pasear por una zona limpia y libre de feísmos impuestos. En realidad, y para ser claro, me parecen un híbrido entre una tomadura de pelo y una gamberrada, pero no arte.

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