TRAZOS Y SEGMENTOS: TENGO UN SUEÑO.

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Tengo un sueño, que diría Luther King. Mi sueño es quizás muy ambicioso, pero no de una ambición material que se traduzca en riquezas dinerarias particulares (aunque no las desprecie). Tampoco es un sueño que tenga que ver conmigo o con mis logros personales.

Mi sueño es mucho más extenso, tan extenso como una vez fue la realidad. Mi sueño no se ha rendido al ahora, ni se postra ante el mañana que la mayoría vislumbra. Mi sueño quiere redimir el ayer pero con el color del PORVENIR.

Sueño con la unión de los que compartimos una lengua y una cultura que nos hermanan. Lengua en diversas entonaciones, dejes y particularidades fonéticas, que la enriquecen hermosamente. Cultura hispana, grande, rica y extensa. Sí, eso que, curiosamente, muchos rechazan tanto “allende los mares” como aquí en la patria madre.

Parezco del XVII, pero mi sueño es del XXII… En el XXI habrá que dirimir otros problemas. Todo lo bueno acaba renaciendo.

Sé que decir patria o España no está bien visto en ambientes que se arrogan el progreso, pero que sólo ostentan un burdo progresismo. No critico a las ideas, critico negativamente a las ideologías convertidas en modas, en comandas que dictan, en herramientas que someten.

Esas ideologías no engendran, ni nacen de sentimientos entrañables de pertenencia o idiosincrasia; son algo ajeno que muchos se cuelgan del cuello como cadena de falso adorno, creyéndose miembros de un conjunto de individuos, pero siendo en realidad mero relleno sin individualidad alguna.

Ningún pueblo de este planeta, que yo sepa, reniega de su nación, de su tierra de su cultura… ¿por qué algunos individuos de este pueblo al que pertenezco lo hacen, por qué sienten vergüenza de pronunciar la palabra patria y aborrecen hasta el nombre? Sí, su nombre, ese que contiene una grafía particular de gracioso “moño”: España. Me encanta la “ñ”, ¡es tan nuestra!; aunque la compartimos con otras lenguas, como la filipina, la quechua, la aimara, la otomí, la guaraní… (esto último me lo chivó el buscador, claro).

Pero yo sigo soñando con esa suerte de colores que diseñen una sola bandera, con esa unión de naciones hermanas que lleguen a ser muy fuertes y prosperas, porque ricas ya lo son. No para liderar el mundo, sino para que ningún mundo las lidere. Es difícil, sí, pero desde luego deseable y conseguible.

Es mi sueño, un sueño como otro cualquiera. Algunos hasta me tacharan de nacionalista, pero esos no se atreverían a llamar así a un alemán por defender Alemania, a un francés por defender Francia, a un inglés por defender Inglaterra…

A pesar de lo que pueda parecer, no me gustan las fronteras; es decir, creo que deben existir ahora por nuestra seguridad, pero me encantaría que se cumpliera ese otro sueño mío de un mundo sin fronteras, aunque con territorios propios definidos, y dentro de ellos el obligado respeto y salvaguarda a la propiedad privada.

Un mundo donde todos pudiésemos convivir con todos, sin hacernos daño, ni rivalizar. Sintiéndonos hermanos de especie, suprimiendo de una vez la desigualdad de razas y respetando todas las culturas; salvo en aquellas costumbres que vayan contra la igualdad, la justicia, la libertad y, en resumen, contra la dignidad humanas. Costumbres éstas que habría obligatoriamente que suprimir.

Defender lo propio no significa atacar lo ajeno. Me siento española y puedo minimizar más mi mundo hasta llegar a mi gentilicio de vecina/ciudadana, de un barrio concreto y propiedades concretas. Todo es territorio, espacios en los que habitamos y nos habitan, que configuramos y nos configuran. Propiedades, en ultimo extremo, de las que no reniego y defiendo, porque me pertenecen mientras viva o tenga interés en vender o regalar.

Hubo un tiempo muy lejano, en el que yo no creía en la propiedad privada, ni en la familia; ideológicamente, la comuna como célula del cuerpo social me parecía perfecta; era ingenua, inexperta y muy joven. La vida me ha enseñado que la justicia comienza por el respeto a la meritocracia y que un ser humano tiene derecho a poseer aquello que se ha ganado o aquello que le han legado justamente sus ancestros.

Según me parece a mí, ahora: la familia por consanguinidad o afinidad debe ser la célula del cuerpo social, y después de eso, las sociedades afines deben constituirse en comunidades culturales y económicas, sin rivalidad; admitiendo sólo la libre competencia en igualdad de condiciones.

Es un mundo idílico el que propongo, lo sé… ¿pero acaso no es un mundo idílico este del que disfrutamos comparado con la vida que nuestros ancestros llevaban en la, no tan lejana, edad media?

Mi sueño es la unión hispana, como potencia que no se impone y no consiente imposiciones. Unidos todos por este hermoso idioma y nuestras ricas culturas de raíz compartida.

Ese es mi sueño, del que no me da vergüenza colgar mis ideas y mis actos. Un sueño que me enriquece enormemente, que me apasiona a pesar de que en esta vida no lo vea realizado. Pero abriré una ventana desde la otra existencia para asomarme y contemplarlo.

Otros tuvieron sus sueños y contemplaron sus patrias de forma tan respetable como yo a la mía. De entre ellos, elijo como broche, a aquellos que, sobre el tema, dijeron, mejor que yo:

José Martí: Patria es humanidad, es aquella porción de la humanidad que vemos más cerca, y en que nos tocó nacer.

Henry George: ¿Cómo se puede decir a alguien que tiene patria si no tiene derecho a una pulga de su suelo? 

Rubén Dario: Si pequeña es la patria, uno grande la sueña.

 

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