En tiempos de inmediatez y apariencias, recuperar la noción de verticalidad interior puede ser un acto de resistencia. La imagen antigua de la plomada nos invita a vivir con coherencia, a mantenernos fieles a nuestros principios en todos los planos de la existencia. Este artículo propone una mirada simbólica y reflexiva sobre la integridad como eje invisible de una vida auténtica.

A principios de los años noventa tuve la oportunidad de visitar por dentro el embalse José María de Oriol, más conocido como la Presa de Alcántara. Vista desde fuera, impone por sus dimensiones. Vista desde dentro, sobrecoge por su vacío. Perteneciente a la categoría de “presas de gravedad”, su propia masa es la que resiste el empuje del agua. Sin embargo, lo que más me sorprendió no fue su colosal estructura, sino uno de sus sistemas de seguridad más discretos: un conjunto de plomadas que descienden desde lo alto de la presa a lo largo de sus 130 metros de altura.
El mecanismo es sencillo, pero impecable. Un hilo metálico, rodeado en puntos clave por aros circulares, desciende verticalmente. Si, por alguna razón, la presa se desplazase mínimamente, el hilo tocaría el aro y activaría la alarma. Es la plomada —no en su peso, sino en su fidelidad a la vertical— la que garantiza la seguridad del conjunto. Me quedó grabada esta imagen: la de un hilo que, por su lealtad a la gravedad, se convierte en símbolo de vigilancia, de medida y de conciencia.
Desde entonces, cada vez que pienso en una plomada no la imagino como una simple pieza de plomo colgando de un hilo. Al contrario: pienso en el hilo mismo como el protagonista. En francés, de hecho, se llama fil à plomb, el hilo a plomo, que expresa con más precisión su verdadera naturaleza. El hilo es el que define la línea, el que señala la rectitud. El peso es necesario, sí, pero secundario. Es el hilo el que debe mantenerse tenso, equidistante de la pared, para permitirnos evaluar si algo está “a plomo”.
Ese mismo hilo se transforma fácilmente en símbolo. Un símbolo de integridad, de verticalidad ética y de coherencia interior. Y tal vez lo que más necesitamos hoy, en un tiempo tantas veces oblicuo, no sea tanto el peso de los dogmas o las doctrinas, sino la tensión viva de un hilo que nos recuerde, constantemente, la distancia entre lo que somos y lo que decimos ser.
Me atrevería a decir que vivimos rodeados de plomadas simbólicas. Algunas cuelgan invisibles en los gestos cotidianos, en la coherencia entre nuestros principios y nuestras acciones. Otras se manifiestan en las decisiones que tomamos cuando nadie nos observa. Todas nos miden.
La imagen de la plomada nos invita a una reflexión sobre la rectitud no como rigidez, sino como fidelidad a un eje. La vertical no es solo una dirección en el espacio; es también una aspiración del espíritu. Cuanto más elevada sea la “nuez” desde la que cuelga nuestro hilo —es decir, cuanto más altos sean nuestros principios—, mayor sensibilidad tendremos para detectar nuestros desvíos. Y cuanto mayor sea el peso de nuestras experiencias, nuestros conocimientos y nuestra madurez, más firme será la línea que trazamos.
Pero la existencia humana no se limita a lo vertical. También hay una dimensión horizontal: nuestra vida se despliega en el tiempo y en la multiplicidad de relaciones que tejemos. Vivimos simultáneamente en muchos planos: el personal, el familiar, el laboral, el social, el artístico, el ético. Y en todos ellos, si queremos considerarnos personas íntegras, deberíamos mantener el hilo a igual distancia de la pared, sin inclinarlo hacia un lado u otro según las conveniencias o las apariencias.
Ser una persona “a plomo” significa no permitir que nuestras acciones en un ámbito contradigan los valores que decimos sostener en otro. De poco sirve la brillantez intelectual si se acompaña de mezquindad emocional. Es vano exhibir pureza espiritual si se carece de honestidad en la vida práctica. La plomada no permite autoengaños: o está recta o no lo está. Y si en algún punto la distancia del hilo a la pared varía, hay que revisar la construcción. No para derribarla, sino para corregirla.
También hay un matiz poético en todo esto. El hilo de la plomada une el cielo y la tierra. Une la aspiración con la acción. Y nos recuerda que ser rectos no es un gesto heroico y puntual, sino una disciplina diaria, silenciosa y constante. Como decía Kipling en su poema If…, lo que importa es mantenernos íntegros “cuando todo a nuestro alrededor se desmorona”. Rectitud es saber perder sin amargura, ganar sin soberbia, convivir sin servilismo ni altivez. Es estar de pie ante uno mismo.
No se trata de una exigencia moralista, sino de una invitación a la autenticidad. Hay quien se esfuerza toda la vida por parecer. Pero la plomada no mide las apariencias: mide lo que somos. El hilo está ahí, invisible a los ojos de otros, pero siempre presente para quien desea vivir con conciencia. El problema no es desviarse —todos lo hacemos en algún momento—, sino no querer darse cuenta. El verdadero peligro es ignorar que hemos dejado de estar a plomo.
Esta imagen, tan sencilla y tan antigua, puede hablarnos hoy con una intensidad nueva. Frente al ruido del mundo, al vértigo del cambio, al vaivén de las ideologías, ¿tenemos aún un hilo del que colgar nuestros valores? ¿Seguimos manteniendo en tensión nuestros ideales más altos? ¿Permitimos que nos mida el hilo de la verdad, o preferimos la comodidad de la inclinación?
Volver a la plomada es, tal vez, volver a lo esencial. No se trata de buscar la perfección, sino de cuidar la coherencia. De aceptar la imperfección sin dejar de aspirar a lo mejor. De medirnos con humildad y corregirnos con ternura. De estar atentos, como en aquella presa, a cualquier roce entre el hilo y el aro. Porque quizás sea ese roce el que nos salve del derrumbe.






Encantada de seguir tus artículos. Gracias Teo.