USAR EL TIEMPO AJENO

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Aunque este ansiado retorno a nuestras costumbres habituales, y lo digo así, cansado de lo de la vuelta a la normalidad, se muestra casi imparable, me temo que ciertas costumbres, algunas realmente espantosas, tienen pinta de quedarse entre nosotros. La más dañina, la más innoble, la cita previa.

La cita previa, tal como la entienden los bancos, los estamentos oficiales, la mayoría, e incluso algunos profesionales, es aquella artimaña por la que alguien que tiene la obligación de atenderme, dispone de mi tiempo como si fuera suyo y además considera que tengo que estar reconocido.

Me ha pasado ayer en un notario, aunque los notarios siempre han usado la cita previa como parte de su parafernalia laboral, y además estoy convencido que luego incluyen en la minuta mi tiempo, aunque la cobren ellos.

Como iba diciendo, el notario me citó a las nueve y media de la mañana, y, por eso de ser impuntualmente puntual, llegué a las nueve y veinticinco. Me identifiqué ante la recepcionista que, en un acto de sinceridad que no siempre existe, me dijo que la oficial encargada de rematar nuestro escrito había salido a tomar café.

¿En serio?  ¿Me dan cita dos semanas antes a una hora en la que la persona que a esa hora debe de recibirme toma café? ¿O es que esa persona, de nombre Olga, en un absoluto ejercicio de mala educación decide irse a tomar café a pesar de que sabe que a esa hora hay una persona citada? ¿O simplemente es que mi tiempo administrado por esa notaría, crece absolutamente de valor? Para ellos, claro. Mi dignidad me dice que, ante tamaña tropelía, mi respuesta debería de ser levantarme e irme, pero, en esta notaría, como en el banco, como en la cola del paro, o en cualquier otra cola de una institución pública o privada, saben que tu dignidad tiene el mismo valor, para ellos, que tu tiempo, y que, si te levantas y te vas, a ellos poco les puede afectar, pero tú tienes que volver a empezar para acabar pasando, de nuevo, por ese mismo proceso, más por todos los trámites anteriores. Eres reo de tu necesidad, y de su papel imprescindible. Así que te tragas tu dignidad, tu orgullo y tu cabreo, menú de difícil digestión, y acabas poniendo cara de aquí no pasa nada, no vayas a regalarle, además de tu tiempo, el espectáculo de tu inútil cabreo. Y, estoy convencido, ellos lo saben y les importa un ardite.

Bueno, por seguir en la historia de este notario de Almería, que podría haber sido de Teruel, Madrid o San Sebastián, o de cualquier punto, porque la libre, y liberal, disposición de nuestro tiempo no es patrimonio de ningún lugar concreto, como no lo es de una actividad profesional concreta, una vez que la oficial en cuestión nos recibió, asistimos a otros veinte minutos de repaso del escrito, corrigiendo, borrando o incorporando datos que ya figuraban en la documentación que habíamos aportado dos semanas antes. Al fin, una hora después de la que inicialmente se nos había citado para firmar unos papeles, dos folios, tres caras y media, fuimos pasados a una sala mayor, a la que también fue convocado el señor notario, para proceder a la firma. Y aquí sí que estuve a punto de explotar.

Al cabo de unos minutos, posiblemente diez, el notario se persona en el quicio de la puerta en la que estábamos, introduce un pie y, antes de llegar a introducir el otro, se gira requerido por alguien el pasillo, que le comenta algo “sottovoce”. Inopinadamente, sin saludar, sin un gesto de reconocimiento o disculpa, se gira y vuelve a introducirse en el despacho con alguien que acompañaba al murmurador del pasillo. Y pudo ser otro cuarto de hora, tranquilamente, el tiempo ajeno del que dispuso sin ningún tipo de consideración, sin el más  mínimo atisbo de educación.

Cualquiera puede entender que haya alguien que, por amistad, por urgencia, por contactos, por la vía española, que yo le llamo, te pisa el turno. Pero ¿la educación no entra entre las materias que un notario debe de aplicar en su trato con los clientes? ¿No sería más razonable, educado, saludar a las personas que están en la sala, y con cualquier excusa volver al despacho?

El caso es que algo más de hora y media después de la cita, y en un acto de cinco minutos, conseguimos estampar nuestra firma en un documento imprescindible, e imprescindiblemente pasado por notaría, para nuestros fines. No fue caro, en dinero, en tiempo y en humor impagable

Pero, por no quedarnos en las notarías, no olvidemos esos bancos, esas ventanillas de citas de organismos públicos, esos embudos públicos y privados en los que vemos como desaparece nuestro tiempo absorbido por una organización que ya nos considera reos de su falta de interés en la atención a nuestros problemas, que, queramos o no, tiene que pasar por sus manos.

¿Nuca ha entrado a una oficina de banco, diez o doce clientes en la cola, siete ventanillas de atención al público de las que solo una está operativa, con una persona que tarda más de veinte minutos en resolver su gestión?

¿Nunca ha ido a un organismo público para solicitar una cita, coge número y hay setenta por delante, y observa, con indignada resignación, como de todos los puestos de atención, menos de la mitad están operativos, y cuando llegan unos funcionarios se ponen a conversar con los que están, y a continuación los que estaban se van y se quedan, pero aún sin coger ritmo, los que han venido, que alguno aún se levanta y se pierde por los pasillos o mamparas que delimitan los oscuros e inaccesibles pasajes de la dependencia, sin que importe cuántos quedan atendiendo, cuántos esperan, ni durante cuánto tiempo?

Si alguien retribuyera los sistemáticos tiempos que pasamos esperando turnos, por imperativo legal, por pelotas, la mayoría de los ciudadanos de este país no tendríamos que trabajar, cobraríamos mucho más que el salario mínimo, y podríamos, sin la mala baba, sin la desesperación, sin el cabreo monumental que habitualmente nos acompaña, dedicarnos a hacer colas interminables para mayor provecho y placer de aquellos que viven de que las haya, y el tiempo nos sería devuelto, le sería devuelto a sus legítimos propietarios.

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