UN TORTUOSO PLACER

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Juan Bas

Leo ‘Una cuestión de alcohol’ (Alrevés), un relato de Juan Bas. Se trata de un periodista polifacético. Ha sido guionista de series de televisión como Farmacia de guardia o Turno de oficio. Es autor de varias novelas y volúmenes de relatos, con los que ha obtenido los Premios Euskadi de Literatura y el Dashiell Hammet, de la Asociación Internacional de Escritores Policíacos; que cada año se entrega en la Semana Negra de Gijón. Y ya hace más de diez años que Bas fundó el ‘Festival Internacional de Literatura y Arte con Humor’ Ja!, del cual es director.

Un extraño sentido del humor se aúna en estas páginas con las alucinaciones del terror. Es de notar que Juan Bas ha escrito también un Tratado sobre la resaca (2003) y La resaca del amor (2009); una insistencia sobre el tema. El redactor de Una cuestión de alcohol confiesa que el hecho de estar ebrio y los pánicos que ello conlleva dan alguna significación a su vida insustancial. Dice llamarse Julio Ejido, haber sido abogado, tener sesenta años y que la confesión que escribe carece de valor, puesto que carece de destinatarios. Lo cierto es que no produce un leve atisbo de esperanza, no ya de ilusión. Nos transmite su vivencia de aislamiento y desolación, quién sabe si a causa de una pérdida insuperable o a la entrega a un hábito que causa estragos. Vacila entre la baja autoestima de una declarada mediocridad y el desprecio hacia los seres más inmediatos. En cualquier caso, es un texto dedicado a los borrachos pacíficos, discretos y solitarios que no malogran más vidas que la suya.

Julio Ejido se refiere a “estos estúpidos tiempos de jactancia de la incultura”, donde mucha gente no sabe descifrar los números romanos que algunos aprendieron de niños. Todo es cenizo. Ubicado en un alcoholismo que califica de mediocre y que interpreta como “la soledad perfecta, la autosuficiencia ególatra, el cultivo de la misantropía y un tortuoso placer”. Se sabe convertido en un neurótico y en un solitario lleno de manías.

Menciona una paradoja que califica de ridícula: “que siendo un mediocre en todo me crea superior a la mayoría, más inteligente, y esté inflado de arrogancia y desprecio hacia los demás”. No obstante, confiesa que su afición por la literatura y el cine le “salvan de caer en una oscuridad cotidiana absoluta y alivia mi rigurosa soledad”.

Desde esa perspectiva, el protagonista convive con películas como Días de vino y rosas, Días sin huella, Sin perdón, Círculo rojo, El irlandés, Bajo el volcán, Los olvidados, Viridiana, Tristana, Perros de paja o All That Jazz. O con relatos como El corazón delator, de Edgar A. Poe; Las palmeras salvajes, de William Faulkner; El encuentro, de Borges.

Y tararea la melodía Baker Street, de Gerry Rafferty, entre otras resonancias. Ciertamente, son unos placeres cuajados de amargura no declarada, confusa y corrosiva.

 

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