Tenía los pies helados, tanto que había dejado su huella estampada en las pantorrillas, como el surco de un ángel en la nieve. ¿Cómo es posible que pudiera tener unos pies tan fríos y un corazón tan caliente? Se pregunta mientras repasa una y otra vez esa sensación con las manos. De no ser por ese rastro pensaría que solo había sido un sueño, que había vuelto a aparecer sin llamarla, como un fantasma llegado para perturbar la noche y descabalar la tranquilidad conseguida en su nueva vida.

Gira noventa grados y boca arriba, mira el techo. Escucha movimientos por la casa y decide esperar un poco para reunirse con los demás. Hoy no tiene que ir a trabajar y puede disfrutar de los restos que le han quedado en el cuerpo de esa visita, a la que hacía mucho tiempo que no había vuelto a ver.
Le ha crecido el pelo desde su última aparición, lo sabe por las cosquillas que han pasado de puntillas sobre sus párpados. Cuánta locura ha visto en sus manos, en su cuerpo de gata en celo; tanta como verdad en su mirada fija, ausente, herida de tanto tragar vida sin tamizar. Le ha alborotado el pelo comprobando que es el suyo, pero en mayor cantidad. Un espasmo de alegría le ha recorrido el cuerpo, seguramente la estuviera soñando, pero era tan real como el abultamiento que ha dejado bajo su ropa interior.
Deja caer su mano para comprobar que lo que siente es cierto, hace mucho que no amanece así, con la juventud rebrotándole en el cuerpo. La puerta de la habitación se entreabre y él cierra los ojos instintivamente, como si un coche se abalanzara sobre él y no quisiera ver su propio atropello. Necesita un rato más para asumir que la rutina ha comenzado ya y con ella los quehaceres diarios. Supone que le están esperando para desayunar, pero se siente incapaz de probar bocado, está saciado, durante la noche ha desfallecido en el banquete de Caná, indigesto de comer con la boca, las manos; hambre satisfecha con los ojos y el olfato. Ahora siente ganas de vomitar, no sabe si por el exceso o por el vacío que le ha dejado después, toda esa nada que ha quedado.
Regresa al lugar donde ha estado mientras dormía, comprueba que basta con tan solo querer hacerlo y su mano vuelve a acariciar esa cabeza despeinada, puede recorrer sus pensamientos con tan solo cruzar con los dedos la línea del cabello. Su aliento le empaña los labios para después dibujar en ellos un corazón con la lengua. Vuelven a helársele las piernas y siente sus pezones derretirse sobre el pecho, como una granizada de verano.
Sujeta su cara entre las manos, sabe que hay momentos que hay que dejar pasar para que vuelvan. Y que ella regresará a colmarle cada vez que él lo desee.
Un beso de despedida se posa en sus ojos y una lengua viva, serpentea por las partes resucitadas. Sabe que puede ir al infierno ese mismo día y no volver, si ella le anima simplemente con su mirada.
Hay cosas que cuando se aprenden no se olvidan y él, mejor que nadie, sabe lo fácil que es perderse en el infinito que ella guarda dentro.
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