UNA DECISIÓN CRUCIAL. Parte 1ª

 

 

Era la época estival de 1.937. A mediodía los labriegos regresaban al pueblo tras una dura jornada en el campo. Desde el pescante los carreteros dirigían a los bueyes que tiraban de los carros cargados con el preciado alimento recién recolectado de las áridas tierras, los haces de trigo. Un lejano y sutil temblor, percibido a través de las pezuñas, obligó a titubear a los animales que nerviosos se plantaron tozudamente en medio de la terrosa y parcheada carretera, negándose a continuar. Rogelio, un mozalbete aún barbilampiño, algo desgarbado y despierto, aguzó el oído, sentenciando segundos después, -es el rugido de un coche militar-. El estupor se dibujó en los rostros de los labradores. -¿Cómo podía saberlo?- se preguntaban enmudecidos. El asombro dio paso a un justificado temor. Un pensamiento común asaltó sus mentes. -¿Soldados? Nada bueno traerían-

Los bueyes tirando del carro

El zagal fue el primero en reaccionar, valiente, decidido, saltó sobre el lomo de su inseparable amigo, un alegre caballo con quien compartía los albores de la adolescencia. Sujetó las riendas y antes de partir giró un instante dirigiéndose al grupo, –daré aviso-.

Un año antes

El domingo, 19 de julio de 1.936, resultó una fecha luctuosa que marcó un antes y un después, un rumbo inesperado en la Historia de España. En Salamanca los militares sublevados irrumpieron en los edificios gubernamentales, al mismo tiempo sus compañeros distribuían varios destacamentos en diversos puntos de la ciudad. Una compañía de Infantería procedió a leer un bando en la Plaza Mayor, quedaba establecida la disolución del Ayuntamiento hasta entonces dirigido por el Frente Popular. La confusión se adueñó del gentío presente en el acto. Al finalizar la lectura se produjo un altercado y la tropa reaccionó disparando indiscriminadamente, algunas personas inocentes perdieron la vida. Fue el trágico preludio de los tiempos oscuros que se avecinaban para el país.

Los obreros declararon espontáneamente una huelga general y mantuvieron infructuosos tiroteos con los militares. Los conatos de resistencia que se produjeron en la provincia fueron sofocados y cientos de personas detenidas llenaron a rebosar la prisión provincial.

Posteriormente

El 28 de septiembre Francisco Franco resultó elegido por la Junta de Defensa Nacional como Generalísimo de los ejércitos nacionales y jefe del Gobierno del Estado. Desde esa fecha quedó instalado su Cuartel General en el Palacio Episcopal de Salamanca.

Bombardeo

Durante los meses siguientes la ciudad fue bombardeada en distintas ocasiones, así como los extrarradios y la provincia. Uno de tantos proyectiles lanzados cayó en la Plaza de Anaya cerca de los departamentos establecidos por el incipiente gobierno franquista. Aunque no llegó a explotar, algunos hombres resultaron heridos. En ambos bandos eran escasas las referencias que se hacían a la prensa. Muchos jóvenes se alistaron voluntarios. La ciudadanía pronto comenzó a sufrir las devastadoras consecuencias de la incivil y fratricida guerra, su libertad se vio coartada a través de férreos controles y las recién impuestas cartillas de racionamiento provocaron, incluso favorecieron, la clandestinidad de mercancías de primera necesidad.

Memoria Histórica. Desfile pro dictador en la Plaza Mayor de Salamanca.

Tras un año de contienda

El intrépido mozuelo instigó al galope a Saltarín lanzándose desatado campo a través en busca de un conocido atajo. Cuando llegó a la Ermita de la Virgen del Viso, situada sobre una loma en las afueras de Monterrubio de la Armuña, hizo un alto, oteó con desasosiego el entorno y al verlo aún despejado suspiró con cierto alivio. Impulsó de nuevo a su cabalgadura cuesta abajo hasta alcanzar como una exhalación la placita de la entrada. Los estridentes gritos alertaron a su paso a los vecinos quienes sobresaltados por la algarada abandonaron sus quehaceres, acudiendo diligentes a la llamada.

Ermita de la Virgen del Viso. Monterrubio de la Armuña. Salamanca.

El joven desmontó de un brinco frente a un edificio pintado de blanco, de una sola planta, al que llamaban ‘la bodega’. El vasto y diáfano espacio del interior, al que se accedía a través de unos anchos escalones, era utilizado por los lugareños en determinadas fechas. Sin duda el periodo de mayor auge recaía en el mes de agosto, entonces celebraban la fiesta grande en honor a su Patrona, la venerada Virgen del Viso. Los habitantes del pueblo lo transformaban en un lugar de encuentro, dinámico, especialmente alegre y bullicioso. Compartían felizmente aquel tiempo de asueto junto a familiares, amigos, conocidos, llegados de pueblos colindantes, también de la ciudad. Las desenfadadas reuniones lúdicas durante el día y las verbenas al atardecer tocando al son de pasodoble hacían las delicias de oriundos y visitantes. Pero aquellos pletóricos días de júbilo, de concordia, quedaron repentina y desgraciadamente eclipsados por el estallido del conflicto, la habitual armonía fue sustituida por un estado de intensa y colectiva aflicción, de zozobra.

La llegada de los soldados

El jeep militar dejó la carretera comarcal, giró en una curva a la derecha y entró en la calle principal. Avanzó hasta detenerse frente a la barrera humana que formaba el agrupado vecindario. Atónitos por tan inesperado recibimiento los soldados intercambiaron una cómplice y fugaz mirada. El que iba en el asiento del copiloto fue el primero en bajar del vehículo. Mientras se ajustaba la guerrera e inclinaba la cabeza hacia atrás, haciendo alarde de superioridad, fue acercándose a los presentes. Instintivamente se dirigió a quien parecía encabezar el grupo. Se trataba de una figura trajeada, irradiaba una autoridad invisible, natural, apoyado en un bastón sobresalía del resto. Tendría poco más de cuarenta años, alrededor de 1’90, corpulento, vigoroso. Su aspecto imponía, inspiraba respeto a la vez que mostraba una confianza inquebrantable en sí mismo. Los inquisitivos y verdosos ojos transmitían determinación e integridad. Era Vicente Pedraz, mi abuelo. Tras intercambiar un breve saludo, antes de que el soldado pronunciase una palabra más, mi abuelo, aquel hombre inmenso, le preguntó amablemente.

-¿Qué les trae al pueblo, soldados?-

-Queremos ver al alcalde- respondió el interpelado

-No se encuentra aquí estos días. Tal vez yo les pueda ayudar, represento a la autoridad en su ausencia-

-Preguntamos por Ceferino y sus hijos- se apresuró a contestar el otro soldado

-¿Por Ceferino, dicen ustedes? ¿Hay algún problema con su familia?- preguntó bastante extrañado ya que se trataba de gente sencilla

-No es nada importante, solo deben acompañarnos para responder unas preguntas- replicaron en tono contenido, velado, no consiguiendo con ello más que aumentar las suspicacias.

Un leve murmullo cargado de creciente excitación rompió el silencio entre el arracimado vecindario. La atrevida voz de alguien se alzó en medio del tensionado ambiente para advertir, -marcharon bien temprano a trabajar el campo, no sabemos cuándo regresarán-

Contrariados por la imprevista situación los soldados decidieron no levantar más sospechas, intercambiaron entre ellos unas palabras, ininteligibles a los oídos ajenos a pesar de la máxima expectación que había. Intentando aparentar una inexistente normalidad dieron media vuelta hacia el jeep diciendo -volveremos en unos días-, así se despidieron. A medida que se alejaban de la vista de los lugareños la realidad de un destino incierto golpeó a éstos bruscamente en el alma,  una densa pesadumbre fue apropiándose libre y lentamente de cada uno de ellos. Mi abuelo continuó estático, pensativo, preocupado, su pertinaz mirada escudriñaba el horizonte, como si esperase que el rugido del motor o la estela dejada por el vehículo le fuesen a hacer alguna extraordinaria revelación. Cuando se volvió hacia sus asustados paisanos, andaban enzarzados verbalmente entre infinidad de elucubraciones, él ya había tomado una decisión. -Volverán pronto, habrá que estar vigilantes. Mientras tanto esconderemos bien a nuestros vecinos hasta que este feo asunto se aclare- dijo, y a continuación exclamó con evidente recelo -¡Me da mala espina!-

Fin de la primera parte.

Continuará….  no lo pierdas… en los próximos días.

 

 

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