UNA CUESTIÓN DE HONOR

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Hoy me pregunto si es posible combatir la maldad con la bondad, dicho de otro modo: ¿no nos convierte la bondad  en un blanco perfecto para los malos?.

Hay quien dice que lo hombres buenos tienen que ser como esporas con el fin de dispersión de lo que es correcto, del recto actuar, de las virtudes humanas. Pero, vuelve a surgirme la duda, ¿es suficiente esta labor de dispersión para garantizar nuestra propia supervivencia?. Valga a modo de ejemplo las guerras frente a la invasión o ataque contra la soberanía de un Estado, ¿sería suficiente con mostrar al enemigo que no somos un país belicoso o nuestral o, por el contrario, iniciaríamos un contra ataque para defendernos?.

Dijo el escritor, filósofo y político irlandes, Edmund Burke, allá por la segunda mitad del Siglo XVIII, que: “Lo único necesario para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada”.

Nos movemos por influencia del cristianismo en torno al perdón a nuestros enemigos, lo cual no deja de ser el fruto de nuestra compasión hacia quien nos infiere dolor con su conducta, bajo la premisa que su actuación al primero que perjudica es a él mismo. Bien, hasta ahí todo correcto, pero qué hacemos si una y otra vez somos víctimas de su agravio, de su conducta maligna: ¿perdonar setenta veces siete?, como dice el Evangelio según san Mateo 18, 21-35.

Cierto es que el pecado no es el principal motor de mi conducta, y tampoco la culpa, sólo  la responsabilidad por mis actos, y sobre todo la conciencia que, el principal perjudicado del  deseo de venganza frente al agravio recibido  soy yo mismo, pues, irremediablemente, me lleva al odio. Ahora bien, quedarse impasible ante el mal recibido, no conduce, en la mayoría de los casos,  a otra cosa más que esa conducta se repita una y otra vez, no sólo contra  nosotros mismos, sino contra los demás, fruto de una pulsión psicológica, quizá patológica.

Existen personas que infieren daño a los demás porque creen que hay una causa que la justifica, ni siquiera siendo conscientes del daño que causan, muchas veces fruto de un narcisismo maligno que les lleva a no empatizar con los demás. ¿Debemos enfrentarnos a ellas?.

Desde luego que ese buenismo ante el mal ajeno no conduce a nada, o más bien a muy poco, sino nos ponemos en nuestro sitio, es decir, sino hacemos valer el respeto que nos merecemos, lo que consiste no sólo en tomar conciencia de lo que valemos y merecemos y, así mostrarnos frente al que nos ataca y, en general, frente al mundo exterior; sino también analizando el fin que persigue quien con tal conducta nos agravia. Identificado tal fin, no es más que elegir la vía más adecuada, evitando la confrontación; siendo la más adecuada, en muchas ocasiones la denuncia, en caso de sobrepasarse los limites sociales marcados para considerar una conducta como delictiva, pero, sobre todo, mostrando con nuestra conducta reforzada por la templanza, cuáles son los límites que deben ser respetados por los demás.

 Al igual que las guerras, incluso las de defensa o contra ataque, son el mayor fracaso de la humanidad ante lo vacuo de otras vías, como la diplomacia, lo mismo sucede con el efecto acción/reacción frente a los ataques contra nuestra persona,  la inteligencia debe ser nuestro principal motor, guiada siempre por la compasión frente al enemigo, por las razones ruines, espurias o por su patología narcisista inapropiada o de cualquier otro tipo, que les conduce a actuar fuera de su propio honor como condición o  cualidad moral que nos lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo.

1 COMENTARIO

  1. Cuando tus palabras no son mas interesantes que el silencio, no digas nada. Asi me quedo. No se que decir. Ya no se si creo en la bondad

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