CUANDO ESTUVIMOS UN POCO EMBARAZADOS

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Cuando Viola tuvo su segunda falta entramos en pánico. No sabíamos a quién recurrir.

Imagen: Roberto García Ortiz

Teníamos diecinueve años, ella aún no los había cumplido. Se acababa de morir Franco y ya nos habíamos acostumbrado a respirar miedo. Así que yo hice, por una vez, lo mejor que podía hacer: pedir ayuda a mi padre.

Papá no quiso que nos viésemos en casa, había demasiada gente. Tomamos algo los tres en un sitio hoy inconcebible: la cafetería Kenia, llena de terciopelos granates y azules, luces estroboscópicas y música ratonera. Entonces eso era moderno, pero he visto imitaciones de burdeles mucho peores en las películas de la época. Había tres o cuatro mesas con señoras de avanzada edad que estaban allí “echando la tarde” y que nos miraban con ojos de milana.

Para mi asombro, papá ni se sorprendió, ni se enfadó, ni clamó al cielo, ni nada por el estilo, que era lo que yo esperaba. “Estáis en la edad de experimentar”, dijo tranquilamente, “yo no tuve tanta suerte. Pero hay que tener cuidado, ya lo veis”. Luego preguntó si estábamos seguros, pero completamente seguros, de que Viola estaba embarazada.

Dijimos que no, que seguros del todo no. Que no sabíamos dónde conseguir una prueba del embarazo, ni cómo usarla. Pero que tenía toda la pinta. Dos faltas seguidas. Teníamos mucho miedo.

Papá sonrió. “Bien. Lo que tenéis, si es que lo tenéis, no es un niño. Todavía no. Es un accidente. Un accidente que os puede destrozar la vida a los dos. Tendríais que dejar la universidad, seguramente casaros; tú tendrías que ponerte a trabajar en lo que fuese y tú, chiquilla, a medio plazo también. Todos vuestros planes, todos vuestros sueños, se harían pedazos. Es probable que tuvieseis que seguir juntos toda la vida, os quisieseis o no, que esas cosas cambian mucho. En fin. Eso es lo que pasa con los accidentes”. Encendió un cigarrillo (papá entonces fumaba) y añadió, siempre sereno: “Si los accidentes no se pueden evitar, como parece el caso, lo único que se puede hacer es procurar eliminar sus efectos. Supongo que en eso estamos los tres de acuerdo”.

Imagen: Jack B. y Luke Southern, Unsplash.

Yo veía visiones. Papá nos estaba proponiendo interrumpir el embarazo, abortar. Porque aquello (lo repitió varias veces) no era todavía un niño sino un accidente. Sí, claro que estábamos de acuerdo. Pero eso ¿cómo se hacía? ¿Había pastillas, quizá? ¿Había médicos? ¿En España? ¿En aquella España de entonces?

Lo primero era estar seguros de que el accidente se había producido de verdad; que aquel retraso no era una de las frecuentes alteraciones metabólicas de Viola, que tenía un metabolismo muy… bueno, muy ocurrente. No puedo recordar quién nos consiguió cita con un ginecólogo muy prestigioso, por supuesto privado, el doctor Hoyos.

El doctor Hoyos era del Opus Dei. Esto se sabía y, además, no había más que ver la decoración de aquel sitio. Aquello parecía una notaría o, todavía mejor, una sacristía del siglo XIX. Santos, vírgenes, orlas universitarias, molduras doradas. La enfermera se llevó a Viola para hacerle lo que entonces se llamaba la “prueba de la rana” y después el médico entró con ella en la consulta para examinarla. Era la habitación de al lado. La puerta quedó abierta. Yo no vi nada, pero lo oí todo.

Cuando el médico, lleno de santo júbilo, exclamó: “¡De lo que no hay duda es de que estás embarazada! ¡Enhorabuena, querida!”, yo me agarré con las dos manos al respaldo del sillón frailuno que tenía delante, cerré los ojos y supliqué a todas las fuerzas celestes que me tragase la tierra allí mismo.

Pero entonces apareció la enfermera con un papelito y dijo, tan tranquila: “Doctor, el resultado de la prueba es negativo”. Oí unos carraspeos, un “¿Seguro?”, un “Pero no puede ser”, un gemidito de Viola. Dos minutos después estábamos los cuatro en el despacho. El médico, sofocado y claramente nervioso. Viola, sudando y medio mareada. Yo, con la cara de James Cagney en El enemigo público. Y la enfermera, que estaba detrás, me guiñaba un ojo, muerta de risa. El tal Hoyos: “Bien, pues al final parece que es una falsa alarma… Qué pena, ¿verdad, chicos? Pero no pasa nada, ¡otra vez será! ¡Hay que confiar en Dios!”.

Cuando le contamos que no estábamos embarazados, papá se descongojaba de risa. Nos dijo que quería hacernos un regalo y me puso en la mano una ristra de bolsitas cuadradas, de color plata, con letras en inglés. “Son preservativos, Luisito. Condones”. Yo, que no había visto semejante cosa en mi vida, le pregunté de dónde los había sacado. Y mi padre soltó una de sus célebres frases: “La necesidad aguza el ingenio, chaval. Por algo tienes tú cuatro hermanos y no diez o doce”.

Un accidente. Habría sido un accidente. No un niño, todavía no. Eso me quedó clarísimo.

Hace unos días, el Tribunal Supremo de Estados Unidos ha anulado la ley que, desde hace cincuenta años (casi desde el tiempo en que Violita y yo estuvimos “un poco embarazados”), permitía a las mujeres interrumpir voluntariamente sus embarazos; es decir, poner remedio a los accidentes. Eso devuelve al país, en términos de libertades y derechos, a los tiempos del doctor Hoyos. En el caso de EE UU no es, como pasaba aquí, la todopoderosa Iglesia católica la que ha conseguido este escalofriante regreso a la Edad Media. Ha sido el enjambre de las sectas evangélicas, que en América (del norte, del sur y del medio) son cada vez más poderosas, más influyentes, más cerriles y más fanáticas. Los evangélicos, que son los torquemadas del siglo en que vivimos, prometieron a un libertino inmoral como Donald Trump su apoyo para ser presidente. Sin ese apoyo, no lo habría conseguido.

El precio era este. Acabar (aunque no en todos los Estados de la Unión: menos mal) con un derecho fundamental de las mujeres, como es decidir sobre lo que se hace con su propio cuerpo. ¿En nombre de qué? ¿De la libertad? ¿De la democracia? ¿De la vida? No. En nombre de la fe. De las creencias religiosas de un grupo –poderoso, influyente– de iluminados. De su diosito. De la convicción de que lo que dice su diosito está por encima de la ley, de los derechos individuales, de la democracia. Ese es el germen de todas las tiranías de la historia: la imposición de las creencias de unos pocos a todos los demás. Conseguir que para todos sea delito lo que solo para ellos es pecado.

¿Acabará con el aborto (que siempre es un drama para la mujer) esta resolución del Tribunal Supremo de EE UU? En absoluto. Que no lo piense nadie porque no es verdad. El aborto volverá a ser, allí, como era aquí en mi juventud: una cosa que pueden hacer y harán, a la chita callando, los ricos. La prohibición restaurada solo afectará a miles de mujeres pobres que, como pasaba en España hace medio siglo, no tienen medios para pagar un viaje al extranjero o el silencio de un médico clandestino. Volverán, para ellas, los abortos furtivos, insalubres, peligrosísimos para sus vidas; lean la magistral novela Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos (publicada en 1962), y se harán una idea de lo que se les viene encima a miles de norteamericanas. Tendrán que dejar que sus accidentes se conviertan en niños incluso si han sido violadas, incluso si lo que va a venir es inviable, incluso si hay riesgo evidente de que la mujer pueda morir. Es dantesco. Pero, eso sí, diosito y sus fanáticos seguidores estarán muy contentos.

¿Permanecerá para siempre esta prohibición? No. Eso es imposible. Durará unos años, seguramente no muchos. Pero antes o después desaparecerá porque las libertades, aunque sea despacio y con tropiezos, se abren paso siempre. Las tiranías, las imposiciones, las prohibiciones, acaban por caer, un día u otro. La Ley Seca duró, en EE UU, apenas 14 años, hasta que se demostró que era inútil y además peligrosa. Este disparate de ahora, propiciado por los diositos y sus cómplices en la extrema derecha norteamericana, no puede durar mucho más. Además: La OMS demuestra que se produce un número muy parecido de abortos en los países en que es legal y en los países en que está perseguido.

Viola y yo nunca tuvimos hijos (ni juntos ni por separado) y nos distanciamos cordialmente al cabo de unos años. La interrupción voluntaria del embarazo es legal hoy en España, lo mismo que en todos los países del mundo (en unos con unas condiciones y en otros con otras) menos en seis: el Vaticano, Nicaragua, El Salvador, Honduras, República Dominicana, Abjazia y Madagascar.

Y el doctor Hoyos hace mucho que se murió. Es un disparate tratar de resucitarlo. Ni siquiera diosito puede hacer eso.

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