TRAZOS Y SEGMENTOS: EL CAMBIO; PERO AÚN LA TERNURA.

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Siempre me ha despertado ternura, como a cualquier ser humano, observar a los cachorros, sobre todo a los de las especies mamíferas como la nuestra, pero, al mismo tiempo y en contraposición, también me despiertan ternura los ancianos. Los dignos ancianos de lento paseo por los parques públicos, sentados serenamente en un banco con la mirada perdida en los recuerdos o tal vez en la simple y espontánea meditación.

Foto de Joseph Biscocho en Unsplash

Cuando miro a los ojos de un niño pequeño veo la misma luz que desprenden los ojos de un anciano. Yo así lo percibo, me inunda una sensación tierna, en ocasiones, de tal calado que se convierte en una conexión completa, como de pertenencia compartida. Quisiera protegerlos de todo mal y me duele sentir su vulnerabilidad. Es posible que eso se deba a que recuerdo, aunque sea de modo subconsciente, a la niñita que fui y que a la vez piense en el futuro que me espera.

Aunque la vida se estructure en varias etapas…, todas ellas son hermosas si se tiene el acierto de vivirlas adecuadamente; ya se sabe, haciendo aquellas cosas que en cada una de esas etapas nos hagan el mayor bien sin causar mal.

La etapa de la niñez es “curiosa”. Yo la recuerdo con la absoluta certeza de que todo lo que salía de la boca de mis padres y maestros era ex cathedra. A la vez recuerdo la ilusión que me hacía crecer; porque según mis expectativas cuando fuera mayor ya no tendría miedo, debido a que todos los demás serían mis iguales; cómo tener miedo de mis compañeros de colegio cuando todos fuéramos adultos y cómo no sentirme feliz si al fin alcanzaría la sapiencia de mis padres y maestros.

Se han cumplido con creces algunos de mis sueños; el primero de todos era tener hijos. Si miro a mis cuatro “cachorros”, son mucho mejores de lo que hubiera podido imaginar. En cuanto a lo que quería de la vida, para mí misma, también se han cumplido mis sueños; sólo que ahora me doy cuenta de que no le pedí tan acertadamente, quizás por miedo, quizás sin conocimiento de causa. Aun así, no puedo quejarme y no es precisamente conformismo; es sólo que, como decían Heráclito y Lao-Tse: “Todo cambia; nada permanece” (aunque sostengo que sólo en apariencia, no en esencia).

Foto de Tamara Govedarovic en Unsplash

¿Nada permanece?, ¿los sueños tampoco? ¿Somos cambiantes como el viento? ¿Vamos arrastrando estelas de sueños perdidos y cumplidos? Desde luego, en apariencia, volviendo al amigo Heráclito, “No volveremos a sumergir el pie en el mismo río… Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos… Todo fluye”. Y haciendo caso a Lao-Tse: “Fluye, como el agua mansa…”

Entre siete y diez años de promedio, todas nuestras células se han renovado y cada aprox. cuatro meses todos los glóbulos rojos de nuestra sangre también. La mirada del espejo tampoco parece la misma; sin embargo, miro el mundo y en él me reconozco hoy como ayer. Qué paradójica es la vida, qué misteriosa e increíblemente mágica, estremecedora, apasionante…

Profundizar en qué somos y quiénes somos es el viaje más difícil y la aventura más grande. Asimismo, la mayor proeza que jamás podamos realizar. Somos tan enigmáticos por dentro. Nosotros, al igual que toda vida, hemos sido construidos partiendo de un diseño tan absolutamente genial que, el si quiera, plantearnos que el azar, el tiempo y la adaptación son nuestros maestros constructores, es total y absolutamente absurdo, ilógico y simplista.

Se dice que, por la Ley de probabilidades en un tiempo casi infinito, tirando al azar todas las grafías que componen nuestro idioma, como si de dados se tratase, encajarían perfectamente para poder conformar “El Quijote”. La Ley de probabilidades es una ley matemática y, como tal, no cabe discusión sobre su “inexacta exactitud”; pero en el mundo de la ciencia conocemos otras “inexactitudes” que nos dejan boquiabiertos con sólo pensarlas; póngase como ejemplo, el comportamiento de las partículas subatómicas.

Sin embargo, creo por intuición y hasta por razonamiento particular (que, como tales, no son “ciencia”) que, coincidiendo con el Kybalión, “Como es arriba es abajo”; es decir, el mundo de las partículas subatómicas, aunque difiera en comportamiento predecible con el mundo de lo corpóreo, de la materia, de las células y moléculas, debe estar regido también por leyes exactas que obedezcan a una causa. El “problema” es que éste está sin resolver; pero algún día, en mi opinión, se resolverá.

Comenzaba esta pequeña charla conmigo misma, en forma de artículo, aludiendo “al cambio y, aún así, la ternura” y quería aterrizar en una idea: La idea de que, aunque todo en apariencia cambia, todo en esencia sigue siendo lo mismo. La ternura, en este caso, es la esencia a la que me anclo para argumentar “el giro”, “el retorno”, “la transmigración” a lo esencial que nos configura.

“Contradiciendo”, entre comillas, a Heráclito concluyo que sí es el mismo río, aunque vayan pasando una a una sus moléculas por nuestro pie; que, también compuesto por moléculas bailarinas, se sumerge y emerge. Es la danza del círculo infinito que se deshilvana en toroide, una coreografía diseñada, que siempre cumple con la regla exacta de volver al origen a la fuente de donde el agua fluye.

Foto de Youcef Boukhatem en Unsplash

Los ojos de los niños no perdieron su ternura (su esencia, su mirada) cuando crecieron; sólo estaba sumergida para salir a flote allí donde los años pusieron la paciencia, la calma y una espontánea meditación que sabe navegar por aguas de fuentes que van al mar, para que un viento nuevo las haga llover allí donde nacieron.

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