UNA IMAGEN Y CASI MIL PALABRAS…

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Con la caperuza del bolígrafo desgastada de morderla y un cuaderno repleto de tachones, sin escribir nada durante horas, decido levantarme a estirar las piernas, a despejar la mente.

Entre la quinta y la décima vuelta por el pasillo de mi casa me encuentro con mi imagen en el espejo y paro, me acerco como si me hubiera descubierto por primera vez.ç

«Nos vemos mucho, pero nos miramos poco», me digo mientras acaricio mi cara en el cristal. Deslizo los dedos por cada una de las arrugas, que por muchos intentos en evitar su aparición, aquí las tengo, anunciando la misma decadencia que las canas que reverberan (y mira que odio esa palabra) en mi pelo.

Pienso en todas las historias que podrían contar si quisieran. Entonces sonrío, me arrugo aún más y mis ojos de china occidental desaparecen, engullidos por ellas.

Sin saber por qué empiezo a desnudarme, así, sin una pizca de erotismo ni pasión, como lo hago cada noche antes de acostarme, pero esta vez, observándome. Persigo el rastro de mis manos desabrochando los botones de la vieja camisa que utilizo para estar en casa. Manos jaspeadas ya por alguna mancha, cada vez más esqueléticas, como las patas de un pollo. Deslizo unos dedos contra otros para descubrir que al menos, la suavidad sigue ahí, son manos de acariciar. Las hay diseñadas para tocar, para atrapar, incluso están las que alejan o producen rechazo. Las mías han nacido para regalar caricias.

Continúo mirando cómo me despojan una a una de todas las prendas, y es en ese momento, cuando percibo todas las vidas que habitan en mí.

Intento verme como te gusta hacerlo a ti, por la espalda, desde lejos, pero no lo consigo. Me giro todo lo que la elasticidad de mi cintura permite, consiguiéndolo a medias, apenas un fragmento de espalda, medio culo.

Donde tú ves voluptuosidad yo veo madurez; tú encuentras sensualidad en mis caderas, yo descubro grasa mal acumulada por el paso del tiempo, que ha formado curvas tridimensionales y desproporcionadas.

Todo comienza a colgar, el envés de los brazos, el pecho, la carne que ya no es magra… Prueba evidente de que la gravedad existe.

Y una extraña mueca tuerce mi cara en el perfil del espejo; triste, insatisfecha y resignada.

Repaso los mismos pasajes que tú has recorrido antes, los senderos de la cruz de mi cuerpo. Mis ojos pisan por donde han caminado los tuyos, por cada huella…

Entonces pienso si observar por detrás no es hacer trampa, es un no querer mirar de frente, no querer saber lo que dicen los ojos, lo que silencian los labios. Tener miedo a reconocer, a querer quedarse.

Agito la cabeza para echarte, no voy a verme en ti ni por ti, quiero ser mía, revivir una historia apasionante de más de medio siglo, cincelada en blanco sobre mi piel.

¡Tanto por contar! Si mis cicatrices hablaran, y no me refiero a las físicas que son muchas, «hilvanando mi lado izquierdo, donde se encuentra el corazón», me autoplagio. Me refiero a las otras, a las reflejadas en las ojeras, en el brillo que va perdiendo la mirada, las que cuentan batallas perdidas y muchas guerras ganadas.

Me alejo para tomar distancia y poder ver el metro sesenta y cinco de mujer que está frente a mí. Acaricio las curvas de mi vientre convertidas en barriga; mullida y confortable, donde tu cabeza ha encontrado la calma. Lejana de esos tiempos en los que su superficie era lisa, solo desnivelada por el cráter de un ombligo.

Paisaje abrupto el de mi cuerpo, repleto de mesetas y colinas, con inmensas pendientes que acaban desembocando en unas piernas que fueron firmes y ahora son como la superficie lunar donde tus dedos han dejado sus marcas, colonizadores de una piel de naranja que no necesita dueño.

Esa que está desnuda, con diez kilos y quince años más de los que le gustaría tener. Esa que hoy mira su espalda con la esperanza de descubrirte observándola; la misma que tiene tachones en su cuaderno de escribir. Esa mujer sonríe, hace una reverencia ante el espejo, recoge las bragas que están abriendo una fosa en el suelo, y se las pone de nuevo. Seguidas de esa camiseta que ha envejecido con ella, la que le arrancaste por primera vez.

Una vez vestida y con el grato placer de haberme conocido, me dirijo a la mesa del salón, y por fin, comienzo a escribir.

Publicaciones y libros de la autora.

 

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2 COMENTARIOS

  1. Me he sentido muy identificada con este relato y… eso es bueno no? Porque esa es tu manera de relatar, sencilla y bella ( como nosotras)

  2. Sí, el imparable paso del tiempo que a veces es tan difícil de llevar. Es muy bonito que un lector se sienta identificado y conmovido por un relato. Mil gracias una vez más, Su.

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