TRAZOS Y SEGMENTOS: LA PRIMERA CUALIDAD

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¿Cuál es la primera cualidad? ¿Quiénes la poseen? ¿Existe algo más allá de ella?

Según mi modo de ver la existencia humana, y basándome en la experiencia, creo que sé cuál es la primera cualidad.

Foto de engin akyurt en Unsplash

Cuando las máscaras caen y aparece lo que realmente somos, con defectos y virtudes, no estamos exponiéndonos al mundo sin coraza. No se trata de ir diciendo por ahí qué sentimos ni qué pensamos. Es, sencillamente, la realización de un ejercicio: el de no fingir, salvo por piedad.

No hacer ni decir lo que va contra nuestros principios. Cumplir con aquello que consideramos nuestro deber. Acudir a la cita con nuestros sueños. Delimitar el territorio propio y expulsar lo ajeno que nos daña. Usar esa libertad relativa que tenemos, examinando también sus sesgos.

Todos somos producto de lo vivido. Traemos una secuencia que nos configura, una especie de trazado hecho de experiencias, pérdidas, deseos, miedos y aprendizajes. Pero esa espiral puede —y quizá debe— ser reconfigurada.

Se nos dio una rendija por la que escapar de algunas ataduras interiores y exteriores. Por ella asoma la voluntad observadora: esa parte de nosotros capaz de separarse un instante para mirar quién está interviniendo en nuestros actos, simples o complejos, y preguntarse, sobre todo, qué se puede hacer.

Cuando me observo, me sorprendo mucho. Descubro aristas que no creía tener y también esquinas que, poco a poco, van siendo redondeadas. Ese ejercicio de autoobservación me muestra que no hace falta irse lejos para conocerlo todo. Desde antiguo se sabe que ese todo está aquí, a un palmo del espejo que nos refleja.

El desdoblamiento me hace comprender que la vida pierde expectativas cuando la curiosidad y la pasión se escapan. No hay tedio mayor que no saber qué hacer con el tiempo o, peor aún, llenarlo de quehaceres autoimpuestos.
Por eso acudo a veces a una simple carretera por la que ruedo en solitario. Las ventanillas abiertas, el paisaje derramándose en aromas y mi pie suave sobre el pedal, que no acelera. Lo hacen todo.

Allí soy libre.

También a mi voluntad le gustan los días de lluvia observada tras la ventana, esas tormentas de verano que llenan la estancia de frescor y olor a tierra mojada. Qué delicia ese olor. Todo un placer del que nos deja gozar la pituitaria.

Sí, los antiguos lo sabían: somos plantas de la tierra que, en el ardor, necesitan agua.

Poner la imaginación a trabajar por los sueños. Cancelar lo cancelable y ser valientes a la hora de elegir. Pero hace falta valor del bueno. No el que tira del cuerpo a remolque y lo lleva por donde se supone que debe ir, obedeciendo a un deber impuesto. Sino el que tira del ánimo y hace que el cuerpo vibre.

Nos pasamos la vida acompañando a la moda hasta su pasarela, aunque sea un desfile de carnaval. No me refiero solamente a la moda en el vestir. Hablo, sobre todo, de las ideas ajenas que se nos cuelan sin dejarlas un rato en la puerta antes de pasarlas al recibidor.

Pensar es un ejercicio cansado, pero va muy bien para entrenar el músculo de la libertad.

Hay otra cosa que acompaña a quien se ha liberado de ridículos temores y cadenas oxidadas: el brillo que adquiere la existencia y que acaba saliendo por los ojos. Es un brillo incomparable. Lo vemos en los niños y en nuestras lindas mascotas. También lo llevan los caminantes de pasos ligeros, esos que avanzan con zapatos propios.

Me cuesta cada vez más hablar de cosas que no me interesan o no me importan. Soy cada vez más proclive a retirarme del bullicio y de aquello que se considera conveniente cuando, en realidad, no me conviene.

Y Me encuentro muy a gusto en los comités pequeños; en mi propio jardín, acompañada de esos seres verdes que se visten de colores y se turnan según el tiempo y la estación; con las manos sobre el ordenador; con los ojos sobre textos ajenos, de esos que dan calma, esperanza y alegría.

Sí, así soy yo.
Y me encanta cuando me atrevo a serlo.

La autenticidad reclama su sitio cuando el tiempo apremia. No porque la metamorfosis deba hacerse en dos días, sino porque cada trocito de ala es valioso para futuros vuelos.

Y el tiempo no espera. Le da lo mismo la cara de nuestro miedo. No se detiene a contemplarla. Su objetivo es pasar por nosotros y nuestro objetivo debería ser no dejar que pase solo.

¿Cuál es la primera cualidad?
Creo que ser auténticos.

No escribo por lucirme
Ni por decir lo que pienso
Es para aliviar el dolor que llevo.
No miro por mirar:
Veo,
Reflexiono
y voy concluyendo.

No me importan los estilos,
aunque sí los talentos.
Y, entre todos.
El talento de talentos:
La dignidad de ser,
según lo miro,
según lo veo,
según lo siento.

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