VIVIR SIN GARANTÍAS

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Hace ya bastantes años me crucé, casi de madrugada, con un viejo peluquero, muy conocido en mi ciudad. A mi saludo y a la pregunta sobre qué hacía tan temprano por la calle, me respondió con una naturalidad que entonces no supe interpretar:

— Ahora, a dar un pequeño paseo y después… a disfrutar la maravillosa rutina de cada día.

 

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Aquella expresión —“la maravillosa rutina de cada día”— me dejó desconcertado. No entendía cómo podía calificar de maravillosa lo que no eran más que hábitos repetidos, gestos cotidianos que, precisamente por su reiteración, tendemos a considerar anodinos.

Durante mucho tiempo, aquella frase quedó en mi memoria como una curiosidad, algo que no terminaba de encajar del todo en mi forma de entender la vida. Solo con el paso de los años empecé a comprender que encerraba una intuición más profunda de lo que parecía.

No se refería a la rutina como repetición mecánica, sino como estructura. Como ese conjunto de pequeñas certezas que ordenan la vida y le dan una apariencia de estabilidad. Levantarse a una hora determinada, seguir un itinerario conocido, encontrarse con las mismas personas, realizar tareas previsibles. Todo ello configura un entorno en el que parece que nada va a alterarse de forma brusca.

Es, en cierto modo, una vida con garantías.

O, al menos, con la sensación de que las tiene.

Y esa sensación no es trivial. Nos permite organizarnos, proyectar, tomar decisiones con una cierta confianza en que el contexto no va a cambiar de manera inesperada. Nos da seguridad y, en muchos casos, tranquilidad.

Pero esa seguridad tiene un alcance limitado.

Porque la vida, por su propia naturaleza, no ofrece garantías plenas. Basta con que una circunstancia cambie —una enfermedad, una dificultad económica, un problema familiar, un acontecimiento imprevisto— para que ese entramado de certezas se vea alterado. Lo que parecía estable se vuelve incierto, y lo que dábamos por seguro deja de serlo.

Y cuando eso ocurre, no solo cambia la situación externa. Cambia también nuestra forma de estar en ella.

La rutina que antes sostenía la vida deja de hacerlo. Los hábitos pierden su eficacia. Las previsiones ya no sirven. Y aparece una sensación de desajuste que no siempre es fácil de gestionar.

Es entonces cuando comprendemos que la seguridad en la que nos apoyábamos era, en gran medida, provisional.

Que no todo depende de nuestra organización, ni de nuestra previsión, ni siquiera de nuestra prudencia. Que hay un margen de incertidumbre que no puede eliminarse por completo.

Aceptar esto no es inmediato.

La reacción habitual suele ser de resistencia. Intentamos recuperar cuanto antes la normalidad perdida, restablecer el orden anterior, volver al punto en el que todo parecía estar bajo control. Pero no siempre es posible. Y, en algunos casos, esa insistencia solo añade frustración a la dificultad inicial.

De ahí la necesidad de aprender a vivir sin garantías.

No en el sentido de renunciar a toda previsión ni de instalarse en la incertidumbre como forma de vida, sino en el de reconocer que hay aspectos de la existencia que no pueden asegurarse completamente. Y que, precisamente por eso, requieren una forma distinta de afrontarse.

Vivir sin garantías implica aceptar que lo inesperado forma parte de la vida.

Implica no derrumbarse cuando las circunstancias cambian, ni aferrarse de manera rígida a un esquema previo que ya no se sostiene. Supone desarrollar una cierta flexibilidad, una capacidad de adaptación que no depende de tener todas las respuestas, sino de saber mantenerse en pie cuando estas faltan.

También exige una forma de fortaleza más silenciosa.

No la que se apoya en la seguridad de lo previsto, sino la que se construye en la incertidumbre. La que permite seguir adelante sin tener todas las variables controladas. La que no elimina la inquietud, pero evita que esta paralice.

Y, al mismo tiempo, introduce una forma distinta de valorar lo cotidiano.

Aquello que antes se percibía como simple rutina puede adquirir un sentido nuevo cuando se entiende que no está garantizado. Los pequeños gestos, los encuentros habituales, la normalidad misma dejan de ser evidentes y pasan a ser algo que conviene cuidar.

En ese sentido, la “maravillosa rutina” a la que aludía aquel viejo peluquero no era una forma de negación de la realidad, sino una manera de habitarla.

Una forma de reconocer el valor de lo estable sin ignorar que puede cambiar. De disfrutar lo cotidiano sin darlo por asegurado. De encontrar sentido en lo repetido sabiendo que no es permanente.

Quizá ahí reside el verdadero aprendizaje. No en eliminar la incertidumbre —lo cual no es posible—, sino en convivir con ella sin que determine por completo nuestra forma de vivir. En aceptar que no todo puede preverse, pero que eso no impide seguir adelante con cierta serenidad.

Porque, en el fondo, vivir no consiste en asegurarlo todo.

Consiste en sostenerse cuando no todo puede asegurarse.

 

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