Desde que me alcanza la memoria he sentido una atracción idílica por los ríos, riachuelos y arroyos; pero hay un río del que estoy enamorada, me cautiva su curso tranquilo y los hermosos paisajes por donde pasa. Es un río profundo, porque se sumerge en sí mismo misteriosamente, para renacer purificado y pacífico, como lo hacen las almas que por el proceso interior pasan. Tantas veces me sostuvo y no sólo nadando en sus aguas, también sostuvo mi ánimo con las estrellitas que el sol hace brillar en su superficie plana.

Existe un puente sobre ese río, que es mi puente. En los atardeceres el puente, el río y yo tenemos una cita con la calma. Cuando me es posible en las mañanas, paseo por los jardines que embellecen sus orillas. Inhalo el aire fresco que me regala y comulga mi alma con su alma. Podría decirse de él que es sólo uno más de los cursos de agua; pero no es así, porque mi río es mi agua, la que corre por mis venas transformada.
Solemos pensar, cuando estamos despistados, que sólo nuestros congéneres pueden comprendernos; que sólo un espíritu humano puede concedernos esa intimidad que nos alivia, nos nutre y nos ama. Eso no es cierto; lo he comprobado infinidad de veces en plena naturaleza. Sé que se puede conversar con la cumbre de una montaña, con un árbol, con cualquier planta y, cómo no, con todos los cursos de agua. Ellos son nosotros y de lo mismo se trata.
Nunca me he sentido tan comprendida y acompañada como en esos momentos de comunión, sin prisas, observando y absorbiendo belleza consagrada. ¿Cómo puede decirse que no existe Dios cuando su obra te embarga?
Mi río, de tintineantes estrellas en su superficie plateada, desborda su agua por mis pupilas emocionadas. ¡Qué lindo espectáculo! Mi río de aguas calladas que lo dicen todo, cuando me miro en su espejo y no me engaña.

Puede que a mí me entierren bajo un chaparro de la dehesa grande verde y parda; después de dados mis huesos al fuego y que, con ternura, uno de mis hijos, un hoyito cave dándole a la tierra lo que ella demanda, para que el chaparro fuera encina fuerte y alta; pero una parte de ese humus también debe ir al río a ese que… tanto quiero, porque corre por mis venas, porque hace que baile mi alma. Él tiene nombre, pero yo lo llamo mi curso de vida; aunque lo bautizaron: Guadiana.






