La visualización de reels es el fentanilo de los que no tomamos fentanilo; placer no da, pero tranquilidad, sedación, vacío cerebral, ausencia de dolor y calma en la angustia, todo eso, sí, más la adicción, claro.

Supongo que habrá personas que hagan buena utilización de los vídeos de Instagram, y aprendan con ellos, no es mi caso. Yo abro uno al azar y voy deslizando el dedo hacia abajo. Así pasan las horas, así gasto el tiempo. La temática va por rachas, ahora, no sé por qué, los porcentajes se reparten entre los bebés, esos los paso rápido, no me gustan, así que, algo me dice que he despistado al algoritmo. No me atraen los niños de carne y hueso y me parece casi obsceno que los progenitores nos muestren al mundo cada paso de esas criaturas, en alguna ocasión hasta el peligro. Me pregunto cómo puede mantener el pulso un padre mientras graba a su pequeño ser intentando saltar de la cama al suelo, y sí, es verdad, en esos me quedo sin parpadear hasta que llegan al final. Espero por si acaba con un alarido codificado que indique que el chiquillo se ha abierto la cabeza, pero no, siempre sale indemne y es celebrado entre alharacas, sin que esos padres orgullosos piensen, en algún momento, que le puede dar por probar a solas eso de ser equilibrista y no va a dejar ningún testimonio visual que lo manifieste.
Otro tanto por ciento elevado de clips que aparecen por mi pantalla son los de recetas. Odio las recetas, que me las den, escuchar cómo se las dan a otros, las personas que se alaban a sí mismas por su trabajo en la cocina y las que halagan a los demás preguntando cuál es el toque mágico para que haya salido tan rico lo que está comiendo, mientras yo pienso: «Las judías son de bote, las alcachofas en conserva y la carne congelada, el único maldito “toque” que ha dado es poner sal y un poco de pimienta».
Esos ya me los salto directamente y hacen que coja tirria a ese teléfono que parece que me escucha en todo menos en el modo de desconectar mi cerebro hacia el país de Nunca Jamás. Y es ahí, en el porcentaje más alto cuando llega la novedad, entre algún echador de cartas (eso es normal porque alguna vez le pido a ChatGPT que me lea el tarot) y entrenadores que prometen que con cuatro ejercicios perderé cinco kilos en cinco días (de eso hablo mucho, aunque no haga nada, y el teléfono lo sabe). Pero ahora, los que me invaden, son los que hablan sobre el cortisol.
Cuando vi el primero dije: «¿¡Ostras, pero eso qué es!?». No lo había escuchado nunca, pero yo tenía todos los síntomas. Hinchazón en la tripa, también en los muslos, incluso en los brazos y la cara, vamos que había cogido cinco o seis kilos en un par de meses supongo que resultado de la ingesta de bollería industrial y helados, pero no era solo esa la coincidencia. Estaba irascible, angustiada, insomne y con un cansancio que solo me espabilaba cuando daba tres gritos y exorcizaba la mala hostia (tengo que aclarar que toda mi vida he hablado más bien bajito, incluso cuando me he enfadado). Al tercer vídeo vi claramente que todo eran señales para decirme que yo tenía eso que hasta un rato antes no sabía de su existencia. No podía dejar de buscar cómo lo había cogido, si había medicación para bajarlo y llorando a todas horas me preguntaba: «¿por qué todo me pasa a mí?».
Decidí ir al médico y que hiciera lo que fuera para controlar eso que parecía ser una hormona que había salido de la nada. Mi doctora, que es una mujer muy amable que habla muy despacio y escucha muy bien, cuando le dije el motivo de mi visita después de cinco años sin pasar por allí, me hizo mil y una preguntas, sobre: alimentación, vida personal, estado de ánimo, estado civil, si había estado en estado, en fin, que en quince minutos le hice un resumen de mi vida sonándome los mocos y secándome las lágrimas con el único pañuelo usado que llevaba en el bolso y que tenía que haber tirado en 2015, pero menos mal que no lo había hecho.
«Te vas a hacer una analítica», me dijo, hay que descartar alguna falta de vitamina, vas a pedir cita al psiquiatra, pero mientras te la dan, toma 15 mg de (no recuerdo, pero una de esas pastillas antidepresivas que acaban en pam o pram, para quien no lo sepa o no tenga Instagram). Haz deporte, sal a la calle, queda con amigos y, sobre todo, no cojas el móvil salvo que sea estrictamente necesario. Cuando tengas el resultado de los análisis vuelves para que los vea».
Me despedí de ella entre sollozos, sin entender nada y con el desasosiego de quien le han arrancado el alma y se la han devuelto mordisqueada como un ratón al queso. Pasé por el baño antes de salir a la calle para recuperar la dignidad que había perdido entre los churretes de rímel que me recorrían la cara. Después de asearme un poco cogí el volante para pedir hora. Me iban a revisar todas las vitaminas que caben en el alfabeto, incluidas varias B, el tiroides, la sangre blanca y la roja; la orina, el hierro y siglas que no entendía, todo, menos el dichoso cortisol.
Los análisis salieron perfectos, el psiquiatra dictaminó: «depresión funcional», algo que tampoco había escuchado nunca, y es algo así como vivir en la oscuridad de una cueva, pero rodeada de un jardín de puta madre que es la envidia de los vecinos. Vamos, que lo que se aparenta y lo que se siente no tiene nada que ver.
Después de este periplo poco ha cambiado nada, solo el nombre del diagnóstico y que ahora, además, también hablo con una terapeuta que trata de averiguar mis traumas infantiles, pero yo no la dejo, en cualquier caso, eso es otra historia.
Los últimos reels que visioné hablaban de emociones y de salud mental, algunos tenían que ver con el cortisol y otros no, como los pimientos, por otro lado, las pastillas me dejan en un estado de bienestar del que no quiero salir. Las redes sociales se han ido de mi vida como entraron, por apatía.
Dedico mi tiempo libre sobre todo a mirar el techo, que siempre es blanco, sordo y mudo. «Algún esquinazo necesita ser remozado», pienso algún día que estoy más concentrada, «como mis recovecos», pero en ese no sentir ni padecer que nos une cierro los ojos y sonrío, pronto llegará el sueño, me acercaré a la orilla y poco a poco comenzaré a flotar.
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