Ávila de los Caballeros

 
Cuando vivía en Ávila solía recorrer sus sinuosas calles y plazas, perderme por los rincones de granito y pasear por las almenas de la muralla. Daba igual si era invierno o verano, si llovía o hacía sol, o si aquellas nevadas que llegaban por la rodilla habían hecho su aparición la noche anterior. La ciudad poseía una magia especial que, a día de hoy y pese a los cambios, conserva. Ahora que vuelvo en contadas ocasiones en busca de mí mismo, contemplo la muralla en lo alto del cerro inmaculada, poderosa, solemne, con el mismo rigor que me sobrecogía con cinco años cuando todavía existía algún rodaje perdido y veía galopar a los caballos con sus caballeros encima espada en mano, defendiendo el honor de la cristiandad.

Con mi abuelo y mis hermanos, en aquella lejana infancia, recorríamos en primavera cada piedra que formaban los torreones en busca de tesoros ocultos que jamás encontrábamos, pero que sabíamos que en la siguiente ocasión serían nuestros. En invierno, con la nieve, lo mejor era practicar algún deporte que guardase relación con la blancura del entorno como tirarse en trineo o en su defecto en un plástico. En una ciudad con cuestas y con laderas no era difícil abrir camino para la diversión, como tampoco era difícil hacerse daño en cualquier descuido.

En Ávila era muy fácil aprender qué era el románico, qué había sido la Edad Media, qué era la mística y qué significaba el poder de la iglesia y el paso de la historia. Levítica y conservadora durante siglos, su muralla suponía una metáfora de sus gentes, recios castellanos anclados en otro tiempo pero con la nobleza y la generosidad ancladas en sus almas.

«En Ávila era muy fácil aprender qué era el románico, qué había sido la Edad Media, qué era la mística y qué significaba el poder de la iglesia y el paso de la historia»

Ahora que vuelvo a sus empedradas calles, al paseo del Rastro donde se divisa el Valle Amblés que tantas alegrías me dio en otro tiempo, no puedo por menos estar agradecido a un espacio físico y social que, de algún modo, me ayudó a tallar mi carácter con mi maza y mi cincel, forjó lo que soy hoy, y convirtió mi mano en pluma para volar con la imaginación y transformarla en palabras. Contemplo el atardecer en la Serrota con sus tonos ocres y rojizos que golpean y yagan de luz las viejas piedras monumentales, y esbozo una sonrisa mientras me alejo. Hasta la vista.

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