POLÍTICA, POLITIQUILLOS Y SUFRIDORES CIUDADANOS

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Después de una jornada de reflexión en Castilla y León cargada de insultos de rojos y fachas en redes sociales, como ellos se denominan los unos a los otros con un carácter despectivo; y de unas elecciones cuyos resultados inevitablemente llevan al bloqueo institucional por los que quieren pactos a cambio de sillones y prebendas, mi cabeza ha derivado hacia la Grecia clásica, donde la política nació, según nos recuerdan los manuales, como el noble arte de ordenar la vida común para alcanzar el bien colectivo.

Aquella política que en su origen estaba asociada a la prudencia, al debate razonado y a la búsqueda de acuerdos entre ciudadanos libres, sin embargo, contemplada desde la experiencia contemporánea parece haber sufrido una curiosa metamorfosis. Allí donde antes se esperaba la serenidad del estadista, ahora suele aparecer la figura del político profesional; y junto a él, inevitablemente, una nutrida corte de polítiquillos, asesores, estrategas de comunicación y expertos en convertir cualquier problema público en una oportunidad para la propaganda. Mientras tanto, el ciudadano —que es quien sostiene el sistema con su trabajo, sus impuestos y su voto— observa el espectáculo con una mezcla de paciencia, resignación y creciente ironía, salvo los lobotomizados seguidores de  sus lideres que elevan a la categoría de dioses y únicos salvadores de la patria.

Las ideologías políticas suelen presentarse como promesas luminosas. Cada una de ellas ofrece una visión del mundo en la que la justicia, la igualdad, la libertad o el progreso alcanzan una forma casi perfecta. Son palabras hermosas que evocan un horizonte deseable, una especie de utopía política donde los problemas colectivos encuentran finalmente solución. Pero la realidad política tiene la curiosa costumbre de deformar las promesas iniciales. Aquello que nace como una eutopía —un buen lugar imaginado para la convivencia— acaba transformándose con frecuencia en una distopía cotidiana marcada por la confrontación permanente y la ideología excluyente. Las ideas dejan de ser herramientas para comprender la realidad y se convierten en trincheras desde las que se dispara retórica en el mejor de los casos, contra el adversario. En ese momento, la política deja de ser un espacio de deliberación y se convierte en una competición de fidelidades inquebrantables, donde lo importante no es tanto comprender como vencer.

La confrontación se ha convertido, de hecho, en uno de los combustibles principales del sistema político contemporáneo. Cada partido denuncia con solemnidad la agresividad del contrario, al tiempo que practica con notable eficacia exactamente la misma estrategia. Los discursos se llenan de advertencias sobre los peligros que representan los otros: los irresponsables, los reaccionarios, los populistas, los enemigos del progreso o los enemigos de la nación, según el ángulo ideológico desde el que se pronuncie el discurso. En esta curiosa coreografía política, todos parecen denunciar el odio político mientras contribuyen, con admirable perseverancia, a alimentarlo. Incluso se han popularizado expresiones singulares para señalarlo. Se habla con frecuencia del “hodio”, palabra que a veces aparece en boca de quienes denuncian la hostilidad del rival. El detalle interesante es que ese odio siempre parece residir en el campo contrario; el propio, naturalmente, suele presentarse como una forma perfectamente legítima de indignación moral. La autocrítica, por su parte, continúa siendo una especie bastante escasa dentro del ecosistema político.

A este escenario se suma otro rasgo característico de nuestro tiempo: la creciente influencia del marketing político. Gobernar ya no consiste únicamente en adoptar decisiones razonables o eficaces, sino en administrar cuidadosamente la percepción pública de esas decisiones. Los problemas se analizan tanto en términos de impacto comunicativo como de eficacia real. Las encuestas, los titulares y las tendencias en redes sociales se convierten en instrumentos casi tan importantes como las propias políticas públicas. El político moderno se parece cada vez más a un gestor de imagen que a un responsable del bien común. Cada gesto, cada frase y cada silencio se estudian con la meticulosidad de una campaña publicitaria. Las ruedas de prensa se diseñan para producir titulares, los debates parlamentarios para generar fragmentos virales, y las redes sociales amplifican la indignación colectiva hasta convertirla en un recurso político de gran rentabilidad, mediante un peligroso entramado de autómatas que reproducen los discursos de sus lideres. Entretanto, los problemas reales —la economía cotidiana de las familias, la calidad de los servicios públicos, el acceso a la vivienda o el futuro de las generaciones jóvenes— permanecen ahí, esperando una atención menos teatral y más eficaz.

De manera que, cuando se habla de ciudadanos sufridores no se alude únicamente a quienes padecen las consecuencias de decisiones políticas discutibles, sino también a quienes, de manera consciente o inconsciente, se dejan arrastrar por la dinámica de confrontación que los propios políticos alimentan. Las redes sociales se han convertido en un nuevo campo de batalla donde muchos ciudadanos reproducen el mismo esquema de enfrentamiento que observan en sus representantes. En lugar de espacios de diálogo, se transforman con frecuencia en trincheras digitales desde las que se combate al adversario ideológico con una intensidad que raramente admite matices. La equidistancia, el equilibrio o la duda razonable parecen virtudes sospechosas, y la autocrítica se vuelve tan escasa entre los ciudadanos como entre los propios partidos. Así, la polarización política termina infiltrándose en la vida social cotidiana, dividiendo amistades, entornos familiares y comunidades que antes convivían con mayor naturalidad en la diversidad de opiniones.

Pero el sufrimiento ciudadano no se limita al terreno de la confrontación ideológica. También se manifiesta en la experiencia diaria de unos servicios públicos que, en demasiadas ocasiones, resultan cada vez más deficientes o insuficientes. La mala gestión, el cortoplacismo político y, en no pocos casos, la corrupción acaban erosionando la confianza en las instituciones y deteriorando la calidad de las prestaciones que deberían garantizar el bienestar colectivo. El ciudadano no sólo contempla con frustración el espectáculo de la confrontación política, sino que además se ve obligado a soportar las consecuencias prácticas de un sistema que, en ocasiones, parece más preocupado por la supervivencia electoral que por la eficacia de su gestión.

En este contexto, resulta difícil señalar a un partido que encarne plenamente lo que debería entenderse por libertad política en su sentido más noble. La libertad no consiste únicamente en defender la propia ideología, sino también en respetar la opinión contraria y reconocer la legitimidad de quien piensa de forma distinta. Sin ese respeto mutuo, las ideologías tienden a volverse excluyentes, y la sociedad corre el riesgo de fragmentarse en compartimentos cada vez más cerrados. Cuando desaparecen la unión y la tolerancia, la convivencia se deteriora progresivamente y la vida pública pierde parte de su dimensión humana.

Quizá por eso la política necesite recuperar una perspectiva más humanista. No una política concebida únicamente como instrumento de lucha partidista, sino como una responsabilidad orientada al bien común. Políticos con sentido de Estado, capaces de pensar más allá de la satisfacción inmediata de sus votantes y dispuestos a buscar acuerdos duraderos que beneficien al conjunto de la sociedad. Políticas equilibradas, estables y razonables que no cambien al ritmo de cada ciclo electoral y que tengan como objetivo último proporcionar bienestar real y una auténtica justicia social.

Mientras tanto, el teatro político continúa representándose con admirable constancia. Los políticos interpretan sus papeles con entusiasmo, los polítiquillos aspiran a papeles mayores y los ciudadanos ocupan su lugar habitual en la platea. Pagan la función, escuchan los discursos, observan los enfrentamientos y esperan, con una mezcla de paciencia y escepticismo, que en algún momento el espectáculo se parezca un poco más a aquello que, hace siglos, alguien imaginó como el arte de gobernar para el bien común. Y así, entre promesas grandilocuentes y estrategias de comunicación, la política sigue avanzando, no siempre hacia la utopía prometida, pero casi siempre acompañada de la ironía inevitable de quienes la contemplan desde la realidad cotidiana.

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