JOPELINES, ZORITA, VAYA SETA

1
214

 

 

 

En el Setario había llovido y cuando sucedía eso el campo entero solía poblarse de setas. Muchísimas setas. Por eso llamábamos así a aquella enorme dehesa con encinas a la que íbamos, toda las familias juntas, los domingos. Quizá ninguno de nosotros, salvo el Zorita y su mujer, Marisa (que años después sería mi profesora de Ciencias Naturales en el instituto), sabía identificar a todas las setas, que eran muy variadas, pero a los chicos nos llamaban la atención, no sé si por este orden, los espectaculares círculos que formaban los corros de brujas; también las “setas de los enanitos” (que eran muy bonitas pero venenosas, no se podían tocar) y luego lo que llamábamos champiñones, que quién sabe si lo eran pero qué más daba eso: blancos, redondos como globos y de tamaño muy variable.

Los Padres se daban siempre su largo paseo por el Setario después de comer y hablaban de los niños, de la universidad, de política, del puñetero Franco que no se terminaba de morir, de lo que fuera; mientras, los chicos jugábamos, corríamos, enredábamos con la hoguera, nos subíamos a los árboles, hacíamos bandas, yo qué sé. Los Padres, a los que llamábamos así, con mayúscula, como si fuesen una institución, un consejo de ancianos (eran viejísimos, andaban todos por los 40 años) o una especie distinta, estaban formados por aquella vieja pandilla de veinteañeros que se habían conocido gracias a la caza o la pesca, que habían crecido, se habían casado y habían tenido, todos a la vez, cantidades de niños hoy inconcebibles, más o menos tantos como las setas del Setario. Casi todos los Padres eran profesores o catedráticos en la Facultad de Veterinaria (el mío no; el mío era protésico dental, pero eso jamás tuvo importancia) y sus familias recibían como nombre de guerra el apellido paterno. Estaban los Suárez, por Andrés Suárez, su mujer (Noli) y sus siete niños; luego los Corderos, por Miguel Cordero del Campillo, Emilia y su tribu, que eran otros cinco; los Zoritas, por Eduardo Zorita Tomillo, Marisa y los cuatro chicos; los Plases, por Manolo Pla, Belita y sus dos fieras, que solo eran dos pero enredaban por veinte; los Gutis, los Aneles y desde luego los Luisitos, también llamados Péreces, que éramos mi padre (Luis Pérez Carretero), mami y nosotros, los cinco chicos. Y la abuela. Y el perro. Una multitud.

Setario niños y padres

Los Padres eran amigos desde muy jóvenes y lo siguieron siendo (casi todos) para siempre. Y los domingos, en aquellos años tan felices, nos juntábamos todas las familias, por lo común en el Setario. Quiero repetir esto: fueron años felices. No es que ahora la memoria haga su trabajo y pinte aquel tiempo de colores cálidos. Fueron felices de verdad.

Aquel domingo, después de unos días de lluvia, el Setario resplandecía y al paseo de los Padres nos agregamos (cosa extraña, porque eso no sucedía casi nunca) algunos de los chicos. Mi hermano pequeño, Álvaro, tenía cuatro años y correteaba de aquí para allá. De pronto se encontró un champiñón gigantesco, una bola blancuzca que le llegaba casi por la rodilla. Se la quedó mirando y exclamó, con toda su alma: “¡Jopelines, Zorita, vaya seta!”.[1]

Al Zorita le entró un ataque de risa de esos que no se acaban nunca, una risa interminable que le hizo hasta llorar, mientras Álvaro le miraba sin comprender, como pensando: Pero este ¿de qué se ríe? ¡Es una seta enorme! El caso es que aquella frase genial de Álvaro (“Aparito”, le llamaba el Zori) pasó a formar parte del patrimonio común de la tribu multifamiliar y se repitió durante décadas como una frase hecha. Ante cualquier cosa asombrosa, estrambótica o incluso chusca, alguien la soltaba. Íbamos de viaje y de pronto nos encontrábamos ante el impresionante Coliseo de Roma: Jopelines, Zorita, vaya seta, decíamos, con la boca abierta. Se murió Franco (por fin) y se formó una cola de miles de personas: Jopelines, Zorita, vaya seta, murmurábamos ante la tele. Los del Coro Universitario de León cantamos el Requiem de Mozart en Portugal, la gente enloqueció durante diez minutos y yo, temblando de emoción, lo dije en voz baja: Jopelines, Zorita, vaya seta. Los que me oyeron (salvo mi hermano Óscar, que había cantado a mi lado y se echó a reír) me miraban sin entender nada, con la misma cara que puso Alvarito cuando se encontró la seta famosa y el Zorita reventó en carcajadas.

Ahora se ha muerto Eduardo Zorita Tomillo, el Zorita por antonomasia, el Zori, a los noventa y tantos años; y mi padre, que está como noqueado pero no quiere notarlo, me lo pregunta por el guasap: ¿Qué sentimientos ha dejado el Zorita en tu vida? Lo primero que se me ocurrió decirle, con una sonrisa de tristeza, fue eso: pues jopelines, Zorita, vaya seta.

La pandilla juvenil de cazadores y pescadores estaba formada por cinco amigos. El Pla, una de las cabezas de la empresa Bayer en España (pero relacionado con la veterinaria), era el guapazo, el arrebatador, el echao p’alante, el bromista, ligón, gamberro y deportista: fue quien nos enseñó a nadar a todos los chicos, incluido yo. Cordero, que luego sería rector de la Universidad de León y senador en la legislatura constituyente, era un sabio impetuoso y mandón que profería unas carcajadas tremendas. Andrés Suárez, también con el tiempo rector de la Universidad, era la pura bondad, el sosiego, el cariño y la sonrisa amable. El Zori, también catedrático, al principio era un tiquismiquis con unas gafas inauditas, gordísimas, que se acojonaba un poco con las bromas algo bestias del Pla, pero espabiló pronto. Era un cerebro privilegiado, un científico como la copa de un pino, un hombre al que le interesaba todo (la historia era su pasión, por ejemplo), dotado de un sentido del humor asombroso y de una capacidad de cariño como yo he visto pocas veces en mi vida. Qué voy a decir yo. Me llevó en brazos. Eso marca mucho y para siempre.

Todos ellos, pesos pesados en la Facultad de Veterinaria de León y en la vida intelectual de la ciudad, podían haber chocado entre sí, tenían todas las condiciones para acabar compitiendo y enfrentándose entre ellos. Algunos, con los años, acabaron haciendo exactamente eso. Lo que pasa es que luego estaba mi padre, el Luisito, que no era catedrático sino “mecánico dentista” (se decía entonces), pero que tenía y tiene una inteligencia, una cordialidad, un humor, una capacidad de afecto y empatía, y un don de gentes que unía sin remedio a todos los demás. Era, como dijo Julio Cortázar, el paredro: Cortázar quiere que así se llame una figura geométrica con la cual encajan todas las demás (que por sí solas no podrían acoplarse) y formen, juntas, un cuerpo único.

Quizá ustedes están pensando que les estoy contando una historia doméstica que no le interesa a nadie más que a nosotros, los de la familia o la gran familia que formábamos toda la tribu del Setario, grandes y chicos. No es verdad, esperen un poco. Lo que pasa es que yo estoy ahora mismo también un poco noqueado, o mejor dicho bastante noqueado, porque se ha muerto el Zorita (jopelines) (vaya seta) y ahora mismo me está pasando toda la vida por delante. Y son muchos años. Demasiados.

Los cinco amigos se sacaron una foto magistral en la cima del Llambrión, la segunda montaña más alta de los Picos de Europa. Ahí la tienen. Mi padre es el que está en primer término, medio agachado. El Zorita es el segundo por la izquierda, el de las gafas de culo de vaso que llevaba entonces. La foto es prodigiosa porque cada una de las caras refleja con toda exactitud la forma de ser de cada cual, que acabo de contar.

Zorirta y los cinco

Pero el Zorita era mucho más que un tipo alegre, cariñoso, algo sabihondo, competitivo y siempre de buen humor. Era un intelectual de tamaño más que notable que, junto a Miguel Cordero y a Andrés Suárez, dio un vuelco decisivo a la idea algo raquítica que se tenía entonces de la enseñanza universitaria en España, y sobre todo de la ciencia veterinaria. Su formación era alemana y eso se notaba. El Zori enseñaba Genética; Cordero, Parasitología, y Andrés Suárez Agricultura. Los tres juntos fueron una revolución y levantaron la mejor Facultad de Veterinaria que hubo en España durante muchos años, y que sería, no demasiado tiempo después, el embrión del que nacería la Universidad de León.

Eran tiempos convulsos. Franco se acababa de morir.  El presidente del Gobierno era todavía Carlos Arias Navarro, hombre de carácter agrio y luces muy limitadas, pero de una fidelidad perruna al caudillo y a su señora, que era quien lo había hecho nombrar. Arias había terminado por hacer ministro de Educación a un cuñado de Fraga Iribarne al que el Zorita admiraba mucho: Carlos Robles Piquer. Aquel hombre, un buen intelectual, se atrevió a proponer a Eduardo Zorita que se dejase nombrar director general de Universidades. El Zori, que estaba tan tranquilo y tan feliz en su cátedra de León, se resistía: ya se lo habían propuesto dos años antes y había dicho que ni hablar, que él no quería participar en ningún gobierno con Franco vivo. Pero ahora, en abril de 1976, se había quedado sin excusa. Así que el Zori fue nombrado director general. Jopelines. Vaya seta.

Arias Navarro no tenía ni idea de quién era aquel señor, pero si lo nombraba Robles Piquer, pues bien estaba. El señor ministro seguramente sabía bien que Zorita era íntimo amigo de José María Llanos, aquel jesuita que había sido falangistísimo pero que se había ido a vivir a las chabolas del Pozo del Tío Raimundo y se había convertido en un comunistón de cuidado. Y desde luego tenía que saber el ministro que el Zori, en sus años mozos, había sido el primer director del SUT, el Servicio Universitario del Trabajo (impulsado por el padre Llanos), por cuyos campamentos había pasado gente tan poco recomendable para el franquismo como Juan Goytisolo, Cristina Almeida, Javier Pradera, Manuela Carmena, el beatísimo padre Javier Arzallus, Nicolás Sartorius, Manuel Vázquez Montalbán o Ramón Tamames.

Arias y Camen Polo

Vaya esto por delante: el Zori no era un “rojo” (a él, siempre provocador, le gustaba mucho usar esa palabra) ni muchísimo menos. Era un conservador católico, apostólico y románico. Un señor de derechas. Pero tenía un problema: que había leído unas ciento cincuenta veces más que Arias, doña Carmen Polo y Franco juntos. Que se había educado en Alemania. Que era un hombre de su tiempo y que tenía, además de audacia, un enorme sentido común. Y además no le interesaba participar en política, fue algo que dijo siempre. Lo que a él le gustaba era dar clase en la Facultad. Muchos de los demás, lo mismo que ahora, vivían o se desvivían por la política. Él no. Sus ambiciones eran intelectuales, no le gustaba saludar desde los balcones.

 

 

Les hago el cuento corto. Mayo de 1976. En Madrid no había un alma, todo el mundo estaba de fin de semana. Los rojos de entonces habían urdido (porque los rojos de entonces no planeaban cosas: las urdían) convocar un recital en Madrid para sacar al escenario a un cantante de Valencia, un tipo que siempre tenía aspecto de enfadado pero que cantaba cosas muy comprometidas y muy progresistas, y que arrastraba multitudes, sobre todo en Cataluña: Raimon.

Concierto Raimon Madrid

Aquello necesitaba, como es natural, permiso gubernativo. Vale, pero ¿a quién pedírselo? Los pocos responsables políticos y “de orden público” que permanecían en sus despachos dirían todos que no, eso estaba clarísimo. Hasta que a alguien se le ocurrió: “¿Y ese señor de gafas gordas que es director general de no sé qué? Es amigo del padre Llanos. Y está en su despacho”. “Pero hombre”, objetaría alguien, “es que ese señor es del Ministerio de Educación. ¿Qué tiene que ver?” “No deja de ser un director general…”. Por probar, no se perdía nada. Y probaron.

El Zori sabía perfectamente lo que hacía. El Zori tenía clarísimo quién era Raimon, lo que significaba y los terribles dolores de muelas que aquel cantante provocaba en el régimen, sobre todo en Arias. Y el tal Raimon le encantaba: cuántas veces le oí decir al Zorita que aquella canción, Al vent, era un himno admirable.

Así que hizo dos cosas. La primera, firmar el “permiso gubernativo” para el concierto que habría de celebrarse muy pocos días después. La segunda, meterse de inmediato en el coche oficial y salir zumbando hacia León, llamar a mi padre e irse los dos a pescar truchas al río más remoto que pudieron encontrar, perdidos en la montaña y deliberadamente incomunicados. Los más veteranos habrán recordarán aquel memorable recital que dio Raimon. Fue una congregación antifranquista de proporciones bíblicas, tuvo una enorme repercusión pública. Raimon enardeció a miles de personas mientras el Zorita y mi padre estaban pescando, que si a mosca, que si a cucharilla, muertos de la risa. Al mismo tiempo Arias Navarro, fuera de sí, exigía a gritos que le llevasen al despacho la cabeza de aquel insensato, de aquel traidor, de aquel “enano infiltrado”, a ser posible asada y con una manzana entre los dientes (la cabeza). Pero no lo localizaron. En León hay muchos ríos y están todos muy lejos.

Así pues, es mentira que la presentación de Raimon en Madrid se hiciese “sin permiso gubernativo”, como dicen las biografías oficiales del cantante. Sí hubo permiso y lo firmó el Zori, que fue inmediata y ferozmente destituido de la dirección general aunque logró evitar (no se sabe cómo) que lo metieran en las mazmorras del castillo de If, como al conde de Montecristo, que era lo que, sin duda, quería el tarugo de Arias.

Yo no he visto en toda mi vida una amistad como la de Zorita y mi padre. Nunca. Eran como el agua y el aceite: el Zori, sabio, profesoral, tirando a redicho. Mi padre, intuitivo, lector voraz, con un humor a veces sarcástico hacia el otro. Zorita, de derechas y católico, y cada vez más ambas cosas a medida que fueron pasando los años; mi padre, socialista irredimible y ateo por la gracia de Dios, y también cada vez más. El deporte favorito de ambos fue siempre discutir, discutir, discutir hasta rendir al otro por agotamiento; lo que pasa es que ninguno de los dos se cansaba nunca. Eran némesis el uno del otro. Se enfadaron tantas veces, se mandaron a hacer gárgaras “para siempre” en tantas ocasiones, que el resultado no podía ser sino el que fue: no sabían vivir el uno sin el otro.

El Zori se preparaba las discusiones con mi padre (tema recurrente: la guerra civil, la república, los curas, todo eso) como si fuesen no ya clases sino temarios de oposición. Papi recurría a su sentido común y se entrenaba conmigo: me llamaba por teléfono, me hacía unas preguntas aparentemente absurdas (“¿Para qué sirve la política? ¿Existe la verdad? ¿Qué es la maldad humana?”) y luego llevaba la conversación exactamente por donde él quería, sin permitir que yo me saliese ni un milímetro del guion que él había trazado. Yo le dejaba hacer: aquello era el entrenamiento para discutir luego con el Zori, así que me tocaba el papel de sparring. Eso duró décadas enteras. Y les convirtió en los mejores amigos del mundo, aunque ambos, como es comprensible, renegasen del otro en cuanto podían. Los demás disimulábamos la sonrisa, claro.

Zorita y Luis, la discusión eterna

Lo curioso fue que, al menos que yo sepa, jamás llegaron a ningún acuerdo en nada. Todo lo contrario: las posiciones de ambos se iban radicalizando y extremando a medida que discutían. Porque, dijeran ellos lo que dijesen, no discutían para convencer al otro, sino para vencerlo, para hacerle doblar la rodilla en el terreno dialéctico. En esto el Zorita era irreductible, todavía más que mi padre. Eso hizo que aquellas polémicas no sirviesen, en realidad, para nada, porque ninguno de los dos cedía un milímetro; pero también las hacía eternas, precisamente por lo mismo. Su perpetua controversia tenía, pues, algo de deportivo, pero el resultado saltaba a la vista: aprendían los dos, aunque no lo reconociesen. Era difícil hablar con papá sin que el Zori saliese a relucir en algún momento, se tratase de lo que se tratase. “Sí, ya dice el Zorita que…”, o cuando se le llevaba la contraria: “¡Contigo no se puede, hablas como el Zori!”. Siempre estaba presente. Y yo creo que lo seguirá estando.

La competición entre ambos llegó a extremos verdaderamente divertidos. Recuerdo el día (esto me lo contó mi padre) en que ambos paseaban por un bosque prodigioso que papi había encontrado, el bosque de Yuli, donde ahora están las cenizas de mi madre, también las de Manolo Pla y donde un día estarán las mías. El Zorita aprovechó la caminata para desgranar una de sus peroratas, seguramente tan provocadora como todas, pero mi padre estaba tan fascinado con los árboles y los arroyos y las flores y “las ya mencionadas ovejas”, que no le hacía ni caso. Hasta que el Zori concluyó: “¿Y qué piensas tú de todo esto, Luisito?” Mi padre, impertérrito: “Pues creo que estás dejando de lado el hecho social”. Ahí el Zorita se puso a resoplar como un rinoceronte y a proferir sonoros denuestos, porque estaba claro que mi padre no había escuchado ni una palabra de lo que él había dicho, y eso era lo peor que se le podía hacer al ilustre y elocuente catedrático. ¡El hecho social! ¡Vaya seta!

O la música. Tienen ustedes que saber que en nuestra familia, los Luisitos o los Péreces, todos hemos tenido siempre un extraordinario oído musical y una voz más que notable. Todos. Lo que pasa es que los Zoris… pues bueno, pues no tanto. Pero el Zorita era un sentimental y desde luego un apasionado, así que llegó a organizar un “coro familiar” como los que a veces se ven en EE UU. El Zori hacía formar a toda su familia y a la una, a las dos, a las tres, rompían a cantar una canción que a Zorita le fascinaba: O Sinner Man, aquella cosa de iglesia pop que se hizo famosa durante nuestra juventud.

Ahora se ha muerto el Zori y ya se puede decir: aquello era espantoso. Horrible. Los seis Zoris cantando aquello de Ooo sinermén, güerigonarrányu a grito pelado, sin dar una nota en su sitio ni por misericordia divina, ponía los pelos de punta. Sonaban como gatos en enero, pero ellos le echaban tal entusiasmo y tenían tantas ganas de agradar que los demás les aplaudíamos a rabiar. Cómo no.

Eduardo Zorita

Su familia era la nuestra y nuestra familia era la suya. Nos hemos querido siempre de una manera absoluta, sin fríos ni reservas. El Zori y mi padre, que eran dos fieras, tuvieron la inmensa fortuna de encontrar a dos señoras provistas de una dulzura infinita: mi madre y Marisa, que se fueron ya hace tiempo. Marisa a mí me quería como a un hijo. Literalmente. Cuando llegué al instituto, catorce años tendría, Marisa (catedrática de Ciencias Naturales) enredó todo lo imaginable para dar clase a mi grupo, es decir, a mí. Y me llamaba “Luisito” delante de toda la clase. Y me enviaba a la pescadería a comprar una sepia que luego desarmaríamos todos en el laboratorio. Y me decía: muchas gracias, Luisito, bonito, qué bueno eres. Puedes ustedes imaginarse las sonrisas llenas de dientes, los comentarios, el cachondeíto de los compañeros con “Luisito”. Tuve que suspender deliberadamente dos exámenes con Marisa para hacerme respetar. El disgusto que se llevó aquella mujer maravillosa…

Ahora se ha muerto Eduardo Zorita, sin ruido, sin molestar a nadie. Y mi padre, que lo echa muchísimo de menos (“no consigo hacerme a la idea de que el Zori se ha ido”, me decía hace unos días), me pregunta qué sentimientos ha dejado en mi vida aquel tipo irrepetible al que siempre quisimos tanto. Dejando aparte la célebre seta, cosa nada fácil, solo se me ocurre una palabra: gratitud. No siento pena. No siento dolor. Quizá melancolía, sin duda tristeza, pero sobre todo gratitud. Es raro sentir esto cuando se va alguien a quien de verdad quieres, pero en esta ocasión es así.

Eduardo Zorita nos hizo mejores a todos. No solo por lo que sabía sino por cómo lo sabía y cómo lo contaba, con qué afecto, con qué ganas de espolear nuestra curiosidad y nuestro interés por el funcionamiento del mundo. Ha sido un hombre que nunca provocó pesar sino ilusión, audacia, ganas de trabajar. Sus libros y sus artículos, tanto los que hablaban de veterinaria como –sobre todo– los que reflexionaban sobre la historia, están hoy tan vivos, tan frescos y son tan útiles como el día en que se imprimieron, y eso es, en algunos casos, muchísimo tiempo. Su ironía jamás degeneró en mala leche, su sabiduría nunca se transformó en humillación hacia los demás. Y, con la sola excepción de mi padre (pero eso era algo, ya dije, casi deportivo), jamás intentó imponer sus ideas a nadie: aquella monserga de los “rojos” y los “nacionales” era pura retórica para chinchar y avivar el fuego de la conversación; no podía ser de otro modo porque el Zori era, ante todo y sobre todo, un ilustrado. Y ser ilustrado y ser fanático son cosas incompatibles, como bien saben los ilustrados (los fanáticos, pues no tanto; esos suelen saber bastante menos).

Un día, hace no muchos años, se me ocurrió proponerle que asistiese a una Tenida, a una reunión masónica de las que a mí tanto me gustan, porque siempre pensé que despertaría su interés o, al menos, su curiosidad. Y aquel conservador irredimible, aquel católico a machamartillo, no rechazó la idea de inmediato, espantado; no me mandó a hacer puñetas ni me dijo que iba a ir al infierno, como han hecho tantos a lo largo de estos años. Me contestó con toda serenidad (cómo saber si citándolo a propósito), casi palabra por palabra, lo mismo que Abraham Lincoln le dijo a una criada suya, de raza negra, cuando esta le preguntó qué iba a hacer él con los negros, cómo se iba a comportar con ellos después de la abolición de la esclavitud, la gran obra de aquel hombre, que en aquel momento era inminente: “No les conozco”, dijo el Zorita, “no sé lo que es eso. Si proliferáis y salís de las catacumbas, me imagino que me acostumbraré a vosotros, no veo ningún problema en eso”. Son, casi exactas, las palabras de Lincoln.

Sí, nos hizo mejores. Nos regaló decenas, cientos de momentos imposibles de olvidar. Nos hizo reír y nos enseñó, muchas veces las dos cosas a la vez. Ha sido un placer, pero sobre todo un privilegio conocerle, escucharle y ser amigo suyo. Eso es lo que ahora queda, más que el dolor y por encima de la tristeza. La gratitud. Qué bien lo hemos pasado con él, caramba.

Y la gratitud queda incluso más profunda y sólida que el recuerdo de aquella seta memorable, que ninguno de nosotros ha olvidado jamás. Jopelines.

 

 

[1] Algunos estudiosos e investigadores sostienen que lo que mi hermano dijo exactamente fue “Jopelines la leva, Zorita, vaya seta”. Otros corrigen a los anteriores y aseguran que fue “Jopelina la leva, etc.”. Todo podría ser, pero la frase que a mí me quedó en la memoria para siempre fue la que he puesto en el titular. Por otra parte, qué más dará, caramba.

 

1 COMENTARIO

  1. Lo mejor que he leído en esta Navidad. Entiendo cada frase y comparto los sentimientos que las han inspirado.Luisito eres uno de los mejores comunicadores que conozco emocionando al lector en cada párrafo de tus escritos.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí