PROBLEMAS QUE EN EL AULA EXPERIMENTA EL PROFESORADO DE LA ENSEÑANZA OBLIGATORIA

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«Quizá ocurra que los propios agentes del sistema escolar

tengan que empezar por recluirse en sí mismos: parar

sus propios relojes y encerrarse dentro de un mundo de

reales renuncias y de irreales sueños. Reprimir/liberar,

dentro/fuera, ascetismo/hedonismo,

docencia/investigación, teoría/práctica,

estudiar/trabajar: los docentes siempre parecen

situados en medio de tensión. ¿No constituye su trabajo

una de las más claras materializaciones de un universo

desdoblado y partido en dos?»

Carlos Lerena

Problemas que en el aula experimenta el profesorado (o la indiferencia generalizada del alumnado frente a la enseñanza – los mensajes que transmite – el profesor -especialmente en los niveles de enseñanza obligatoria-) Una lectura de la obra «El oficio de maestro» en Educación y Sociología en España, Carlos Lerena (ed.) Madrid, Akal, 1987. Pág. 465.

 

PREFACIO

Tal parece que a los sociólogos nos haya caído la «triste» suerte de ser la conciencia crítica (los Pepito Grillo, dije en otra ocasión) del entramado social, y en algunas subespecialidades de la disciplina más acremente que en otras Este es el caso de la Sociología de la Educación, que en el curso del continuum académico, el registro de los últimos años de su producción analítica y discursiva ha tenido un papel sumamente crítico frente a los discursos oficiales, generalmente autocomplacientes, reformistas…, y frente a disciplinas académicas como la Psicología o la Pedagogía, que se exhiben funcionales al sistema escolar, en tanto en cuanto se constituyen en legitimadoras de este sistema escolar sin cuestionarlo en sus fundamentos, a lo sumo se manifiestan con planteamientos de reforma sobre los modelos pasados y presentes. Mientras que éstas proponen modelos analíticos de «agiornamiento» ante los retos del presente y del devenir, la Sociología deconstruye esos modelos, decapando todo el cientismo (ideología) de estas disciplinas (empirismo, esencialismo, idealismo y psicologismo) sobre las cuales descansan sus argumentos teóricos.

Si Lerena, amén de un grupo de sociólogos de corte básicamente estructuralista, entre los que no tenemos más remedio que citar a Bourdieu, Passeron, Giroux, Bowles, Gintis, Bernstein, Willis… han introducido el caballo de Troya en la fortaleza teórica que domina el discurso educativo, el problema estriba en qué hacer a partir de ahí. La sociología, que ha contribuido a levantar la hojarasca -dije antes- y descubrir en clave estructural la reproducción de la estructura de clases, subyacente, y por otra parte, oculta por estos discursos, no tiene como tarea la construcción del Ulises que lleve a cabo el desmantelamiento de la ciudadela. Tampoco es su propósito. De ahí que la Sociología de la Educación parezca haber llegado al punto cero, lo que permite en general observar cómo el desarrollo de esta disciplina la ha convertido en lo que decíamos al principio: en una ciencia cargada de tristeza, pesimista, a contracorriente del optimismo, de las teorías y prácticas «positivas» de otras instituciones académicas que alcanzan un grado de consenso legitimador/legitimado por los discursos oficiales. La escuela, quizás sea mejor decir el sistema escolar, aparece como legitimador del orden y constructor de ese orden: Es el sistema escolar el que iguala a los iguales y desiguala a los desiguales, al tiempo que se autoproduce a sí misma, se autolegitima y procura legitimidad al orden establecido, es por tanto consustancial y funcional a la estructura de clases que impone el orden burgués [1]

APROXIMACIÓN A LA FIGURA DEL PROFESOR

Cuando en este breve ensayo se trata de abordar el papel del profesor en el aula y los problemas que éste experimenta en el desarrollo de su práctica docente, tengo la impresión de que, en general, por lo que en mi experiencia percibo – sin que esta sea la carga de la prueba- el personal docente no es consciente del nivel del discurso precedente; y entiendo que Lerena, en la obra que nos ha servido de texto para la reflexión, así como en otras obras y artículos ha rastreado y expurgado con mucha sutileza lo que se esconde detrás de todo ese complejo al que llamamos sistema escolar, del cual el profesor en el nivel en que se encuentre (infantil, primaria, secundaria o universitaria, según el ordenamiento educativo de nuestro país) es el elemento básico -malgré lui, malgré nous, malgré tous- productor y reproductor de ese orden. La recurrencia al pesimismo sociológico, la jaula de hierro weberiana resurge: la institución del sistema escolar como sistema burocrático, en el que el burócrata (profesor) conoce los límites en que desarrolla su tarea, debiendo cumplir ejemplarmente y a satisfacción las tareas que le encomienda el propio aparato escolar[2]

El profesorado, en lo que me consta, es refractario por lo general a este tipo de análisis, que en cualquier caso puede producirle más ansiedad y estrés, a los que ya de habitual tiene acumulados, más bien se hayan ocupados y preocupados por la realización de una «buena «práctica docente en el área de su especialidad y competencia (en el nivel en el que impartan la docencia). Este extraño sociológico según la acepción de Lerena, y ya voy a centrarme en el Max Weber en su más conocida obra recopilatoria: Economía y Sociedad, construye los elementos sobre los que descansa y que sirven al sistema de dominación moderna, la dominación racional-legal con la administración burocrática, el tipo ideal de administración, con sus reglas abstractas y positivas, el ejercicio de la ley, la competencia, la jerarquía, el funcionario burocrático, etc., etc. De vez en cuando conviene a leer nuestros clásicos para poner un poco de orden en las ideas, ya que ilustran de modo preclaro algunos fenómenos que estudiamos, y que son del caso releerlos para no perder el hilo del continuo de nuestra disciplina. Recojo -aunque quizás ni sea el más significativo de los textos de este autor, pero por su relación con el espíritu los aparatos burocráticos, y el sistema escolar no deja de ser esto mismo- esta breve cita, que considero oportuna y relevante para nuestra reflexión.

Es éste un agente vicario (in loco parentis) una vez que la sociedad moderna ha desplazado hacia el sistema escolar algunas de las funciones tradicionales de la familia; el rol del maestro es fundamentalmente el de mediador, el de alguien que se encuentra a medio camino. «Mediador, y a medio camino entre el presente y el futuro, entre los niños y los adultos, entre la familia del alumno y la escuela, entre la cultura y la incultura, entre lo femenino y lo masculino… entre la burguesía y las clases populares. Como el clérigo y el psicoanalista, el maestro es un mediador, un administrador y un juez»[3]

A partir de tres categorías relacionales: posición social, situación o condición y trayectoria sociales, Lerena nos habla del trabajo específico de los maestros que se produce en un contexto de relación social concreto, no indiscriminado, de la inexistencia de sistema de enseñanza en general ni de los enseñantes en general, ni de funciones genéricas de tal sistema. Son los grupos o clases (sociales) en conflicto las que proporcionan especificidad a cada uno de los ámbitos: No es lo mismo la enseñanza primaria para pobres que para ricos: «Concretamente, y dicho en crudo, los maestros de los pobres, los maestros de las clases populares no están esencialmente para enseñar, para hacer crecer o desarrollar un conjunto de hábitos en los alumnos, sino que están para delimitar un conjunto de hábitos legítimos. Para que los valoren y los reconozcan más que para que positivamente los aprendan. En otro lenguaje, están para imponer la legitimidad de la cultura y no tanto para inculcar esa cultura. No es por casualidad que las escuelas estatales hayan venido  parapetándose en las técnicas pedagógicas duras y hayan dejado el campo de las técnicas blandas (la pedagogía de las clases medias-altas intelectualizadas) a los enseñantes de la escuela privada de estas últimas clases sociales»[4]
En los primeros niveles de la enseñanza obligatoria – la agencia docente mayoritariamente encarnada por maestras- el proceso de aculturación/inculcación se lleva a cabo sin mayores conflictos: el niño aprende -internaliza- los roles del «buen» escolar a través de la múltiple interacción con el/la docente: el inconsciente se educa, se recrea en el contexto de las interacciones sociales. Se produce el proceso de adaptación al sistema que se modela en estas prácticas y que el docente administra y sanciona a través de incentivos morales y simbólicos, premiando las conductas ajustadas al reconocimiento del sistema (legitimadas/legitimatorias) y reprimiendo las conductas antagónicas que son excluidas como ilegítimas.

Se producen las primeras grietas, bien el proceso de inculcación, bien en el de aculturación, bien en ambos. En los ciclos superiores de la enseñanza básica se produce una agudización del conflicto, en el que fundamentalmente se produce por el choque de dos culturas: la cultura de la escuela (del sistema escolar, si se prefiere) y la cultura de origen de clase. -en este caso me estoy refiriendo a la enseñanza pública (de las clases populares), si bien esto no excluye el que en la enseñanza privada (de clases medias y altas) no se vayan a producir conflictos: el llamado fracaso escolar también afecta a estos grupos, como hemos tenido ocasión de comprobar por la obra de Eaggleton, si bien por otros motivos y con otros condicionantes- Así pues, conforme el niño escolar de clase desfavorecida crece, se abre una fisura más grande en los procesos antes mencionados: los patrones culturales del sistema escolar entran en conflicto con los patrones de las clases menos favorecidas de la estructura social. Las dificultades y problemas se agudizan para una parte importante de la población. Con el profesor – mediador, administrador y juez- en medio de toda la «bronca».

Entre la represión y la liberación,- reproduciendo casi en su literalidad el título de otra obra de Lerena- la percepción que tengo del discurso social predominante entre los agentes del sistema escolar es en sentido amplio el funcionalista, o sea, el positivista, que se basa en la legitimación del sistema escolar mismo y de la estructura social que lo sostiene: la ideología meritocrática, en cierto modo una suerte de darwinismo escolar en el que sobreviven los mejor adaptados al sistema, con su cantinela de la escuela como trampolín de ascenso social.

Lo peor, quizás, de todo, es que el consenso social en torno a esta ideología -hasta en las clases populares- es bastante amplio. También es verdad que algunos modos de investigación sociológica contribuyen a formar y a pregonar esta ideología, como algo «natural».[5] Aunque esto últimamente se está cayendo en pedazos. La pandemia, de la que todavía no hemos salido, ha profundizado en las diferencias de clase en perjuicio de las más castigados por su bajo nivel de riqueza material. Cada día son más evidentes los destrozos que se han observado en algunos sectores de la población en general, que toman especial relevancia en la población escolar y que ahondan la diferencia entre los alumnos de unas y otras clases.

Sobre el fenómeno de la Pandemia y su efecto sobre las clases menos y más favorecidas es todo un reto para el investigador, si bien todavía es pronto para establecer conclusiones definitivas, aunque puedan adivinarse.

Termino parafraseando aquello que aparece en el texto que ha servido de orientación para preparar este trabajo, al que añado una reflexión de carácter personal: la Sociología si no es empírica no es sociología, pero si no es crítica, si no tiene un contenido crítico, acaba formando parte de la hojarasca que oculta y legitima cualquiera de las arbitrariedades de las cuales la estructura social de clases se sirve para reproducirse y mantener el orden vigente.

 

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[1]  «Todo el sistema de enseñanza institucionalizado (SE) debe las características específicas de su estructura y de su funcionamiento al hecho de que le es necesario producir y reproducir, por los medios propios de la institución, las condiciones institucionales cuya existencia y persistencia (autorreproducción de la institución) son necesarias tanto para el ejercicio de su función propia de inculcación como para la realización de su función de reproducción de una arbitrariedad cultural de la que no es productor (reproducción cultural) y cuya reproducción contribuye a la reproducción de las relaciones entre los grupos o las clases (reproducción social).»
Bourdieu, Pierre: La reproducción, Barcelona, Laia, 1985. pág. 95. 3

[2]  Max Weber en su conocida obra recopilatoria: Economía y Sociedad, construye los elementos sobre los que descansa y que sirven al sistema de dominación moderna, la dominación racional-legal con administración burocrática, el tipo ideal de administración, con sus reglas abstractas y positivas, el ejercicio de la ley, la competencia, la jerarquía, el funcionario burocrático, etc., etc. De vez en cuando conviene a leer nuestros clásicos para poner un poco de orden en las ideas, ya que ilustran de modo preclaro algunos fenómenos que estudiamos, y que son del caso releerlos para no perder el hilo del continuo de nuestra disciplina. Recojo -aunque quizás ni sea el más significativo de los textos de esteautor, pero por su relación con el espíritu los aparatos burocráticos, y el sistema escolar no deja de ser  esto mismo- esta breve cita, que considero oportuna y relevante para nuestra reflexión: » El «espíritu» normal de la burocracia racional, hablando en términos generales el siguiente:
1. Formalismo, exigido ante todo para garantizar las oportunidades- probabilidades- personales de vida de los interesados, cualquiera que sea su clase- porque de otra suerte la arbitrariedad sería la consecuencia y el formalismo es la línea de menor resistencia. En contradicción aparente y en parte real con esta tendencia de esa clase de intereses está la
2. inclinación de los burócratas a llevar a cabo sus tareas administrativas de acuerdo con criterios utilitario- materiales en servicio de los dominados, hechos felices de esta suerte. Sólo que este utilitarismo material suele manifestarse revestido con la exigencia de los correspondientes reglamentos – por su parte: formales de nuevo y en la mayoría de los casos tratados de modo formalista. Esta tendencia hacia una racionalidad material encuentra apoyo por parte de aquellos dominados, que no pertenecen a la capa de los interesados en la «garantía» de las probabilidades poseídas a que hace referencia el número 1 … Cfr., México, F.C.E. pág. 180.

[3] LERENA, Carlos: «El oficio de maestro» 5en Educación y Sociología en España, Carlos Lerena (ed.) Madrid, Akal, 1987. Pág. 465.

[4]  LERENA, Carlos: op. cit. pág. 460.

[5] Las nociones de Bernstein: código elaborado, código restringido, para explicar las dificultades de aprendizaje de los alumnos de clase menos privilegiadas…las estrategias de los «colegas» de Willis, las categorías de habitus, lucha simbólica, arbitrariedad cultural… de Bourdieu, los conceptos de Passeron y Grignon: «legitimista» y «relativista», miserabilista o populista, etc. constituyen un pequeño y no exhaustivo catálogo para interpretar los conflictos y problemas que sostienen los alumnos con dificultades de adaptación a un sistema escolar, que evidentemente no es neutro con respecto a la estructura social.

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