TRECE AÑITOS TIENE MI AMOR

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Un antes y un después de ti hubo en mi vida. Te costó salir, como dice la canción. Menuda noche pasamos la abuela, yo y sobre todo mamá, que pensaba que no nacías. Con tu hermano fue más fácil, menos horas y de día, en ese mismo camino recorrido. Pero esa aventura ya te la contaré en otro momento.

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Fotografía de @kristen.richardson

Según los orientales uno no empieza a existir cuando nace, sino cuando es engendrado. Por lo tanto, empezaste a existir un fin de semana de febrero, no un día como hoy, diez de noviembre. De todas maneras, ¡qué más da! Lo importante es que estás aquí y estás bien.

Como te decía nuestra vida cambió, cambió mucho y para bien. Mamá ha llevado el peso más grande desde entonces y yo he tratado de ayudarla y apoyarla lo mejor que he sabido. Me hubiera gustado pasar más horas contigo, pero salía a trabajar. Si fuera hoy, con la pandemia y el teletrabajo, probablemente me hubiera perdido menos cosas.

Hay momentos memorables que recuerdo de ti, como cuando estando en la cama los tres, con apenas siete meses, te pusiste a gatear y sin saber cómo, levantaste la cabeza y me miraste. Tus labios se movieron para decir «papá». Durante un par de meses seguiste llamándome «papá» hasta que de repente dejaste de hacerlo. Te costó hablar. Mamá estuvo preocupada largo tiempo porque no terminabas de comunicarte, aunque hoy en día es todo lo contrario.

La primera vez que te bañamos también fue memorable. Apenas tenías tres días y no te estabas quieta ni dejabas de llorar. Mamá y yo estábamos llenos de nervios con un barreño de agua sobre la mesilla de noche. El termómetro de color naranja con forma de dinosaurio nos libraba de quemarte o de que te resfriaras. El agua no estaba a la temperatura recomendada y pareció que te quemábamos al meterte dentro. Al final te metí yo, porque para eso mamá ha sido más aprensiva. Después de patalear un buen rato te calmaste y al final llegaste a jugar con el agua.

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Imagen de serpadres.es

Fuiste creciendo sin dar mucha guerra por la noche. Cuando llegarte al cole todo cambió. Un día cuando trajimos a casa a tu hermano te lo enseñamos, pero no lo querías. Mamá, con tu hermano en brazos estaba sentada en la cama, tú estabas a su lado y la abuela cerca de ti. Yo te observaba delante de las tres. Te acercábamos a tu hermanito y lo empujabas con la mano mientras apartadas la mirada y te refugiabas en la abuela. Insistimos pero nada. Hubo que esperar unos días para que lo aceptaras.

Momentos tristes y largas noches de preocupación pasamos cuando tus ojitos empezaron a funcionar mal, cuando te costaba aprender y no podíamos comunicarnos contigo. ¡Qué ansiedad más grande el no saber qué te sucedía o que iba a pasar! Menos mal que con esfuerzo y alguna buena profesora encontramos al especialista adecuado para que te ayudara.

Has ido creciendo y ahora has llegado a los trece años. Junto con tu hermano has sido lo más bonito que nos ha pasado nunca. Cierto es que lo hijos marcan mucho, de forma profunda y para siempre. Esto me lo decía mi madre cuando yo era como tú, y le daba algún disgusto y ya no sabía cómo castigarme. «Ya verás cuando seas padre», también me decía. Supe de qué hablaba cuando te perdiste hace un par de años en la playa, durante media hora o casi una aquella larga noche de San Juan. Jamás había sentido una angustia semejante. No me puedo imaginar a esos padres que no saben dónde ni cómo están sus hijos durante días.

Ha cambiado mucho mi mundo y el mundo desde el año dos mil hasta ahora. Parece otro completamente distinto. Una prima me dijo una vez que a ella no le gustaría traer a un hijo a esta sociedad, es demasiado terrible a día de hoy. Pero el mundo ha sido terrible siempre y el ser humano también, aunque si uno se empeña también puede ser maravilloso, sólo hay que construirlo día a día.

Has dado, habéis dado, y seguís dando mucho sentido a mi vida, a nuestra vida. Miro atrás en el tiempo y solo me pesa los errores que he cometido. Esas brusquedades, esos cambios de humor y esa falta de reflexión que a veces me caracterizaba. Pero se puede cambiar a mejor. Mi vida ya no puede ser igual ni tener otro sentido que vosotros.

Tú no eres mía, eres mi hija pero no eres mía. Lo sé y lo siento. Tú sólo te perteneces a ti misma. Un día, muy cercano, también lo siento, porque estos trece años han pasado en un suspiro, te irás. Y me quedaré llorando, aunque no se me note, me quedaré llorando. Y los pájaros seguirán cantando, y tu habitación con tus libros y tus juguetes verán cómo se pasan los días, con su cielo azul y nuestro patio blanco. Miraré con nostalgia tu mesa de estudio y tu espíritu estará ahí sonriéndome sentado desde tu rincón de lectura.

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Imagen: https://psico.edu.uy

A veces estoy asustado, tengo miedo de hacer las cosas mal y de haceros daño. Pero la vida es riesgo y no todo sale bien. Salvo tú que eres perfecta para mí.

Te quiero tanto. Os quiero tanto.

Confía siempre en ti, mi amor, serás capaz de cualquier cosa.

Para inspirarse:
Poema de Juan Ramón Jiménez: El viaje definitivo

 

 

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