UN ‘BULLIER’ QUE DA LAS GRACIAS

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Un ‘bullier’ que da las gracias”, he dicho. Seguidamente hemos reído. Esta tarde Isma se ha pasado por el piso y hemos charlado un rato.

 

Hoy lo he visto especialmente sonriente y apacible; me ha alegrado. Él sentado en un sofá y yo tumbado en otro, hemos compartido el recuerdo de experiencias personales recientes, hemos reflexionado acerca de algunos temas de índole filosófica, psicológica, vital, política y social y también hemos divagado y cuestionado algunos puntos concretos concernientes a la sociedad actual y a su extravagante evolución.

Anteriormente, por la mañana, he asistido a las dos clases de hoy: Personalidad y Diferencias Individuales, primeramente; Psicología Social del Trabajo, seguidamente. A las tres de la tarde he comido sobras, que he acompañado con hummus de tomate seco y albahaca, más albahaca, pimienta negra y aceite de oliva. Mientras comía, he vuelto a empezar el anime “Haikyuu!!”. Amo la caracterización de los personajes y los diálogos, además de su evolución psicológica personal a lo largo de cada una de las temporadas. Además, me ayuda a aprender conceptos teóricos y trucos prácticos de volley pista, deporte que la semana que viene comienzo a practicar regularmente en la universidad un par de días a la semana. Mientras veía, si no recuerdo mal, el séptimo episodio de la primera temporada, ha sonado el timbre: Ismael había llegado.

Cuando ha marchado, pues tenía clase de hip hop, Laia, una de mis afables y bondadosas compañeras de piso, y yo hemos ido al gimnasio. Hemos entrenado con su aclamada y trabajosa rutina de piernas. Al terminar con ella, me he duchado en el gimnasio, he ido a un cajero automático a sacar algo de dinero, he hablado por teléfono con mi padre y con mi madre por la calle y, finalmente, he cenado un nutritivo y colorido poke que había comprado de camino de vuelta al piso. Leyre, la chica que trabaja en el local, ha sido muy agradable conmigo y el resto de clientes.

A lo largo del día también he hablado brevemente con más gente, bien en persona, por llamada telefónica o a través de la mensajería instantánea: con Sara, Ainhoa, Tonet… en la uni; con Rober, también conocido en ciertos reducidos grupúsculos como “l’asqueròs filigrana” y con Marc, el “mestre”, por llamada telefónica; con Jane, Ari y Vicente a través de las redes sociales. Mañana, además, he quedado por la tarde con Marc y con Jaime para jugar a voleibol en unas canchas nuevas del barrio; me hace muchísima ilusión. Se ve que acude gente con muy buen nivel de juego, cosa que mola que lo flipas.

Ahora acabamos de llamarnos por videollamada Josema, Raúl y yo. Se ha cortado a los pocos minutos; a ver si la reanudamos o si queda la reunión postergada para otro momento. Por el momento, están intentando reconcetar, esta vez con Aitor de añadido, pero no funciona.

La cosa es que hoy me siento agradecido, particularmente. Agradezco la suerte y la abundancia que me inundan. La cosa es que no suelo hacerlo de costumbre; por ello, hoy me siento especial. Soy consciente de que la vida me sonríe, aunque no sea capaz de verlo en numerosas ocasiones; por ello, las que sí, tienen mucho valor para mí. Paralelamente, que no, que la videollamada no quiere funcionar correctamente. También soy consciente (de esto lo soy bastante más a menudo) de que muchísima gente no es tan afortunada en la vida, en comparación a mí, que sí lo soy, y mucho. O eso, al menos, es lo que siento desde hace varios años.

Agradecer es bonito y triste al mismo tiempo, o así es como lo está siendo hoy; es melancólico, agridulce. Paralelamente, en la cocina, mis compañeras de piso disfrutan de la compañía de dos amistades con música punk, creo, de fondo; es terriblemente aleatorio y genial. El agradecimiento puro y sincero, el verdaderamente profundo, es una heterogénea mezcla entre un sentimiento y un estado de consciencia. No es un pensamiento, tampoco una idea. No es una convicción ni una creencia; no se piensa, se siente. Colma el interior del ser y la visión sobre la vida, la realidad y la existencia adquiere unos matices sutiles, delicados y frágiles, a la par que dulces y aterciopelados. Mientras escribo estas última líneas, Laia se ha asomado a desearme las buenas noches: siempre lo hace.

Soy consciente, por otra parte, de alguna de las cosas que más agradezco en mi vida; por ejemplo, ser reconocido, escuchado, valorado. Ligeramente, también creo saber el porqué de este hecho propio de mi ser, pero eso es otro cantar. Hoy he tenido la oportunidad de que muchos seres queridos me escuchen, y también de lo que es más valioso todavía: escucharlos yo a ellos. Recalco que no me refiero a oírlos, sino a escucharlos; sentirlos.

Isma me recuerda a Momo. Hoy, a mi modo, se lo he agradecido. Le he expresado, no por primera ocasión, cuán agradecido me siento de su amistad; concretamente, del cómo de esta. Isma atiende por completo, escucha, observa y presta sentida atención a sus seres queridos (también a personas no tan cercanas a él) de forma plena, desinteresada y amable cuando comparte espacio y tiempo con ellos. Esto es realmente valioso. Y yo, quién he gozado breve e intensamente de este placer de la vida esta misma tarde, de esta delicia relacional, atropelladamente y con humilde y honesta voluntad, se lo he agradecido. Hoy, gracias a Isma, soy un ‘bullier’ que da las gracias.

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