UN CUENTO PARA LOS SANTOS

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Tal vez, si hubiera podido elegir, no hubiera sacado aquella automática con el número de serie borrado con ácido.

Y tal vez si aquel día no me hubiera pasado de rosca con el“Crack” no hubiera apretado el gatillo una y otra vez, una y otra vez contra la cabeza de la que el gordo y seboso dependiente del “Crazy Duck”, una de esas tiendas que permanecen abiertas las veinticuatro horas del día.

Malditas puertas de entrada al infierno llenas de alcohol, mierda y chucherías. Y es que ese tipo de establecimiento no deberían de haber existido nunca.

Hacen que la gente vague como fantasmas por las calles oscuras, si acaso iluminadas pobremente con esa luz blanca de hospital que me recuerda a mi padre muerto. Ojos abiertos, la boca desencajada por los golpes, el terror en su alma.

A pesar de que fue enterrado apenas veinticuatro horas después de su muerte, quedó tan rígido que los de la funeraria tuvieron que romperle las piernas para conseguir que entrara en el ataúd blanco, muy de moda entre los negros, ¡Ja!, que contrasentido, ¿No es cierto?

Era policía. Entró después de terminar su jornada a tomarse un café y un Donut al mismo establecimiento maldito en el que hoy he hecho justicia. Y salió convertido en un amasijo de carne apaleada con dos espejos negros en los que se reflejaba la imagen de un gordo dependiente, joven, con la cara llena de granos y un ridículo gorrito blanco sobre su pelo grasiento.

Tuve que ira la Morgue a reconocerle. Mamá había muerto hacía dos años más o menos, cuando después de volver de los oficios de la “Iglesia Apocalíptica de los seis días”, abrió la ventana y sin más, abriendo sus brazos saltó al vació.

Treinta y cinco metros, un sexto piso.. .calculo que tuvo unos tres o cuatro segundos más o menos para ponerse a bien con el Todopoderoso.

¡¡¡JODER!!!!…

El forense hecho mano a mi hombro.

-Tranquilo chaval, tú sólo asiente o niega con la cabeza, ¿vale? Asentí…

Entonces él descubrióla sábana verde que cubría a un eterno durmiente. Era mi padre, aún con el uniforme del que tan orgulloso estaba.

-¿Es él?

Volví a asentir.

Fue entonces cuando como de una revelación los abiertos ojos de mi padre comenzaron a proyectar como en cine, una película en blanco y negro.

Él entrando en la tienda, cogiendo un Donut cubierto de caramelo, poniéndose un café. Después una figura grande y difuminada detrás de él con un bate de béisbol; golpeando, golpeando, golpeando.

“Agente Hope, muerto en el atraco en un establecimiento sito en la confluencia de la sexta con la sesenta y seis”.

Apenas hubo investigación. La cosa se zanjó con un entierro pagado por el Ayuntamiento, y un carné de descuento para mí en el economato del cuerpo de la Policía Metropolitana.

Después de eso, la película de que vi en los ojos de mi padre podía verse perfectamente en los míos propios y en los de todas las personas que me cruzaba por la calle.

Golpes, golpes y más golpes.

Pegaba mis ojos al espejo intentando ver cada detalle de la escena; terror  en el rostro; aquella figura grande y blanca como un muñeco de nieve; el café desparramado por el suelo formando la figura de un pájaro muerto y, en la esquina izquierda, muy pegado al la crimal, el reflejo en el escaparate de alguien que desde la acera contempla la escena aterrado.

Era Joe, el mendigo, siempre con sus mitones rojos y un carrito de supermercado lleno de recuerdos destrozados.

Una lástima que encontrara su cuerpo destrozado debajo del puente de la autopista de circunvalación.

…Ojos abiertos, la boca desencajada por los golpes, el terror en su alma…

Me acerqué a su mirada velada y la película de nuevo comenzó, esta vez con un protagonista diferente.

Joe sentado junto a su carro. Después aquella masa informe tras de él; algo más: mi propia sombra contemplando la escena.

Yo soy el siguiente.

Son las cuatro de la cuatro de la mañana.

Es la peor hora de la noche. El momento en que los demonios empiezan a  asomar sus cuernos por las grietas de los edificios abandonados y manos deformes hacen saltar las tapas humeantes de las alcantarillas como monedas lanzadas al aire, jugando con la fortuna de los mortales.


 

 

 

 

 

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