ESA NECESIDAD

0
40942
129

 

No, Dios no tiene ojos. Nunca los tuvo. Tantea a tientas, con sus flagelos, todo lo que aún no existe, buscando en el vacío la textura del mundo que teme imaginar. 

No ve: palpa la nada como quien intenta recordar un sueño.

En cada estremecimiento de su culpa florece una chispa, y esa chispa se convierte en creación. Pero, ¿qué crea exactamente sino el eco de su propia fatiga?

Me conmueve su torpeza. Lo imagino balbuceando en la eternidad, ensayando formas de absolverse, arrojando luz sobre la sombra para reconocerse en el contraste.

“Si vis amari, ama”, murmura para sí, con la candidez del que ignora que nadie lo escucha.

¿Cómo habría de oírlo la nada?

El infinito es sordo, y su canto rebota en sí mismo, un sonido curvo que jamás llega a destino.

Hay en Dios una necesidad que lo delata: crear para existir. Como si su ser dependiera del hacer, como si el gesto fuera la única prueba de su presencia.

No hay truco ni simulacro en su credibilidad, sólo la desesperación de quien se sabe posible pero no real.

La vida —oh, la vida— es el fruto vulgar de esa urgencia, el residuo de una esencia que quiso comprenderse creando caricaturas de sí.

Quizá la divinidad no sea más que un accidente ontológico: un intento de la nada por justificarse. Y nosotros, los reflejos torpes de esa búsqueda, vivimos entre el pudor y la risa, sospechando que toda existencia es un titubeo divino.

Si Dios alguna vez se mira, lo hará sin ojos; y si alguna vez comprende, será en el instante en que cese de crear.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí