¿UNA SOCIEDAD SIN CLASES?

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La conciencia de clase, por lo menos desde donde escribo, en el Reino Unido que todavía tiene cierta obsesión con el tema de las clases sociales, es un asunto bastante peculiar. En los siglos XVIII y XIX, cuando la conciencia de clase comienza a tomar forma,  la clase  social poseía una fuerte carga emocional e ideologica en medio del sistema capitalista emergente, además de ser  un estado real, físico y material en el que el obrero debía gestionar las estructuras de poder del momento desde la desventaja.  En otras palabras, la idea de clase tenía un componente ontológico básico en su núcleo. Uno era, ante todo, miembro de su clase social y parte del engranaje económico del momento.

Hoy, en los días cínicos y posmodernos del capitalismo desastre, la clase es un concepto mucho más simple.  Eres lo que posees independientemente de tu moralidad, inteligencia, habilidad y credenciales académicas. En la ausencia de ideología, el dinero se convierte en el método y en el fin último de todo.

Nadie quiere  reconocerse como clase trabajadora a día de hoy.  Mucha gente que vive de un salario cree que forma parte de esa idealizada y cada vez más escasa clase media.  Pero a esta gente les han vendido una moto que no funciona, un sueño que está roto y que es impracticable. Y despertar de esa falsa conciencia de clase es un poco como esa línea en la película Fight Club:

“Todos hemos sido criados en la televisión para creer que algún día todos seríamos millonarios, dioses del cine y estrellas de rock. Pero no lo seremos. Y poco a poco estamos aprendiendo ese hecho. Y estamos muy cabreados”.

Mucha gente no se da cuenta de que el sistema ya nos ha categorizado a todos y cada uno de nosotros en base a nuestro potencial económico y  propiedades.  Y aunque muchas personas  creen ser de clase media debido a su educación universitaria o trabajo, la clase social en la actualidad es puramente un reflejo de lo que se posee.  Eres lo que tienes.  Eres “lo que vales”, tristemente.  Afortunadamente, todos podemos hacerle un corte de manga al sistema y ser anticapitalistas inmanentistas, es decir vivir desde la realidad del sistema sin creer en este ni aceptarlo.

Es hora de traer de vuelta el orgullo de clase, en ese caso.  Y es precisamente porque la idea de la clase trabajadora ha sido ninguneada hasta ser casi una palabra  tabú que la izquierda se ha derrumbado en occidente. Centrada en la fluidez de género, la corrección política y otros tópicos resultantes del marxismo cultural, la izquierda ha olvidado sus raíces y las razones de su existencia: los derechos y el bienestar de las clases trabajadoras.  Y las clases trabajadoras somos todos o casi todos.

Puede que estemos viviendo en el mar turbio y confuso de la posmodernidad, pero las viejas estructuras de poder todavía siguen en su sitio, aunque con diferentes nombres y bajo diferentes formas y es el deber de la izquierda volver a desafiar a estas estructuras de poder en pos de la igualdad de oportunidades, la equidad económica, la educación, la sanidad pública y la vivienda digna. Estas cosas jamás deben darse por derecho inmutables y pueden desaparecer de un día a otro. Especialmente en estos días extraños.

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