TRAZOS Y SEGMENTOS: CUANDO ÉRAMOS FELICES…

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“Cuando éramos felices, pero no lo sabíamos” (título de una obra literaria de Melba Escobar). Me inspiro en esa idea para este artículo, porque desde luego es un sentimiento muy presente, en estos días de mi vida, dentro de mí; no porque no me diera cuenta en el pasado de que fui feliz, sino por todo lo contrario.

 

fotocomposición plazabierta.com

 

Quizás me estoy haciendo vieja, aunque no tenga tantos años…, y por eso veo la felicidad tan nítida en lo ya vivido. Recuerdo perfectamente la paz que sentía a mis “treinta y pocos años”, cuando todo lo que más amaba en el mundo estaba bajo mi mismo techo. Era una sensación sobre la que reflexionaba entonces con paz y plenitud, la rememoro perfectamente. Yo daba muchas gracias por aquello a la vida, y a la Divinidad (llámalo energía, diría  Sabina), que de alguna forma también lo propiciaba.

Ahora soy feliz a mi manera, aunque no tenga, de normal, a todos los que más amo o amé bajo mi mismo techo; aun así, no me entristezco, porque siento que esos seres son libres. Unos ya descansaron de esta tierra y otros viven donde quieren estar, donde encontraron su futuro o su nueva vida.

Cuando somos felices, el ahora se experimenta con plena presencia; esa presencia se hace logro al darnos cuenta de que fuimos y seremos, porque allá, aquí y allí la sentimos como los tiempos verbales de nuestras vidas; que si se tiene “memoria interior”, como yo la llamo, siempre están en presente.

Toda mi vida fui y soy despistada. Mi madre me reñía con estas palabras: “Se te olvidan las cosas porque no estás presente”. No, madre mía, sí estaba presente, muy presente; sólo que mi presencia era más hacia dentro que hacia fuera. Por eso perdía las llaves, se me quemaba la comida que tú me pedías vigilar, no compraba todo lo que me encargabas…; por el contrario, grabé a fuego en mi memoria las verdaderas vivencias.

Grabé mis juegos de niña hablando con mi tropa de muñecas, con las que formaba una escuela. Grabé también aquel entretenimiento apasionante de enterrar tesoros en el patio del colegio. Hacía un hoyo en la tierra, depositaba un trocito de papel y lo enmarcaba con un pedacito de cristal que se había caído de las ventanas rotas, después lo enterraba. Dejaba pasar el tiempo y volvía a desenterrar aquellos tesoros como arqueóloga aventurera (así me sentía yo). La emoción era infinita cuando me ocupaba de buscarlos; ¡qué bonito ver aquellas joyas de papel bajo el cristal!, haciéndolas emerger de nuevo, destapándolas con mis manos, desde la tierra a la luz. Verdaderos tesoros que solían ser una flor pintada, la imagen de un perrito, un corazón rojo, una frase escrita…

fotocomposición plazabierta.com

Sí, aquellos tiempos de mi niñez; preciosos tiempos, donde el olor a zumo de naranjas recién exprimidas que hacían mi abuelo o mi madre, era una alegría inmensa. Me acuerdo también del gazpacho del abuelo hecho en gran cuenco de madera, machacando los ingredientes de forma artesanal (entonces apenas tendría yo cinco años y me sentaba a su lado en la elaboración). Después se compró la batidora eléctrica y…bueno, también recuerdo los aromas, pero no eran los mismos. Los pucheros a fuego lento y de horas que cocinaba la abuela; aquellos garbanzos, aquellas judías, aquellas carillas y lentejas…nunca más probaré algo tan rico. Y mi madre…, sus guisos de pescado o carne, sus postres, sus dulces, sus magdalenas, sus roscas fritas…se me hace la boca agua ahora mismo.

Cómo olvidar las excursiones campestres, con sus calderetas, paellas y demás preparaciones de olorosos asados, poniendo la mesa al sol o a la sombra de una encina, según la temperatura dictase. Los largos paseos por las dehesas acompañando a mis padres que recogían criadillas, espárragos y cardillos; ¡qué buenas tortillas hacían con ellos! Los viajes por toda Extremadura, con aquel “ochocientos” (un seiscientos de cuatro puertas), donde todos íbamos, abuelos, dos niños y mis padres, apiñados y muy contentos.

No olvido tampoco las sábanas recién cambiadas de los sábados, con aquellos embozos de florecitas de colores, oliendo a detergente y plancha ¡qué bien me hacían sentir en mi blandito colchón de espuma! También recuerdo los zapatos de charol y los calcetines de borlones con los vestidos de los domingos en misa y en los paseos de la tarde junto a mis padres. La horchata o la limonada en la Plaza de España, junto a mi abuelo, bebiéndolas en pajita y a sorbitos pequeños para que me durasen…

Qué decir de los zapatos “gorila”, que estrenaba en septiembre junto a mis libros nuevos y mi cartera cuando comenzaba el colegio. Maravilloso olor el de aquellos libros que mi madre cuidadosamente forraba con plástico transparente y cinta adhesiva; las ceras y lápices de colores; aquel bolígrafo que mostraba varias barritas de tinta sólo bajando una pequeña pestaña de su parte superior; los preciosos estuches de cremallera, con su goma “Milan” de olor a vainilla o nata; las tijeritas y el afilalápices …

Mis padres y mis abuelos me enseñaron a disfrutar de la naturaleza, a respetar y cuidar de los animales, a comer sano, a trabajar cuando había que trabajar y descansar cuando había que descansar. Eran sencillos en su forma de vivir; pero destacaban por sus ideas, que también me inculcaron. Aprendí que la vida hay que ganársela; y, si puede ser, con independencia, mejor. Ellos lucharon por lo que creían justo y se rebelaron contra lo que consideraban opresivo. El amor a la libertad se lo debo a mi familia.

En fin, aquella mi niñez, mi adolescencia y juventud. ¿“Todo tiempo pasado fue mejor”?…no, no fue mejor; pero sí muy bueno. Sobre todo, porque lo que más recuerdo de esos tiempos son las cosas que disfruté. Hubo también muchas no tan buenas; pero apenas las recuerdo de verdad. La memoria es muy sabia, se queda con lo que le hace bien y deshecha todo aquello que pudiera perturbarla.

Mi memoria literal, como yo la llamo, para recordar datos es bastante mala, porque fui siempre muy vaga para entrenarla. Eso de memorizar estudiando no ha sido nunca lo mío. Aprendí muy pronto, por conveniencia, a no llevar en la cabeza lo que podía consultar en un diccionario enciclopédico o ir anotando en un papel dentro de la cartera o en las “chuletas”, que para los exámenes, con fórmulas matemáticas y nombres raros, escribía en mi antebrazo. Mi mejor maestro, D. Senador, (desde aquí, un gloria para él, que descansa seguro en paz) creía que pensar valía más que memorizar. Lo importante, decía, era desarrollar la fórmula y entenderla, no memorizarla.

En cambio mi memoria es muy buena para traerme al presente olores, sabores, imágenes y sonidos…aquello que sentí al sentirlos.

Lo más importante de todo: ¡cuánto he disfrutado y disfruto de mis cuatro cachorros! No sé si habré sabido enseñarles como mis padres y abuelos me enseñaron a mí (aunque no tengo claro si aprendí);  y, si algún día la vida me regala nietos, tampoco sé si sabré ser una buena abuela. Lo que sí sé es que he querido y quiero a mis hijos más que a mi propia vida, como probablemente querré a mis nietos…; aunque una cosa supe hacer, propiciar que mis niños disfrutasen también de sus abuelos.

Fui feliz, muy feliz…y me di cuenta de ello; porque a mi manera, y de alguna forma, era consciente de lo mucho que tenía, de lo buena que fue la vida conmigo. No creo que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, aunque el tiempo pasado olía, sabía y se sentía exquisitamente. También sé que éste, mi tiempo presente, es extraordinario si me paro a olerlo a sentirlo a verlo…

Que hubo mucho sufrimiento, mucha tristeza, mucho trabajo, muchos dolores. Sí, claro que los hubo, pero tengo un tenue recuerdo de ellos…¿por qué tenue?, porque mi memoria es selectiva como, supongo, la de todos los demás. El subconsciente, si funciona bien, cuida de que no pase al consciente lo más duro (al menos que no pase con la dureza que se vivió). Para soltar basura y lastre están los sueños con Morfeo; allí se reviven simbólicamente todos los pesares, se disuelven y se expulsan. Por eso es tan importante dormir y soñar.

AUNQUE SÉ DE LO MENOS BUENO, YO FUI FELIZ Y LO SABÍA. DOY LAS GRACIAS A MI MEMORIA SELECTIVA-INTERIOR, PORQUE PUEDO REVIVIRLO.

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