VACIO

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Más del 99,9999% del átomo de hidrógeno, que es uno de los elementos más abundantes en el cuerpo humano, es espacio vacío. A la ganadora del Premio Nobel de Física de este año la idea le resulta divertida; a mí me desconcierta.

En la foto del periódico, la científica Anne L’Huillier, a quien no tenía el gusto de conocer hasta que leí sus declaraciones, brinda con una copa de champán y cara de circunstancias por la concesión del galardón más importante del mundo. Se la ve algo agobiada por la presencia de los fotográfos y el agasajo de sus colegas y alumnos de la universidad, quienes a su vez levantan sus copas llenas de brebajes extraños, y muestran la mejor cara de felicidad que un científico sueco pueda poner. Seguramente todos estén deseando que este momento de euforia pase rápidamente para volver a sus investigaciones. Sin embargo en una esquina de la foto alguien sostiene un ramo de flores, que ella deberá recoger y agradecer, alargando un poco más este escueto acto de celebración. La señora L’Huillier me recuerda a una compañera de trabajo que tenía en París: ligeramente rolliza, piel sonrosada, pelo gris sin teñir, ojos azules como los de tantos franceses. Su vestimenta es anodina y práctica, y en general luce como alguien que no se preocupa de las cosas externas, sino más bien por asuntos con enjundia. No se preocupen, no diré ahora que “bajo ese aspecto de campesina bretona se esconde una mente maravillosa”. Sencillamente, es que me recuerda a aquella señora. Marie Noëlle, se llamaba. Y no sabía cómo empezar este artículo, aturdido como estoy desde que hace semanas leí sus declaraciones en el periódico. Así que perdonen.

Estamos compuestos básicamente de espacio vacío, afirma ella (Anne L’Huillier, no Marie Noëlle). Los electrones de los átomos que nos forman bailan frenéticamente en torno a sus núcleos, guardando una distancia proporcionalmente sideral.  A la doctora le gusta mucho esta idea, y dice que por eso la física le resulta tan divertida. Yo, que bajo mi aspecto de menestral ibérico no escondo una mente maravillosa, y soy por lo tanto incapaz de imaginar semejante cosa, me perturbo.

Por un lado, no lo entiendo. ¿No atraviesan las balas los cuerpos, los cuchillos las gargantas? ¿No penetran las esquirlas de hormigón en las carnes de los bombardeados? ¿No rugen los estómagos de hambre, no se mojan las mejillas con las lágrimas del dolor? ¿No se inundan de agua los pulmones de los ahogados? ¿No chocamos con un líquido azul y refrescante cuando nos tiramos a nuestras piscinas? ¿No pesan una barbaridad los aviones que nos llevan al Caribe, las televisiones de plasma que compramos, las bolsas llenas de comida al salir del supermercado, los escombros de un edificio cañoneado? ¿No gozan los cuerpos al enlazarse, no los atraviesan oleadas de placer? ¿No fluye el vino por nuestras gargantas en los días de fiesta? ¿Es falsa la sensación de hartazgo en nuestras barrigas satisfechas, después de mucho comer? La solidez de tanto dolor y  de tanto placer, que yo creía indiscutible, se escurre entre los huecos de los átomos.

Por otra parte, pensándolo bien, comprendo muchas otras cosas. Si estamos vacíos, es por eso por lo que nos atravesamos con la mirada sin vernos, como si nuestros cuerpos fuesen transparentes. Si estamos vacíos, por eso sentimos la necesidad de llenar ese espacio aterrador con palabras y con ideas. Casi siempre huecas, como nuestras partículas, muchas veces estúpidas, odiosas o llenas de rencor, a veces (las menos) hermosas. Si estamos vacíos, el tiempo nos atraviesa como la brisa entre la hierba, no lo vemos pasar  y lo perdemos para siempre. Si estamos vacíos, quizá por eso lo único que nos importa es el dinero, algo que en realidad no existe. Si estamos vacíos todo nos resulta indiferente, y ante la terrible posibilidad de que quizás lo sea, de que quizá nos dé igual que otros no se llenen el estómago, que se ahoguen en las pateras, que los asesine un terrorista o que los sepulten entre escombros, nos agarramos a cosas tan etéreas que hasta están desprovistas de electrones, como la propiedad, la ideología o las ganas de tener un coche nuevo.

Yo rebusco entre tanto vacío, abrazo un sano escepticismo como la mejor manera de ver el mundo, y veo hermosura y una cierta justicia poética en el triste hecho de que, al final, seguramente no seamos nada. Pero encuentro, en los átomos de la mujer que amo, en sus cavidades insondables, una razón para mantener los míos junto a los suyos. Ese misterioso encantamiento es lo único que me permite navegar cada día en medio de esta maravillosa desolación.

 

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