VEINTISIETE DE FEBRERO DE DOS MIL VEINTIDOS

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Veintisiete de febrero del veintidós. Vigesimotercera vuelta de un servidor alrededor del astro solar que orbitamos a una todas y todos. El regional que atraviesa el litoral de mi tierra efectúa su puntual parada en la central ferroviaria de la capital de mi provincia. Sara y yo aprovechamos para subirnos, ya que es el tren más rápido de aquellos que, dirigiéndose hacia nuestro destino, transcurren por estas vías; además es el que tiene los asientos cómodos. Y todo esto por exactamente el mismo precio que los otros, menos confortables y más lentorros. Mira tú qué cosas…

Una manta de nubes grisáceas ha protagonizado la primera etapa de la jornada. De todos modos, los escalonados callejones de Peñíscola se mostraban encantadores, a excepción de aquellos atiborrados por ponis que arrastraban carros, para que algunos acomodados turistas pudieran evitar caminar un poquito de más por entre las callejuelas del casco antiguo, que se mostraban ante ciertos sensibles ojos como escenas carentes de humanidad y sentido. La explotación animal jamás se caracteriza por su sensatez; no conduce al equilibrio, ni cuando se utiliza para permanecer por capricho con el pandero plano.

El sol ha querido asomarse a saludar de vez en cuando a partir de mediodía. Hemos tomado una copa de cava y otra de sangría, bien fresquitas ambas. Algunas instantáneas han atrapado el bello recuerdo que también permanecerá en sendas memorias; diamantes por oxidar. El cariño y la consideración nos han querido guiar muy amable y afablemente a lo largo de toda la excursión; compañeras muy gratas y lindas las nuestras, quedan invitadas pues para la próxima ocasión.

No miento al afirmar que hoy ha sido un día, más bien, está siendo un día increíblemente perfecto, excepcionalmente genial. No miento al confirmar que es el aniversario que menos gente me ha felicitado; tampoco miento al reconocer que nunca jamás me había importado tal posibilidad tan poco. Soy sincero al escribir la realidad que hoy he experimentado dentro de mí, junto a mi amada jovieja, y es que la paz, el amor y la sencillez que conforman la esencia de este viejoven hoy se ha manifestado [acaba de llamarme el mestre Marc para felicitarme] entre risas, caricias, miradas, abrazos, mordiscos y besos.

La fortuna y la abundancia son conceptos sencillos; sencillos de experimentar, que no de expresar verbalmente. Se requiere poco más que nada para sentirlas propias y presentes; una consciencia humana y una mirada desapegada suelen bastar para ello. Por regla general, cuantas más variables quieran entrometerse en la búsqueda para el encuentro de estas, más extraña se torna su aparición y experiencia. Quién es feliz, poco quiere; esto lo sabe bien todo departamento de marketing.

Termino la jornada en el interior de una acogedora habitación que ya conozco muy bien. Antes me ha llamado también Ale. Una balada que no conozco suena de fondo y me siento observado y feliz. Soy un ñoño empedernido, lo sé, y me encanta. Doy un poco de cringe y me flipa; solo por ver esa sonrisa otro día más merece la pena darlo sin duda alguna, con certeza absoluta.

 

 

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