UN PAÍS SIN RECURSOS

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Asomarse a la prensa es, con bastante frecuencia, asomarse a un abismo insondable que se va tragando el país en el que pretendemos vivir, un país inerme, indefenso, más cada día que pasa, sin una perspectiva clara de futuro, vaciado económica, ética e institucionalmente. Un país sin recursos a la vista para cambiar un camino de auto destrucción fruto de la mediocridad de sus políticos, la inacción de sus ciudadanos y el entreguismo de su entramado empresarial, de su ex entramado empresarial.

Las noticias se suceden sin que nadie parezca advertir que día a día nuestro país cede su riqueza, sus riquezas, al capital extranjero que poco a poco va socavando la pertenencia de sectores estratégicos al capital nativo, pintando un futuro en el que, ante cualquier tipo de necesidad o conflicto, no haya el más mínimo margen de maniobra, en sectores estratégicos, para enfrentarlo.

Hace unos días leía con tristeza la venta de todo el entramado naviero con Baleares, incluidos los barcos y las concesiones sobre las terminales de Barcelona y Valencia, que pasaba de las manos de la naviera española Armas-Transmediterranea a la naviera italiana Grimaldi. O sea, que los pasajeros españoles, para ir de la España peninsular a la España insular, se embarcarán en unos buques construidos en nuestro país, con nombres españoles, de momento, en un puerto español, para descender en otro puerto español, pero cediendo los beneficios a una empresa italiana. Y el tema de los beneficios es menor, es casi anecdótico ¿Qué pasará si el día de mañana, por una guerra turística, por un problema económico, la empresa Grimaldi, italiana, decide dejar de prestar el servicio entre la península y las islas?

Tal vez se genere el mismo problema por el que, otra noticia reciente, un accidente de un helicóptero francés en territorio francés, deja durante algunas horas sin energía eléctrica a varios cientos de miles de españoles, noticia que no hace más que poner de manifiesto la absoluta dependencia energética de nuestros vecinos, que tienen la sartén por el mango, y el mango también, en cuanto a nuestras necesidades. Únase a esto el disparate económico en el que se ha situado el precio de la energía eléctrica, inalcanzable para los bolsillos más humildes, y nos encontraremos ante un panorama desolador.

Entregados a una alternancia política entre el neo-liberalismo y el social-liberalismo, la economía española ha entregado, dilapidado, sus recursos estratégicos a una voracidad capitalista que ha dilapidado el capital de las empresas estatales y mixtas, esas que de alguna manera deberían de sostener las necesidades básicas de los ciudadanos más desfavorecidos, a empresas cuyos únicos intereses son económicos.

La energía, gas, combustible y electricidad, la industria alimentaria, sobre todo la distribución y comercialización, el transporte de viajeros, han sido puestos a disposición del mejor postor, que en la inmensa mayoría de los casos venía de fuera y no contemplaba otro objetivo que la obtención de dividendos. La original promesa, utópica promesa, de que el mercado, y la competencia, regularían los precios a favor del ciudadano y la voracidad fiscal de políticos con más necesidades que ideas, han llevado a una carestía, en los sectores más básicos y socialmente sensibles, que no tiene visos de corregirse.

Inmersos en una tendencia política donde los gestos y los titulares son más importantes que las consecuencias o la viabilidad de lo anunciado, el ciudadano soporta, por ahora estoicamente, un vaciado sistemático de sus bolsillos, en su momento  de sus bolsillos públicos, y ahora de sus bolsillos privados, para obtener cada vez en mayor cantidad ese dinero que, según ha explicado algún alumbrado ministro, no es de nadie. Del que se da en los árboles, vamos. Y el populismo sigue ganado adeptos.

No hay en el horizonte, al menos que se conozca, un plan estratégico que permita concebir alguna esperanza. No permite otro horizonte una concepción política únicamente interesada en el poder inmediato, para la que podría servir como ejemplo emblemático  el Ministerio de Innovación Tecnológica, más pendiente, únicamente pendiente, de un futuro utópico, y un pasado intocable, que de un presente desesperado.

Estamos inmersos en una promoción feroz de las soluciones industriales frente al pequeño productor, al que se acosa y asfixia con burocracia e impuestos. Inmersos en una batalla institucional cuyo uno objetivo es perpetuar en el poder un modelo económico absolutamente lesivo para los intereses de los ciudadanos de a pie. Y tenemos una clase empresarial más interesada en vender y vivir, que en crear riqueza y compartirla, justificados en una política fiscal disparatada, se puede decir que este es un país cuyo único futuro, del futuro de sus pasivos ciudadanos ya ni merece la pena hablar, pasa por su disolución en políticas globales que limiten la absoluta desfachatez, impunidad y mediocridad de sus gobernantes, de sus administradores, y la incapacidad reivindicativa de los administrados, cegados por disputas históricas, ideológicas, banales, que les impiden asumir su lugar, su responsabilidad.

Legaremos a nuestros descendientes, nosotros, un país sin recursos, sin planes, sin ambiciones, sin futuro. Nuestros hijos solo podrán legar un territorio sin identidad propia, tampoco muchos pretenden otra cosa.

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