UN PEQUEÑO UNIVERSO

0
15375

 

 

Cuando el señor Necio, encontró una moneda de diez céntimos en el suelo, su primera reacción fue pisarla y ocultar el pequeño disco dorado  del resto de los paseantes que aquella tarde soleada de finales de marzo, adornaban el paseo del Pintor Rosales.

Durante unos minutos, Necio contempló triunfante la esfera espacio-temporal que le rodeaba. Se veía a sí mismo, como una de aquellas esculturas de emperadores romanos que aparecían en los libros de texto de su infancia; altivo,  valiente, dominador, sabedor del gran secreto que se ocultaba bajo la suela de goma del zapato negro de su pie izquierdo. Cuando despertó de su grandeza, Necio se percató del hecho ya irremediable de que, al pisar la brillante moneda, se había llevado por delante, además, una mierda de perro de tamaño medio, con lo cual  su ingreso extra, estaría sumido en un holocausto de olorosos  excrementos.

Muy lejos de entrar en estado de pánico, el señor Necio, anclado al suelo por diez céntimos y un zurullo canino, lo mismo que un soldadito de plástico actuó deprisa:    solicitó cortésmente a una señora escuálida que pasaba a su lado paseando a su Yorkshire enano, dos bolsas «sanecan». Después y con la tranquilidad que supone la cercanía del éxito, sacó el pie izquierdo del untuoso zapato y lo metió en una de las bolsas, para a continuación, despegar con la mano del suelo el conjunto mocasín-moneda-mierda e introducirlo en la segunda bolsa. De esta guisa, Necio llegó a su casa, radiante, exultante. Sin quitarse el abrigo, colocó unos periódicos viejos sobre la mesa del salón y pasó el resto de la tarde limpiado con unos palillos redondos cada raya de la enmierdada suela del zapato.

Finalmente a las nueve y siete minutos de la noche, la moneda diez céntimos cayó en el periódico. Un lavado a chorro de grifo, y el color dorado regresó a la décima parte de euro. Necio recogió los restos de la limpieza y los tiró al retrete. Tuvo que poner un par de varitas de incienso, ya que la casa, de 37 metros cuadrados,  apestaba a culo de Beagle. Necio durmió como un ángel aquella noche. A la mañana siguiente, Necio Rodríguez Pujalte, dejó aquellos diez céntimos de propina en el bar donde todos los días se tomaba una cerveza con aceitunas Malagueñas   de aperitivo. Jesuso, el dueño de «La Perla. Tapas y vinos» echó la monedita al bote de las propinas. Necio sonrió como nunca antes lo había hecho. Y es que sólo él conocía del ruido que hace la muerte al caer sobre el tiempo perdido de los viejos.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí