«LA ÚLTIMA RONDA…»

Han sido muchas… probablemente excesivas… seguro. Y en demasiadas ocasiones mal, muy mal acompañado. Pero no siempre. Hay veces que con el último brindis, ya de madrugada, cometes una estupidez y te comprometes a vivir con toda la pasión posible defendiendo –sin reservas- unos valores en los que crees. Luego pasan los años y te das cuenta de que esa promesa no era entre adultos. Se trataba de un juramento ¡una ofrenda! al niño que una vez fuimos… Chavales que corrieron por unas calles (cada uno en su país) por las que nunca debería haber transitado nadie…, aprendiendo cosas que luego lleva una existencia olvidar… cometiendo errores que no enseñan nada excepto que están esperándote en cualquier esquina. En la última ronda, Mike y yo nos sentimos en la obligación de reafirmar en voz alta que, a pesar de todo, insistiríamos –de la manera que fuese- en intentar que esos puñeteros críos -otros nosotros– no se volviesen a equivocar. Y seguimos trabajando en esa actividad cruel, desagradecida… y suicida que algunos llaman cultura.

Rembrandt. Autorretrato (1628-1629). Rijksmuseum Amsterdam

 Despuntaba aquel día de otoño de finales del siglo pasado (aún faltaba un poco para acabar con un siglo criminal) y, de momento, nuestros caminos se separaban. Él tenía que pasar por el hotel y luego coger un avión.

¿Qué has de hacer hoy? –me preguntó-.

Le respondí que agujerear paredes, golpear alcayatas con un martillo y colgar cuadros.

¿Buenos? –me dijo. Una exposición de Andy Warhol, contesté.

¿Y qué tal?, prosiguió.

¡Está muerto!, indiqué con más vehemencia de la que correspondía -y un poco enfadado, me suele pasar,… a esas horas ni te cuento lo borde que puedo llegar a ser-.

Tras unos momentos de silencio, en los que pensé que se había mosqueado de verdad soltó una carcajada enorme, ronca, mientras hacía señales a un taxi. Con la puerta abierta me dio un abrazo, de esos que duran, y reteniéndome por los brazos me gritó ¡Tienes que dedicarte a aporrear palabras, a conseguir que le pasen cosas buenas a la gente y a ‘colgar’ ideas en las mentes de las personas!

Y allí me quedé, casi en medio de la calle, atónito, viendo como –ya con el coche moviéndose- sacaba la cabeza por la ventilla y con el pelo aún perfectamente engominado y desde detrás de las sempiternas gafas negras vociferó: You must do it, moterfucker! We must…!!!

Mike era –¡y es!- una estrella (de las de verdad, no de las que dicen que lo son). Yo me he estrellado innumerables veces. Siendo honesto y haciendo honor a la verdad es la única comparación posible en relación a aquel compromiso que hicimos aquella noche.

Asumir nuestra condición de seres quebradizos, limitados, constantemente errados -¡el linaje humano!-, no es una confortable y cómoda actitud intelectual. Es más bien insistir en plantearnos una y otra vez las mismas preguntas, las esenciales,… para finalmente responder (a pesar de nuestra cobardía): ¿Qué hemos hecho?, o ¿hemos actuado como debíamos?

Ese fue el repetido intento de Rembrandt (1606-1669). Recorrer un camino, una trayectoria… con pasión por el conocimiento… de sí mismo y de sus semejantes. ¿Puede ser otra cosa la cultura que la búsqueda de la sinceridad, de la honradez en la comprensión de lo que somos y de lo que nos infligimos? ¿Cómo puede existir una estética sin ética?

En este primer retrato, Rembrandt tiene solo 22 años. Es un joven que intenta captar, por medio de la pintura, la verdad de sí mismo. Muchos otros artistas han tratado (y continúan haciéndolo) de plasmar sus rasgos lo más fidedignamente posible en un intento mimético en el que toda la praxis se somete a la apariencia, al órgano perceptivo del ojo, como si en esta dudosa y limitada facultad residiese alguna verdad. La realidad de la fachada tantas veces consagrada como categoría de conocimiento. La mímesis como valor absoluto… también de cambio mercantil… escondiendo lo que realmente es: un mero continente en el que se fundamenta la sociedad de las apariencias.

Pero Rembrandt elimina todo entretenimiento. Con una luz lateral que débilmente ilumina una parte de su rostro inicia un temprano ejercicio de autocrítica. No hay nada halagador aquí. Incluso le da la vuelta al pincel para raspar con la madera lo que serían unos cabellos desordenados. No hay grandes expectativas. Tampoco una mirada desafiante. Tan solo un circunspecto convencimiento de que en lo humano no hay héroes ni divinidades… de que él, con todas sus limitaciones, no puede llegar a ser ni siquiera un demonio ¡mucho menos un ángel!

Nicolaes Ruts,1631.Frick Collection, New York

Qué diferente es la imagen conseguida para Nicolaes Ruts. Si en su autorretrato no nos ofrece más que una sombra de sí mismo, una especie oscuridad que se antepone en plena juventud al crepúsculo de la vida en forma de muro de luz posterior, en la efigie de este rico comerciante de Amsterdam todo es pomposo. La pura ostentación del que nada ha conseguido por si mismo. El alarde del poder sobre los demás reflejado en un maravilloso manto y un espectacular gorro de piel. La enorme fortuna de la que se vanagloria procedía de su padre, poseedor de una empresa que negociaba en el extranjero (especialmente con Rusia). Una mirada meliflua se dirige a nosotros. Solo encontramos ego y una relevante falta de capacidad ante las responsabilidades que aparenta soportar. La fatuidad del personaje de 58 años le impide comprender que las pieles de las que se vanagloria han sido arrancadas de magníficos seres vivos… que aunque las porte no le pertenecen… que la epidermis que de él nos muestra Rembrandt, iluminada por unos focos para que nada quede oculto, es la de un ser carente de verdadera vida. En la siniestra destaca el papel que todo lo consigue –como el dinero que ya se había impuesto en aquel entonces y simboliza el dominio sobre los demás- y aquí, el único que ha conseguido algo verdaderamente excepcional, es la persona a la que las letras que contiene este insignificante material hacen referencia: el monograma y la rúbrica del artista.

La diestra… es la de un cadáver. Mortecina, inflamada, como la que aparece en el cuerpo tendido de la “Lección de anatomía del doctor Tulp”, 1632. Parece claro que los maestros de Utrech habían influido claramente en la manera de entender la pintura de Rembrandt. El grupo formado por Abraham Bloemaert, Hendrik Ter Brugghen y Gerard Honthorst había asimilado directamente el sentir de Caravaggio en Italia. También pudo verse atraído por otro caravaggista con el que estuvo trabajando durante unos pocos meses: Pieter Lastman.

Lección de anatomía del doctor Tulp, 1632, Mauritshuis, The Hague

Pero Rembrandt es mucho más que un excelente retratista. Las Provincias Unidas, en las que creció y habitó durante toda su existencia, ya habían desarrollado una forma de vida que no solo permanece en nuestros días, sino que se ha convertido en la imagen más cercana a lo que nuestra sociedad es. Como diría el historiador Yuval Noah Harari  (Sapiens. De Animales a Dioses. Debate, 2014), el ser humano ha desarrollado una creencia creciente en su capacidad para obtener nuevos poderes mediante la investigación. Así, “la relación entre ciencia, política y economía… es la alianza entre la ciencia, los imperios europeos y la economía del capitalismo”.

El doctor Tulp (el más célebre anatomista del momento) hizo construir en Amsterdam el Theatrum Anatomicum. Estamos ante la segunda lección pública (el segundo show) en la cual se explica la maquinaria de la musculatura del brazo izquierdo. Este retrato de grupo de científicos es elevado a la categoría que ostentaban los cuadros de historia. Se adelanta a la fascinación que sentimos hoy ante este tipo de imágenes. Pero no es del agrado de todos. Por ejemplo Eugene Fromentin dice que «tenía que pintar un hombre, pero no se preocupa lo suficiente por la forma humana; tenía que pintar la muerte, y la olvida para buscar en su paleta un tono blanquecino que fuera la luz».

Puede que tenga razón, si poco parece importarle a Rembrandt la fisicidad de la belleza, menos aún un cadáver abandonado por el espíritu (que es lo que verdaderamente le ocupa a lo largo de su vida). Pintará o dibujará (es un dibujante increíble) la lucha, la relaciones –en definitiva- que establecemos con la muerte… pero es el combate y no la pérdida del mismo lo que importa. Una vez vencidos, solo somos carcasa, carne que comienza a pudrirse…

Sansón cegado por los filisteos, 1636, Städel, Frankfurt am Main

No, a Rembrandt no le interesa el ser humano como a un anatomista… le interesa la psique. ¿Para que enredarse con las mentiras de la apariencia si lo fundamental es descubrir lo que ocultan? ¿Por qué taparse los ojos ante la impureza de espíritu del hombre? La muerte acecha, no en forma de esotérica y melancólica figura, sino con una adhesión salvaje y abrupta a nuestra propia pulsión violenta.

Es así como muestra al todopoderoso Sansón (excepto por su proverbial apetito sexual), traicionado por Dalila, con su pelo ya cortado, de manera que los filisteos «le echaron mano, le sacaron los ojos y lo bajaron a Gaza» (Jueces, 16,4-21). No es el habitual momento del rapado el que él nos enseña… es ese en que unos soldados le sacan y desgarran los ojos con afilados estiletes. Brillan cadenas y armaduras, las enormes cuchillas y las espadas. Resplandece también una de las pocas luces diurnas –un amanecer- en la obra de Rembrandt, para iluminar un cuerpo abatido y una mujer radiante que ha triunfado en su cometido (aunque sea este -o precisamente por eso- traicionar al amor). Al final, como en el mito de la caverna, todo es una sombra, una aparente verdad que se niega a si misma… la fuerza, el cariño, el mismo sol, parece que siempre es de noche…

Como en ese retrato colectivo de la compañía del capitán Franz Banninck Cooq, en el que una milicia burguesa se ha reunido en un portalón fuertemente iluminado por un rayo de luz natural (ya se encargará el tiempo y los historiadores de convertir la obra en nocturna). El que crea estar ante una cívica escena de defensa de libertades se equivoca. En La ronda de noche el capitán Cocq ya estaba haciendo campaña política. Sí, menos de una década después sería alcalde de Ámsterdam.

La ronda de noche, 1642, Rijksmuseum.

Se suele decir “son todos los que están… pero no están todos los que son”. El que no pudo pagar los 100 florines que costaba salir en la foto se quedó fuera. De manera que los arcabuceros que aparecen en esta ceremonia oficial (los manidos desfiles, las pantomimas sociales,…) simulan cargar, disparar y limpiar el arma para proteger a sus conciudadanos.

Pero algo no cuadra en esta épica entrega. La joven con la gallina colgando del cinturón (tal cual una posadera) parece una enana (y es que ese es su tamaño social, al igual que el de otros personajes que aparecen en el cuadro). Las patas del ave nos recuerdan uno de los emblemas de la compañía: una garra de un pájaro. Y más abajo aún una bolsa… de las que se usaban para portar monedas.

Un magnífico juego de manos y miradas, de lanzas y armas. Por que de eso se trata. Teatrillo de vanidad en venta. O mejor dicho, a la compra de voluntades. Exuberante rojo sobre sobrio negro, inmaculado blanco sobre delicado amarillo… increíbles bordados aquí y allá. De falsa vida y no de muerte trata. El barroco del norte midiéndose con Velázquez.

Rembrandt ha sido uno de los artistas religiosos más importante de todos los tiempos… en un país en manos de una oligarquía protestante. Probablemente esto solo fue posible debido a la enorme sinceridad de su piedad, de su evidente y sincera generosidad hacia el prójimo, hacia los humildes y necesitados. ¿Cómo prohibir las imágenes que este autor creaba si aludían a los más urgidos? Por muy prohibidas que estuvieran, por muy iconoclastas que fuesen para los lugares de culto ¿cómo oponerse a los valores que nos mostraba? El coraje con el que nos muestra estas verdades dotan a su obra de una universalidad atemporal.

La estampa de los cien florines, aguafuerte, hacia 1648-1649

Pocas ideas de tan extraña actualidad como la del afamado aguafuerte “Estampa de los cien florines”. Extraída del Evangelio de San Mateo (19, 1-24), un grupo de fariseos se acercaron a Jesús para ponerle a prueba por medio de la dialéctica. Le presentaron a un grupo de niños para imponerles las manos pero los discípulos les riñeron. Pronunció entonces el famoso: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el reino de los cielos.»

A su derecha una multitud de enfermos le ruegan. A la izquierda siguen los filisteos con nuevas dificultades… incluso uno se interpone ante una mujer que porta una criatura. En las sombras, un joven ricamente ataviado parece escuchar. En el lado opuesto… un camello. Es una evidente alusión a la parábola por todos conocida: un joven rico que le preguntó qué había de hacer para «conseguir la vida eterna», Jesús le respondió: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven y sígueme.» El joven, que poseía grandes riquezas, se alejó y Jesús dijo: «Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos.» Da igual los siglos que pasen… nada cambia.

Tampoco ha dejado de ser relevante el pasaje en el que Susana, bellísima y casada con el adinerado Joaquín, es objeto del deseo de dos ancianos (jueces). Un día en el que se disponía a bañarse estos le dijeron: «Las puertas del jardín están cerradas y nadie nos ve. Nosotros te deseamos; consiente, pues, y entrégate a nosotros. Si no, daremos testimonio contra ti diciendo que estaba contigo un joven y que por eso habías despachado a tus doncellas.» Susana gimió: «¡Ay, que aprieto me estrecha por todas partes! Si hago esto, es la muerte para mí; si no lo hago, no escaparé de vosotros. Pero es mejor para mí caer en vuestras manos sin haberlo hecho que pecar delante del Señor.» Susana grito, acudió gente; los ancianos, jueces y parte, la acusaron y la condenaron a muerte. Finalmente, Daniel intervino y logró confundir a los jueces indignos (Daniel, 13).

Susana y los ancianos, 1647. Gemäldegalerie, Berlín

¿Os han acusado falsamente alguna vez? La calumnia funciona doblemente y de manera paralela. Una ante los tribunales… la efectúa el sicofante profesional. De la otra se encarga la propia sociedad… que extenderá la difamación y la denigración hasta lograr sus objetivos. No hay mayor bajeza en el ser humano que participar de esta actividad colectiva –ni nada que más una- en la que la mentira es sostenida por una manada (es una violencia en la que participan todos los géneros -sin separaciones, sin desavenencias, nadie queda segregado…¡que bien cuando todos y todas colaboramos!) hasta alcanzar los fines más abyectos. ¡Ya nos podemos felicitar! Babilonia es un pequeño parque de atracciones en comparación con la perfección alcanzada unos pocos milenios después.

¿Qué nos queda entonces? ¿Nos podemos aferrar a algo para no sumirnos en el vertedero en el que hemos convertido todo? Tal vez…

Rembrandt, sabía de sus debilidades, de sus imperfecciones… También fue acusado por esa sociedad protestante capaz de tener un ojo puesto permanentemente en la vida de los demás. ¡El gran hermano multiplicado hasta el infinito! Sometido a una bancarrota monetaria y moral encontró en el cariño el único sentido a una vida, por momentos, insoportable.

Hendrickje bañándose, 1654. National Gallery, London

Hendrickje bañándose, es la expresión del amor más puro y sincero. Todas las mujeres posibles están ahí. Despojada de un impresionante vestido (que ya no importa) se mete en el agua. Apenas un paso, con precaución y timidez alza un poco la camisa. El manto rojo y sus piernas se prolongan en el reflejo pareciendo más alta de lo que es. Hay recato en el gesto de su mirada baja… pero desmentido por una tenue sonrisa que aflora a sus labios.

Rembrandt ha modelado la compañera prometida con una arcilla de colores terrosos, con una pincelada amplia, cargada,… dotando de volumen a una escena de ensoñación. ¿Cómo no enamorarse de una persona como ella? Es difícil encontrar otra imagen en la historia del arte que defina mejor el cariño y la ternura.

El buey desollado, 1655. Museo del Louvre

Y la ilusión no es más que eso, un momento fugaz que rápidamente se apaga (ella muere) haciendo que Rembrandt vuelva crudamente al momento que le ha tocado vivir. Una época de representaciones en el arte de cerdos sacrificados. Son los bodegones que sus coetáneos han puesto de moda (el ya no lo está). ¡Las personas se usan y se tiran, ayer igual que hoy!

Puede que este buey, este pedazo de carne despojado de cualquier dignidad no sea propio de un talento como el suyo. ¿Pero acaso lo aprecian, lo demandan,…? Apenas.

Lo que fue un animal en plenitud, fornido, pujante,… es ahora una pieza mutilada, un despojo que casi ha vuelto a la tierra en descomposición. A diferencia de los pintores de su época elimina todo lo que no es esencial…

Casi podemos olerlo. Delacroix hizo una copia de este cuadro pero no pudo soportar semejante soledad y se vio impelido a aportar un carnicero trabajando. No para dar la impresión de cotidianidad en la situación, sino porque morir solo es terrible.

Tanta luz mientras nuestro símil se dirige a la oscuridad… No, no hay la crueldad que creemos… un rostro femenino aparece a la derecha. A pesar de todo, alguien ha tenido la decencia de aparecer para decir adiós. Es una obra que perturba. Tanto que Soutine, en 1925, le dedicará una reflexión sobre lo atroz. ¡Sin duda!

Los síndicos del gremio de pañeros, 1662. Rijksmuseum, Ámsterdam

En esa trilogía dominadora del mundo (entonces y ahora) faltaba el reflejo de la vedette, la economía. Y como estrella principal engloba a la ciencia y a la política. Los números, que representan florines (oro) y que alzan y desbancan a aquellos que tomarán las decisiones por todos los demás. Tal es la potencia de esta diosa (que se traviste de saber) como si el conocimiento al que alude supusiese (de existir) la mejora de las condiciones de nadie excepto de ella misma.

Estos comerciantes han acabado su junta y se han puesto en movimiento. Uno ya está de pie, otro recoge sus guantes. En el libro –de cuentas, de decisiones y medidas- han plasmado como será el mundo por venir. Todo ha terminado… para que el ciclo comience de nuevo.

Es un tiempo congelado, suspendido sobre un rojísimo tapete. La sangre del bóvido parece haber llegado hasta aquí. El resto (sus vestimentas, uniformes, mortajas…) es negro y blanco. Los colores universales de la sobriedad y el luto.

Gobernar es un asunto muy serio.

Retrato de familia, 1668-1669. Herzog Anton Ulrich Museum, Braunschweig

Al morir Rembrandt algunas de sus obras quedaron sin acabar. Retrato de familia fue una de ellas. Es tal la falta de toda decoración (una nebulosa oscura de fondo) que solo nos quedan los rostros y los gestos. La mirada de un hombre asoma tras el grupo, poco más de él vemos. A la izquierda dos niñas parecen compartir un secreto… Quizás sea el que, a la derecha, en un movimiento envolvente de las manos, lleva del corazón de la madre tocado por la más pequeña hasta ella misma… mantenida y sujeta frágilmente por unos dedos extendidos.

Quizás la vida sea eso… Pero ¿por qué se parecen tanto los rojos del mantel de los pañeros y el del vestido?

No es de extrañar que Goya afirmara tener dos maestros aparte de la naturaleza: Velázquez y Rembrandt.

Los dos profundizaron tanto en el alma humana que vieron el horror y la barbarie en todas sus facetas. Rembrandt, buscó también a Dios (o una posibilidad compasiva del mismo)… creo que Goya no. Sobre todo intentó ser fiel a si mismo… a ese muchacho de veintidós años que quiso conocerse y aprender de los demás.

Mike… después de tantos años tenías razón. Los molinos eran gigantes… así que me sigo estrellando una y otra vez contra esas montañas de carne formadas por Nicolaes Ruts hasta un número inimaginable.

Cuando estoy a punto de ahogarme les grito Don’t Drag Me Down, motherfuckers!!!

Pero son demasiados.

Sigo, como prometí, en lo que algunos llaman cultura. Ya no se si lo es. Y cada noche más… tengo la sensación de que va a ser ¡la última ronda!.

Quería hablar de arte. Quizás lo he hecho. No mucho. Tampoco creo que sea importante…

* Mientras escribía sonaba una y otra vez, desesperada y obsesivamente, mi admirado Mike y su banda… Pero también una canción que nos gusta a los dos: Noche de ronda, de Agustín Lara, por Chavela Vargas (podéis hacer lo mismo o no)

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