TRAZOS Y SEGMENTOS SOBRE LA VERDAD.

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La verdad, esa idea platónica absoluta que, como tal, no pertenece a este mundo de los mortales. La verdad, ese contraste entre lo que es, lo que nos dicen que es y aquello que nos gustaría que fuera. La verdad: la mía, la tuya, la del otro…

Hablar de la verdad de algo es absurdo. Podemos hablar de acontecimientos mediatizados por el sesgo de quien los relata; podemos opinar sobre las cosas que observamos o sentimos, pero también de forma que obedece inexorablemente a nuestro propio sesgo.

Siempre me he sentido frustrada por no conocer lo blanco o lo negro absolutos de cualquier historia. Me da recelo a veces mi propia opinión, porque cuando se busca con ahínco saber la verdad de las cosas te conviertes en un detective tras las pistas que intuyes; pero esa intuición no siempre es limpia, ni exenta de contaminación propia o ajena.

Por lo anterior, trato de escudriñar las más diversas opiniones sobre los asuntos que me interesan y contrastarlas con los hechos que a través de imágenes me van llegando; pero hoy en día las imágenes y los sonidos, ya sabemos, pueden ser manipulados. ¿Cómo fiarnos, pues, de lo que vemos delante de una pantalla? ¿Cómo sentirnos realmente informados si dependiendo del medio por el que nos informemos nos cuentan un relato u otro?

¿Sólo la razón nos salva…?; sí, es posible que sólo ella, la Razón, tenga razón. Pero con el maestro Kant hay que acudir a una serie de “aprioris”, que por mucha crítica de la razón que hagamos no vamos a desentrañar. Es difícil leerse por dentro, es extremadamente complicado saber en todo momento quién nos domina: el egoísmo, el odio, la tristeza, la culpa, la ambición…; el amor, la empatía, la valentía… Al decir quién y no qué, lo digo queriendo señalar que en todos los casos esos sentimientos mediatizadores son Entes con fuerza suficiente como para dominar nuestra razón y nuestra pura voluntad.

A lo largo de la historia han sido muchas las biografías escritas de los grandes o pequeños hombres; la memoria contada de los grandes o pequeños pueblos. Se han narrado todas ellas siguiendo un camino previamente establecido, limpiando o ensuciando los hechos, según el autor de la narración. Contrastar relatos y narraciones antagónicos nos permite, al menos, la mesura de llegar al centro aristotélico, ese que sabe extraer el justo medio donde, según el estagirita, se halla la verdad.

Ser ecuánimes, moderados, reflexivos, calmados, conciliadores, justos… nos permite llegar a una aproximación lo más exacta posible de eso a lo que llamamos VERDAD.

Por mi parte no dejo de extrañarme de los antagonismos que observo a mi alrededor; de como unos y otros tratan de convencer de sus verdades, tratan de defenderlas si hace falta con la violencia más extrema. No estamos exentos de contaminación ideológica; todos, mal que nos pese, tenemos un sesgo y saberlo buscar, encontrar y corregir debería ser nuestra mayor misión de vida. Sólo desde la premisa de la razón se puede hallar la tautología; eso ya lo sabemos.

Es muy difícil conciliar los extremos, precisamente porque se tocan y saltan chispas cuando lo hacen. Por eso es necesario ir acercando posturas hacia el medio común, ese punto en el que todos cedemos y todos ganamos.

Hablando de ganar: ¿Quiénes ganan en todo conflicto que se genera entre dos partes…? Pues ese que gana es el que ha encendido la chispa de la discrepancia o el que la alimenta. Nunca existió una guerra o guerrilla sin parte beneficiaria. Los que pierden son siempre aquellos que participan, jamás quienes los azuzan.

Cada día menos me gusta opinar tajante y abiertamente de las cosas que pasan, de los conflictos que me duele observar o presenciar. Cada día más (será que voy madurando), encuentro dignidad en escuchar serenamente las diversas opiniones y tratar de extraer una conclusión lo más coherente posible.

Desde luego una cosa es lo que me propongo y trato de cumplir y otra muy distinta es que, como ser humano, no falle muchas veces en mi propósito. Aun eso, me encamino cada vez más a tratar de observar y observarme sin sentencia previa, sin sesgo discriminatorio, ni encumbramiento a altares de supuestos héroes que defienden causas.

Todas las luchas o reivindicaciones, si se hacen desde el corazón y desde la razón, son dignas. Todas las luchas o reivindicaciones, si se hacen desde el egoísmo, la ira, la venganza y la sinrazón, son indignas.

Sumarse a causas ajenas está muy bien cuando éstas van a propiciar la paz, la justicia y la libertad; pero a veces se visten las causas con esos nombres y resultan perseguir todo lo contrario.

Al mundo le sobran muchas cosas, pero lo más urgente de sacar del mundo es la violencia que además impone su verdad. Sin el uso de la violencia este planeta sería muy hermoso; un verdadero paraíso terrenal. Soy consciente de que es imposible erradicar toda forma de violencia, ya sean guerras, robos, asaltos, asesinatos…; pero es necesario ir limpiando la tierra de esos males todos los días y hacerlo desde la propia individualidad vale mucho más de lo que pensamos.

No basta con buscar la verdad de las cosas, y aunque esa verdad no sea absoluta o precisamente por ello, hay que defenderla con la paz.

Puede parecer que es un discurso desgastado, manido, ñoño, surrealista o poco efectivo el que expreso; pero en absoluto lo es. No porque lo diga yo, sino porque muchos antes que yo lo dijeron también:

Dijo Voltaire.- “Ama la verdad pero perdona el error.”

Dijo Sócrates.- “la verdad nunca puede refutarse.”

Dijo el Maestro.- “la verdad os hará libres.

 

Encontrar la VERDAD es arduo; que sea absoluta… quizás habiendo llegado a la sabiduría. No obstante, no hay caminos para la verdad; buscarla es el camino.

 

 

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