UNA DECISIÓN CRUCIAL. Parte 2ª

El regreso de los soldados

Apenas había transcurrido la noche, amanecía, el jeep reapareció por la calle principal. Sus ocupantes quedaron estupefactos al ver salir a varios paisanos de sus casas, se aproximaban deprisa al mismo lugar del día anterior donde les esperaban otros tantos. Un cabo acompañaba a los soldados, probablemente recién ascendido. Al reencontrarse siguieron el mismo proceder del día anterior, un breve saludo y la presentación del cabo al mando, tras los cuales no se demoraron en reiterar sus intenciones, insistiendo en llevarse a Ceferino y sus muchachos. Lo que sucedió inmediatamente después desencadenó una complicada y arriesgada situación que pudo acabar siendo una tragedia más de la guerra. Mi abuelo, consciente de su responsabilidad, de la obligación en preservar los derechos y la seguridad de sus vecinos, les solicitó la orden por la que aquellas personas debían acompañarles al cuartelillo.

-¿Una orden? No es necesario. Ayer les comunicaron mis compañeros que solo les requerimos para hacerles unas cuantas preguntas- le respondió el cabo visiblemente incómodo

-¿Han matado a alguien? ¿Han robado?- preguntó súbitamente mi abuelo desorientando a todos

-Ummm, no, no han matado a nadie ni han robado- admitió el mando, desarmado frente a las inesperadas preguntas

-Bien. Puesto que no han cometido ningún delito ni tampoco tienen una orden de su superior entenderán ustedes que no pueden llevárselos sin más-

-Al capitán no le va a gustar nada que volvamos sin ellos- el cabo mostraba sin ambages su animadversión

-Entonces díganle a su capitán lo siguiente, para la autoridad que represento en estos momentos es imprescindible presentar una orden especificando las razones, firmada y sellada por él- concluyó cada vez más convencido de que había algo extraño en su proceder.

Hasta ese momento los soldados no habían intervenido, tan convencidos parecían estar de no encontrar resistencia alguna a la presencia de su superior. Pero cuando la tensión crujió en el ambiente hiriendo las entrañas y adquirió tintes dramáticos comenzaron a acariciar las culatas de sus armas, pretendían por la fuerza amedrentar a la gente. El peligroso gesto llevaba implícito un aviso calculado. El cabo sopesó la enrevesada situación que se estaba desarrollando. En un vano intento de salir del atolladero procuró suavizar las palabras.

 

-Sea usted razonable, no debe interponerse. En cuanto sean interrogados podrán volver al pueblo-

-¿Interrogarlos?- frunció el ceño, y tras hacer una pausa continuó. -Cumplo con mi obligación. Le sugiero a usted que también cumpla con la suya trayendo esa orden, cabo. Es la manera correcta de hacer las cosas- argumentó manteniendo la calma

-¿Está protegiendo a esos rojos?- le gritó repentinamente encolerizado uno de los soldados aferrando la mano al fusil

-Pero ¿qué rojos ni qué ocho cuartos? ¿De qué está usted hablando?-

-Son comunistas ¿no lo sabe?, les vamos a buscar les guste o no- manifestó bastante crispado

-De aquí no sale nadie mientras yo represente a la autoridad en este pueblo- afirmó propinando un enérgico golpe al suelo con el bastón

-¿Por qué les defiende, se puede saber?- intermedió el cabo intentando controlar al soldado

-Es mi responsabilidad proteger a mis paisanos. La vida de una persona es algo sagrado y no se cuestiona. Las ideas son otra cosa bien distinta-

-Apártese- exigió obstinadamente el soldado

-¡No, no pasará usted si no es por encima de mi cadáver, soldado!- exclamó con contundente solemnidad

La lapidaria frase provocó un estremecimiento general. Temiendo una inmediata represalia la gente se apiñó todavía más, si cabe, en torno a su imponente figura, viéndose forzados a contener el aliento. De pronto, en su punto álgido, la resonancia de unos sonidos familiares, cotidianos, rasgaron providencialmente la intransigente atmósfera. Al fondo de una calle aparecieron los pastores llevando un rebaño de ovejas y cabras detrás, propiedad de diferentes vecinos. Se abrían paso en busca del espigadero, atrayendo la atención a través del tintineo de las esquilas. La desenvoltura de los perros pastores dirigiendo la marcha junto a sus amos, animando al rebaño a seguirles, acompañados por el alegre sonido de sus cascabeles, completaban el espectáculo. Su aparición contribuyó a rebajar los ánimos exacerbados de los presentes y la necedad calenturienta del soldado.

Los compañeros igualmente se resistían a marchar derrotados, vacilaban. Finalmente debieron calibrar las consecuencias derivadas de cualquier hecho ilícito y decidieron irse, demasiados testigos. No sin antes encararse a mi abuelo con aire desafiante.

-Volveremos con esa orden-

-No se molesten, seré yo quien vaya a hacer una visita a su superior para aclarar este asunto tan desagradable, en cuanto me sea posible- les respondió sin caer en la provocación ni perder un ápice de dignidad

El ruido del jeep alejándose quedó ahogado por el paso del rebaño y su imagen desvanecida entre la intensidad del paisaje. Jamás regresaron con la orden. Poco tiempo después supieron que se había tratado de una argucia utilizada particularmente a fin de satisfacer perversos rencores ideológicos, propiciados por una guerra cainita. Como decía mi abuelo, ‘eran los malos quereres, hacían aflorar los instintos más bajos del ser humano’. Lo sucedido fue transmitido de “boca en boca”, divulgado como un secreto a voces entre las gentes, por motivos obvios lo mantuvieron en discreción durante el tiempo que duró la guerra. Ceferino agradeció con lágrimas en los ojos el haberles salvado la vida a él y a sus hijos, siempre encontraba la ocasión para destacar la integridad y el coraje de un hombre bueno que no se cruzó de brazos cuando el mal hizo acto de presencia.

Este relato está basado en los hechos verídicos que fueron protagonizados por mi abuelo, Vicente Pedraz. Los nombres de los demás protagonistas han sido cambiados para mantener su privacidad.

Desde siempre he sentido un especial interés por mis raíces y por las historias de mi familia. ‘Saber de dónde vengo para Saber quién soy’. Esta es una de ellas, mi innata curiosidad me llevó a preguntar hasta la saciedad y a escucharla en multitud de ocasiones. Ahora la he rescatado del anonimato para honrar su memoria, agradeciendo el tesoro inestimable, en forma de principios y valores esenciales, que defendió a ultranza y nos legó con su ejemplo.

A mi abuelo con todo mi amor

Fin

‘La tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es la maldad’

-Thomas Mann-

 

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